La garganta del diablo – Parte I

Por: Merlin Chambi

I

—¿Estás seguro que es una buena idea? —preguntó Braulio mirando desesperanzadoramente la negrura del bosque.
—Claro que sí, cobarde —respondió tajantemente César mientras contaba las provisiones que había en la mochila—. Llevamos semanas planeando esto, sería de tontos no continuar.
La espesura del bosque no prometía otra cosa que no sea peligro. Total, ¿existe el límite cuando se es joven? Quizás no, pero los escarmientos siempre estarían allí para hacernos recordar que las canas tienen la razón en estos casos. Sabían que, al regresar, les lloverían los coscorrones y los jalones de cabello. Por más héroes que regresen, el primer reclamo que oirán será: “¿para eso te escapabas todas las tardes del colegio?”. Mamá no entendía de aventuras, Papá quizás si entendía (y demasiado) y era justamente por eso que ya no se encontraba con ellos.
—Aquí están las lámparas pero no tenemos cera suficiente como para mantenerlas encendidas toda la noche —dijo Braulio aun pensando en lo aterrador que sería pasar, no una, sino probablemente varias noches fuera de casa buscando Dios sabe qué.
Braulio pareció entender la angustia de César pero la disimuló bien.
—No las necesitaremos toda la noche, hermano —dijo César viendo a Braulio como lo miraba con la mirada llena de aplomo—. Necesitaremos cera solo para los momentos en que estaremos despiertos, el resto del tiempo podremos dormir en lugares elevados donde no se acerque ninguna fiera.
—¿Fieras? —dijo Braulio casi gritando—. ¡Nunca me dijiste que habrían fieras en el viaje!
—Sorpresa —dijo secamente Braulio mientras probaba la brújula.
Pese a las dudas y los recelos, ambos partieron hacia la aventura por la noche. Durante la tarde, las voces ya se habían hecho paso como una estampida de elefantes.
—Los secuestraron —dijo una señora mientras parloteaba con la barrendera.
—Se perdieron —le dijo Jack el carnicero a sus clientes.
—Se escaparon —dijo el canillita a los lustrabotas.
—Cuando los atrape los reventaré a palazos —dijo la airada madre a todo aquel que tocaba el tema.
Todos sabían que los hermanos Galio se habían ido de casa, la gran pregunta era: “¿Por qué?”. Numerosas hipótesis habían surgido, pero todas con la rigurosidad científica de un chismoso. Nadie sabía a ciencia cierta por qué se habían ido de casa… Al menos no hasta que revisaron su historial académico en la escuela.
—César era un chico muy inquieto por saber —dijo la bibliotecaria mirando al techo en un intento sobrehumano por superar su Alzheimer—. Le gustaba leer novelas de aventuras y consultar textos sobre mitos y exploradores populares. Si desean pueden revisar su actividad en estos últimos meses.
Cuando los oficiales revisaron el historial de visitas a la biblioteca de la escuela, se toparon con algo increíble.
—Dios santo —suspiró uno de los oficiales cerrando de golpe el registro de la biblioteca mientras observaba fijamente hacia la pared con la mirada perdida—. Se han ido en busca de la Garganta del Diablo.

