Sombras del pasado

Por: Alejandro Mariana Muñoz

Sudor frío; corazón acelerado.

Julia se despertó en mitad de la noche recordando lo que hacía que tuviera pesadillas todas las noches. Su memoria retrocedió 6 meses atrás.

Iba andando a casa de vuelta del trabajo, escuchando música, cuando notó unos pasos detrás; desde que tuviera una experiencia desagradable en la que su madre había sufrido un atraco siendo ella pequeña, siempre había sentido un miedo casi patológico a los desconocidos. Sin embargo, esta vez se obligó a relajarse; seguramente no sería nada. Mientras buscaba su música favorita para relajarse notó como unos brazos le agarraban con fuerza y le ponían un pañuelo en la boca. Todo empezó a volverse borroso poco a poco y, finalmente, perdió la conciencia.

Todos estos recuerdos y sensaciones se agolpaban en su memoria cada noche impidiéndole dormir. Se tomó dos pastillas para dormir; ya no podía irse a la cama sin tener la caja de las pastillas en la mesita de noche. A la mañana siguiente se despertó y se fue a trabajar; era cajera en un supermercado. Mientras iba en el autobús continuó pensando en la experiencia traumática que había vivido meses atrás.

Se despertó con el sabor de la sangre en la boca y las manos atadas a la espalda. Aún tenía la visión borrosa; sólo veía una luz que se movía de un lado a otro. ¿Serían las puertas del cielo? Julia era una creyente acérrima y empezó a pensar que había llegado su hora. Un portazo le sacó de sus ensoñaciones. Aquella luz bamboleante no era más que una vieja lámpara que no paraba de moverse. Estaba aún aturdida cuando un rostro familiar apareció ante ella.

Despertó con la respiración entrecortada; la mujer que estaba a su lado en el autobús la miró extrañada. Otra pesadilla. Todavía no se había recuperado y a cada momento se le aparecían imágenes del suceso. Iba dos días a la semana a una terapia de grupo que la ayudaba mucho. Sin embargo, no podía quitarse ese rostro de la cabeza.

– ¿Por qué me has hecho esto?- el hombre que la había secuestrado le era conocido. Se llamaba Sergio y trabajaba en la tienda de mascotas a la que ella acudía habitualmente a comprar comida para su perro.

Cuando pudo mirar un poco más la habitación donde la tenía retenida se vio a ella misma; las paredes estaban empapeladas con fotografías suyas en todo tipo de situaciones: comprando, yendo con su perro a pasear, incluso cambiándose en su cuarto. Este hombre la había estado espiando; no puedo evitar ponerse  a llorar. Entre sollozos, le repitió:

– ¿Por qué haces esto?- en su rostro apareció una expresión de ira.

– Durante meses te he estado cuidando. He evitado que la gente mala te hiciera cosas. Están por todas partes, por todas partes…- dijo mirando a un lado y al otro como temiendo que le pudieran estar escuchando.

Julia se dio cuenta rápidamente de que ese hombre sufría un trastorno mental grave. De repente, se acordó de que tenía el móvil en el bolsillo. Intento alcanzarlo pero, al notar el movimiento, Sergio se abalanzó sobre ella como un león enjaulado. Sin mediar palabra, le hizo un corte en el brazo y dejó el móvil encima de una mesa cercana. Julia empezó a gritar; la sangre no paraba de brotar. Al verlo, Sergio parecía arrepentido y le dijo:

– No grites, ¡no grites! Lo siento, ha sido un impulso. No debes hacer eso, me cabreas. Te curaré; siempre te cuido, siempre…- iba diciendo mientras salía de la habitación.

Cuando Sergio regresó, la desató para poder curarla bien con unas vendas que había traído. Julia aprovechó su oportunidad y le golpeó, empujándole contra la mesa. No recordaba nada más.

Despertó en un hospital tres días más tarde; un campesino le había recogido. La casa donde había estado retenida estaba en medio del campo. El campesino al verla llamó a la policía y detuvieron a Sergio. Tras varios exámenes psicológicos dictaminaron que Sergio tenía una obsesión por Julia; estaba convencido de que alguien la quería hacer daño y por eso había matado a varias personas. Su único afán era protegerla; fue internado en un psiquiátrico.

Julia salió de trabajar y quería olvidarse de todo lo que había recordado durante el día, así que se fue al gimnasio. Cuando llegó a casa empezó a hacer la cena (sándwich de pavo y queso) y encendió la televisión; al oír la noticia se le cayó el pan al suelo. No podía creer lo que estaba oyendo; debido a un error burocrático, Sergio estaba en libertad. Al día siguiente, la policía fue a su casa; le habían asignado una vigilancia para que no corriera peligro. Esta situación, aunque en parte le tranquilizó, también le llenó de ira. Estaba prisionera; si bien es verdad que podía salir y hacer vida normal, siempre tenía que estar acompañada por un agente.

Estuvo dos semanas sin salir de casa  hasta que David, un vecino suyo, le convenció para que fueran a dar una vuelta. Julia tenía miedo de encontrarse con Sergio; sin embargo salió varias veces consecutivas y no se lo encontró. Tras unos meses haciendo vida normal y sin tener ningún encontronazo, Julia solicitó que le quitaran la vigilancia: “Alguien la necesitará más que yo. Y en caso de que me lo encontrara otra vez, os llamaré sin dudarlo”.

