El Columpio

Por: Ed Kürten

    En el patio trasero un columpio a veces se balancea sólo aunque no haya viento que lo meza. Una oscilación apenas perceptible, un vaivén que poco a poco tornaba más dinámico, una sombra proyectada en el empedrado por la niña que sobre él se columpiaba; todo empezaba así.

            Ajena a esta leyenda, como también lo era a los asesinatos y suicidios que allí se cometieron, decidí adquirir aquella casa abandonada. Quizás porque yo sólo creo en lo que puedo ver; y de eso ya hace mucho tiempo. No es cuestión de escepticismo sino de invidencia; la misma que regenta mi vida desde aquel maldito accidente que me sumió en una perpetúa oscuridad.

            De cuando en cuando escucho el chirrido de las cadenas oscilando. Entonces, bastón en mano,  acudo al patio con la mejor de mis sonrisas y el  ánimo de empujar con ímpetu aquel columpio.

            No temo su hedor a carne podrida, no temo el tacto rugoso de sus cabellos serpenteando como gusanos entre mis dedos, no temo su etérea presencia;  solo temo envejecer aislada en mis tinieblas. Pero sé que  mientras ella siga acudiendo al patio para que la columpie habré vencido a la soledad. Una soledad  más cruel y aterradora que el peor de los fantasmas.

Imagen de Pixabay

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