II

Ya habían vagado cerca de dos días alimentándose solo de cecina, galletas y agua. De cuando en cuando, César sacaba una que otra barra de chocolate para animar a Braulio sobre lo gloriosa de su aventura. A Braulio le daba la impresión que el chocolate había sido llevado allí solo con ese propósito. En efecto así fue.
—Carambas, César, estamos tan cerca de encontrar la garganta del diablo como de que nos encontremos por ahí un billete de cien dólares.
—Nadie dijo que sería fácil, hombre de poca fe —dijo César mientras volvía a consultar el mapa que él mismo había diseñado antes de partir
—Pero ni siquiera sabemos si es cierto —dijo Braulio pensando ingenuamente que podría disuadir a su hermano de tal locura—. Todo lo que hemos oído es relatos de mendigos y pequeñas menciones en libros de historia. Nada concreto.
–Pero si ese es el sentido de esta misión —dijo gloriosamente César mirando a su hermano con una radiante sonrisa–. La Garganta del Diablo sólo está reservado para aquellos dignos que vayan en busca de ella. ¿No te hice leer aquella historia sobre Parsifal? ¿Acaso sabía dónde estaba el Santo Grial? ¡No! Simplemente fue, lo buscó y lo encontró. Ese es nuestro destino. Imagínate, según las leyendas, en la Garganta del Diablo hay inmensas cantidades de riquezas que están solo accesibles a los dignos. Nosotros somos esos dignos, Braulio.
Cuando Braulio terminó de comer el chocolate, solo suspiró resignándose a que la falta de provisiones y el cansancio harían el trabajo de disuadir a su testarudo hermano. Penosamente, ni uno ni otro quisieron cumplir su rol adecuadamente.
A la mañana siguiente caminaron lo suficiente como para que las suelas de las zapatillas se retiraran indignadas de sus lugares. No había ni muestras de la misteriosa cueva, ni de las piedras que marcaban el territorio de la posición de las sombras a determinadas horas. Nada de nada.
En circunstancias normales, estos indicios habrían hecho rendir cualquier tentativa de continuar tan disparatada aventura, pero César era César. Terco como el más rebelde de los jumentos, la búsqueda del mítico lugar había enceguecido su voluntad ya que revisaba frenéticamente los mapas y la brújula, estaba atento a la posición del sol y miraba de forma inquisidora toda roca que se le cruzaba en el camino.
Braulio era la cara cuerda de la moneda. Siempre pensando en cómo regresar y en qué clase de explicaciones tendría que dar para convencer a mamá de que aquello que habían hecho no era tan grave, pero como todo lo malo tiende a empeorar, esta no fue la excepción.
—¡Que te robaste qué! —gritó Braulio lanzando otro chocolate—. Pacificador a unos matorrales.
—Era necesario, hermano. Estos equipos están caros y comprarlos era algo imposible. Por otro lado, luego de que papá muriese, todo su equipamiento estaba guardado en el baúl de mamá y bueno, para algo tendría que servir ¿no?
—No César —dijo Braulio señalándolo con un dedo tembloroso—. Ahora sí has firmado nuestra sentencia de muerte. Mamá nos va a matar y lo sabes. ¿Qué haremos ahora?
—Por eso es tan importante que lo encontremos. Si lo hacemos, podremos volver envueltos en gloria y justificarlo todo. Y si no, bueno, no dirás que estos días no fueron emocionantes ¿No?
Por la cara de Braulio, emocionante era lo último para calificar esa locura.
—Por cierto —dijo César mirando preocupadamente al suelo—. ¿Has visto donde dejé el reloj?

III

—¿Ese es el reloj de su difunto marido, señora? —dijo el policía mientras metía en la bolsa otra evidencia más de la fuga de los chiquillos. Dentro había servilletas usadas, cucharas descartables, huesos de pollo y muchas pero muchas envolturas de chocolate.
—Sí —dijo la madre mirando preocupadamente el viejo Rolex de su esposo—. Al parecer se llevaron toda su utilería de trabajo.
Mientras los policías iban buscando en el bosque más evidencia de la presencia de los muchachos, uno de ellos corrió súbitamente hasta donde estaba el policía con la bolsa de objetos.
—¡Cabo! —dijo el detective de golpe asustando a los presentes—. ¡Fíjese en la fecha y hora del reloj!
El policía miró por un momento indeciso al detective pero entendió rápidamente lo que se proponía. Si el reloj había estado allí unas horas, la humedad y la baja temperatura de la zona habrían hecho que el mecanismo se detenga revelando el momento en que los muchachos habían acampado allí con un margen de error de dos o tres horas. Lo realmente inesperado fue que el resultado distaba mucho del esperado.
—22:45 del 14 de Noviembre —dijo el policía aun sin darse cuenta de lo que había dicho.
Todo el equipo de investigación se puso de pie de golpe ante la repentina revelación. Dos de ellos cuchichearon y algunos de los perros aullaron timoratamente.
—14 de Noviembre — dijo lentamente un policía mientras le ponía el bozal a su perro aun con la cara de incredulidad — eso fue… hace más de veinte días…
–La pregunta es —dijo el detective—. ¿Dónde están ahora?