David estaba sentado en el salón de Julia; al final había terminado convenciéndola para que fueran a ese speed dating del que tanto le habían hablado. Se conocían desde hacía sólo cuatro meses, desde que David se mudara a la casa de al lado; sin embargo, desde el primer momento habían conectado muy bien. David era un profesor de educación física que vivía sólo con su perro; había tenido una relación hacía 6 años pero esta mujer le engañó y desde entonces estaba soltero. Sin embargo, en las últimas semanas había pasado mucho tiempo con Julia debido a la puesta en libertad de su secuestrador. Siempre le había parecido una chica que merecía mucho la pena, pero nunca se había atrevido a mostrar lo que sentía a causa de la inestabilidad psicológica de Julia.

A pesar de todo eso y del plan que tenían para aquel día, David estaba decidido a decirle a Julia de una vez todo lo que sentía. Él sabía que podía hacerla feliz y que no había nadie que comprendiera tanto como él por lo que estaba pasando, ya que había presenciado todo el proceso. No sabía si iba a salir bien o mal, pero quería intentarlo.

Una voz lo sacó de su ensimismamiento: “¡Ya bajo!”; sintió un cosquilleo en el estómago. Sabía que Julia se pondría radiante porque estaba ansiosa por conocer a alguien. No se equivocaba; llevaba un jersey blanco con una falda granate. Ella no necesitaba más; estaba preciosa. Finalmente, se dirigieron hacia el local.

Cuando llegaron Julia estaba muy nerviosa; según le explicó David, cada chica lleva a un chico que nadie más conoce. Los participantes tienen tres minutos para tener mini charlas con cada chica y rotar. Si dos se llevan bien, intercambian los teléfonos y siguen en contacto. Después de que cada participante mantiene 10 mini charlas, se reparten tarjetas para llenar con datos personales. Todo iba bien hasta que el tercer chico se sentó para tener una mini charla con Julia:

– Hola, Julia. ¿Buscando pareja?- el corazón de Julia empezó a latir frenéticamente y notó un sudor frío que recorría todo su cuerpo. El que se había sentado era el hombre que la había secuestrado y le había hecho pasar todo un infierno.

Su cuerpo reaccionó antes que su mente; salió corriendo de allí tan rápido como pudo, no sin antes gritarle a su amigo:

– ¡David, está aquí! ¡Pide ayuda!- sus piernas parecía que se moviesen solas. No sabía hacia donde se dirigía, solo que tenía que alejarse de Sergio lo máximo que pudiera.

– ¡Ven aquí! Eres mía; ¡de nadie más!- tenía una mirada feroz, de depredador.

Julia iba mirando hacia atrás cuando tropezó con algo y cayó al suelo; era la oportunidad perfecta para Sergio. Cuando la alcanzó la cogió del cuello y le dijo: “Si no eres mía, no serás de nadie”.

Tac-tac, tac-tac. El corazón de Julia martilleaba en su pecho en busca de una salida; Julia le arañó la cara pero Sergio la agarró con más fuerza.

Tac-tac…tac-tac… Su corazón cada vez latía más despacio. No podía escapar de aquella situación. Los músculos dejaron de responderle poco a poco; el cerebro ya no recibía oxígeno. Sus pulmones pugnaban por conseguir algo de aire sin éxito.

David salió corriendo del local en cuanto oyó el grito de Julia; tenía que salvarla, daba igual lo que costara. No podía dejar que ese malnacido se saliera con la suya. Iba corriendo en su busca e intentó no pensar en lo que le pudiera estar haciendo a Julia. Cogió el móvil y mientras corría, llamó a una ambulancia.

Sergio estaba exultante; por fin había conseguido lo que quería. Si bien una vez la quiso y su mayor afán era protegerla de la gente mala que la quería hacer daño, le había traicionado. Ahora, por fin podía cobrarse su venganza. No podía pensar en nada; sólo quería arrebatarle la vida con sus propias manos.

De repente, sintió un golpe en la cabeza. David había cogido una piedra y le había golpeado en la cabeza con ella. No le importaba si había muerto o no; lo primordial era salvar a Julia. Estaba inconsciente; empezó a hacerle el boca a boca hasta que llegaron los servicios sanitarios y la policía. Le apartaron de allí pero podía ver lo que estaba ocurriendo. Julia no se movía.

Estuvieron realizando los ejercicios durante más de tres minutos hasta que desistieron. Julia finalmente había muerto.

Sergio se movió; solo estaba inconsciente. Cuando miró a su alrededor y vio lo que estaba pasando una sonrisa se dibujó en su rostro; cuando David lo vio no pudo resistirse y se abalanzó sobre él: “¡Te voy a matar!” Los agentes le impidieron acercarse a él; David estaba ciego de ira.

Cuando parecía que todo se había calmado, David le robó la pistola a un policía. Todos los policías que estaban presentes se pusieron alerta y le apuntaron con sus armas:

– ¡Tire el arma! ¡Repito, tire el arma!- David no sabía qué hacer; el sudor le corría por la frente. En su mente sólo aparecía el cadáver de Julia y la sonrisa de Sergio. Tras unos momentos de máxima tensión entre David y los policías, éste decidió lo que iba a hacer.

Sin pensarlo dos veces, disparó sobre Sergio. Tres tiros certeros en el pecho. Al instante siguiente, estaba en el asiento de atrás del coche de policía, esposado, de camino a la comisaría.

Sin embargo, nunca fue más feliz que en ese momento.

Imagen de Pixabay

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