El sabor de la carne

Por: Ramón Hernández

            Todo cambió para David cuando la infección dio comienzo. Su entorno, su modo de vida y su propia alma, que contaba con tan solo cinco años de vida. Sus padres desaparecieron, junto con la mayoría de sus seres queridos. Sus juguetes ahora solo eran recuerdos, y sus amigos se convirtieron en una neblina de humo tiznada con sangre en su mente. El inicio de algo nuevo significó la desaparición de su antiguo mundo, sencillo y bello.

            A sus padres los trituraron delante de sus ojos, y a él los infectados le devoraron parte del cuero cabelludo y la cara, antes de salir corriendo sin rumbo fijo. En ese momento pensó que se convertiría en uno de ellos, pero no fue así. Caminó a la deriva por su ciudad natal durante días, sin saber qué hacer y alimentándose de los cubos de basura y supermercados que encontraba en su camino, porque frente a todo pronóstico, él no se convirtió totalmente en un loco come-carne. Él conservó la cordura y el libre albedrío. O por lo menos conservó su mente de niño. Se sentía triste y solo como nunca antes en su corta vida. ¿Y si solo él, de entre todos los Muertos vivientes, era el único que no perdió la cabeza?

        Su respuesta quedó resuelta al cabo de una semana andando por las calles. Se encontró con Paul, un hombre de mediana edad que cuidó de él desde ese mismo momento. Pasó a ser su padre adoptivo sin mediar palabra, y David aceptó a aquel hombre como su nuevo papá, imaginando que nada había cambiado. Era como él, un infectado que no sucumbió al estado tan deplorable en el que había quedado la mayoría de la humanidad, y eso le dio esperanzas. ¿Existiría más gente como ellos?

            No tardaron mucho en encontrarse a más como él y Paul. Y al cabo de tres meses, consiguieron reunirse más de mil doscientos en el centro de San Luis, su ciudad natal. Se instalaron en uno de los rascacielos del centro, adecuando su interior para vivir de forma permanente, y durante unos meses, todo volvió a la normalidad. Pero no todo dura eternamente. Los suministros que existían a su alrededor desaparecieron con una velocidad asombrosa, y cada vez que necesitaban conseguir comida, medicamentos o cualquier otro elemento básico para la supervivencia debían partir más lejos, y la mayoría de los supervivientes tomaron la decisión de irse de la ciudad. Los No Muertos les ignoraban, por lo que podían viajar y vivir donde les diera la gana, sin temer morir despedazados. Al final solo quedaron unas doscientas personas en el centro de San Luis, rebuscando entre los restos de la civilización.

            Lo que no sabía David era que lo peor vendría después. La mayoría de las personas se volvieron locas, cada uno inmerso en sus pensamientos. Hasta hubo ataques que produjeron varias muertes. Paul, al ver qué camino estaban tomando los últimos habitantes vivos de San Luis, creó un pequeño libro, llamado los “Cuentos de los Muertos”, en el que escribió varios relatos, incluso unos evangelios, con el que pretendió instaurar la paz y un mismo pensamiento para todos ellos.

            Pero no salió como Paul planeó. Los habitantes del rascacielos sucumbieron a ese libro, adoptándolo como una nueva fe, y no tuvo más remedio que seguirlos la corriente. En un mes dejaron el rascacielos, y se instalaron en el jardín botánico de Missouri, rodeando el Climatron. Cada uno se montó su propia cabaña al lado de la estructura, y de un plumazo retrocedieron por lo menos mil años en el camino de la evolución humana. Al poco tiempo parecían un grupo de homínidos del paleolítico. Se dieron nuevos nombres, tomaron costumbres nuevas, y se forjaron un nuevo método de vida, muy primitivo. David quería irse cuanto antes, pero Paul se negó. Dijo que su labor aquí no había terminado, y por ello, se integraron en aquel grupo que parecía ahondarse cada vez más en la locura.