IV

Nunca supieron como lo lograron ni cómo podrían volver a repetirlo. El asunto estaba en que simplemente lo encontraron.
A pesar de lo complejas de las indicaciones y de lo intrincadas de las explicaciones, César encontró el tan anhelado lugar a tan solo ocho días de su temeraria expedición. Les había tomado mucho menos tiempo del escatimado y ello era un alivio. Los recursos se les estaban agotando.
Como en toda aventura no puede faltar el incrédulo, este papel le cayó casi a la medida a Braulio.
—En el libro decía que era “una cueva” —dijo comiendo uno de sus últimos chocolates solo por rutina más que por premio a su esperanza.
—Pero esto es una cueva desde otra perspectiva, cerebro de frijol. La leyenda refería a una abertura en la tierra y este lugar cae preciso en las indicaciones —dijo radiante César.
Quizás César tenía algo de razón. La “cueva” que encontraron era un pozo. Tal pozo había estado siempre allí, invisible para las personas que transitaban por el bosque porque hace mucho había dejado de dar agua. Pero hoy tenía una significación especial.
Tras vigilarlo cautelosamente, César había reunido las características que se indicaban en los relatos. El pozo estaba flanqueado por cuatro grandes piedras ubicadas simétricamente a una distancia de treinta metros, tenía una profundidad imprecisa por lo que les hacía sospechar que su profundidad era insondable. Finalmente la prueba decisiva estaba al atardecer.
Cuando el sol se escurría como el oro fundido por las montañas tiñendo de ocre el valle entero, las sombras comenzaban a salir de sus sepulcrales refugios. Poco a poco, figuras monstruosas se iban dibujando en el suelo dando a entender que la noche ahora les pertenecía. César, atento particularmente a las sombras del roble más alto, vio que la punta señalaba directamente al pozo abandonado cuando caía la medianoche. ¿Para qué esperar más?
Prendieron las lámparas de cera y se pusieron al borde del pozo para pensar su siguiente paso, el problema estaba en que ambos tenían ideas demasiado distintas.
—Bien, al parecer sí es. Es hora de regresar al pueblo para buscar a alguien que nos ayude a explorar —dijo Braulio suspirando de alivio al saber que por fin volverían.
—¿Y dejar que nos quiten una parte de la recompensa? —dijo indignado César—. Ni pensarlo. Bajaremos nosotros y lo haremos hoy mismo, cerebro de tomate. Pásame una roca.
A regañadientes, Braulio tomó un guijarro del suelo y se lo pasó a su hermano. César dejó caer la roca pero no se oyó ningún ruido que confirme su caída.
—Creo que es muy profundo —dijo serenamente César—. Tenemos casi trescientos metros de cuerda en la mochila. Supongo que eso más la lámpara serán suficientes para explorar la bajada. En caso que no sea suficiente volveremos por más cosas de la manera más clandestinamente posible.
Como Braulio sabía que un retorno clandestino solo haría que las cosas se pongan peor, decidió apoyar a su hermano en acabar tal misión de una vez.
Afirmaron la soga en uno de los pilares de piedra y se ataron las cinturas. El objetivo era ir descendiendo por las paredes del pozo como si este fuese una rampa. Como las paredes del pozo parecían completamente lizas, no habría razones para prender las lámparas antes de tiempo, solo cuando la cuerda se acabe, prenderían las lámparas para observar los alrededores y ver si realmente habían logrado encontrar lo que querían o si solo habían encontrado el castigo más largo del mundo.
Antes de descender, Braulio miró por última vez a su hermano.
—¿Estás seguro de que es una buena idea?
César solo puso los ojos en blanco hacia arriba y dio el primer paso.

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Un comentario en “La garganta del diablo – Parte I

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