            El punto más álgido de aquella pesadilla se culminó un día, cuando varios hombres atraparon a un superviviente solitario, y convocaron una reunión en el Climatrón para la noche. Todos sin excepción acudieron, junto con algún que otro No Muerto solitario, pues ellos pululaban sin fronteras, y el grupo se había acostumbrado a su presencia. La estructura en su interior sufrió muchos cambios en las últimas semanas. El cincuenta por ciento de las plantas tropicales allí situadas las eliminaron para dejar más espacio a sus rituales, y crearon muchos más caminos para poder moverse por el recinto. El interior del Climatrón era sagrado, y por ello nadie podía construir su casa dentro del recinto. En el centro dejaron una explanada limpia lo suficientemente extensa para poder alojar de pie a la mitad de las personas del grupo, y cuando llegaron David y Paul nada más caer la noche les costó llegar al centro. Cuando pasaron el anillo de personas, se encontraron con los líderes del grupo junto a una gran olla, en la que había un estofado cocinándose. El olor a comida inundaba sus fosas nasales, y de pronto le rugió el estómago. Desde ese momento no pudo pensar en más que en comer.

—¡Hermanos, a la luz de las estrellas, del día ciento cuatro después del levantamiento de los muertos, se nos ha concedido una revelación! —empezó a decir Krokatum, el líder del grupo—. ¡Después de varios meses a base de alimentarnos con latas de comida y potingues del antiguo mundo, hemos conseguido traer algo de carne fresca a la mesa! ¡Un manjar que ha venido de manera voluntaria a nosotros, traído por las dríades! No temáis, pues nuestro Chamán nos dará consejo en este instante. Por favor, Akavalpa, ven conmigo —Akavalpa era el nuevo nombre que había adoptado Paul. Para David era un nombre más bonito que los de la mayoría. Se acercó al centro de la explanada y comenzó a hablar en voz alta.

—Todos sabéis quienes somos. Aquellos que se fueron no lo comprendían. Somos los bendecidos por los divinos, aquellos a los que los No Muertos perdonan. Y por ello somos la evolución de la especie humana, el siguiente eslabón de la cadena evolutiva. Y por lo tanto, como los No Muertos, podemos alimentarnos de la especie anterior, los homo sapiens —se oyó un murmullo entre los presentes, cuestionándose lo que decía Krokatum—. ¡Hermanos, no tengáis atisbo de duda, pues entre nosotros está el profeta, aquél que nació del vientre de una No Muerta! ¡Nuestro guía hacia lo más alto!

            David era ese guía. Paul, en un intento de darles importancia entre el grupo, en su libro escribió una leyenda en la que colocaba a David como un salvador y mesías, alguien intocable. Su nuevo nombre fue Khroetuliah, el nacido entre los muertos. Porque entre ellos no existía ningún niño, él era un caso muy excepcional. ¿Quién se atrevería a rebatir las palabras del chamán del grupo?

         Khroetuliah se acercó al círculo y se colocó entre Akavalpa y Krokatum, mostrándose al público. Todos miraban con fervor a los tres, como si fuesen una luz en un túnel oscuro. Nadie parecía querer ser el primero en probar el potaje recién preparado, y por esa razón volvió a hablar el líder de todos ellos.

—Veo que no os mostráis muy seguros. No desconfiéis. Quiero lo mejor para vosotros, y será eso lo que os serviré, os lo aseguro. Está en juego nuestra propia supervivencia, y el Homo Sapiens solo es un impedimento para llevarla a cabo. Somos una amenaza para ellos, y solo es cuestión de tiempo que nos ataquen. Son ellos o nosotros, no lo olvidéis. Profeta Khroetuliah, muestra ante todos el poder de la fe. Come del puchero.

            Khroetuliah miró a todos los presentes. Poco los diferenciaban de los No Muertos. Sucios, con el cuerpo lleno de granos y pústulas sanguinolentas, los ojos verde ciénaga… Khroetuliah hace tiempo que perdió su infancia. Justo el día en que le mordieron. El día que perdió a sus padres. El día que vio la muerte por primera vez con sus propios ojos…

            Toda su vida pasó ante sus ojos mientras se acercaba a la gran olla y cogía un trozo de carne caliente. Ya no era un niño, sino una bestia, una bestia pequeñita en forma infantil. Le dio un buen mordisco a la carne y la saboreó. Todos aullaron y se acercaron lentamente a por su parte. Y en lo más recóndito de la mente, recordó un día de verano en el que fue con sus padres a la reserva Carlyle, donde comió en un restaurante al pie del lago. Comió algo muy parecido, y desde entonces fue su plato favorito. Solo pudo tener un pensamiento en su cabeza mientras devoraba la carne caliente. “Sabe a pollo.”

Imagen de Pixabay

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