Atrapado en la oscuridad

Por: Rafael Azgra

El croissant del buffet estaba seco y, aunque hacía media hora que habían terminado de desayunar, Antonio todavía notaba el último trozo atravesado en su pecho. Se sirvió un vaso de agua del lavabo y tragó el croissant notando con alivio cómo bajaba hacia su estómago.

—Vamos, date prisa o llegaremos tarde.

Antonio respondió con un gruñido a su esposa. Percibió el gesto de contrariedad de Mari Carmen y no se lo reprochó. Él, que con su labia había hecho suya a la chica más guapa del barrio, apenas cruzaba con ella cuatro palabras. Ni con ella ni con nadie. Sobre todo durante los últimos meses.

Cuando se jubiló un par de años antes, pensó en hacer todo aquello que su trabajo como chófer de autobús no le había permitido. Pero no tardó en darse cuenta de que no sería fácil. Cada vez se sentía más cansado, incapaz de cumplir su deseo de construir maquetas. Se había comprado una, muy sencilla de montar, de un portaaviones de la Segunda Guerra Mundial. Comenzó a hacerse un lío con las instrucciones y el barco acabó pareciéndose más a un naufragio del que sobraban piezas. Después de una semana decepcionante se dio por vencido.

Se miró al espejo y no le gustó ver su cuerpo fofo y arrugado bajo la camiseta interior de tirantes. El poco pelo que le quedaba era blanco y muy fino y las orejas y la nariz parecían haber crecido de una forma inusitada, igual que su papada.

Se puso una camisa de seda de color verde claro y se la abrochó distraídamente.

—Mari Carmen ¿y la corbata? —preguntó saliendo del baño.

—Toma, aquí está —Su mujer se acercó a él. Parecía un pavo real, tan adornada como iba—. Pero mírate, te has abrochado mal la camisa. Ven aquí, anda.

Mari Carmen dejó la corbata sobre la cama ya hecha. A pesar de estar en un hotel, la mujer no podía evitar arreglar las sábanas y la colcha en cuanto tenía oportunidad. Abrochó la camisa de su marido con sus dedos rechonchos mientras continuaba con el mismo gesto de disgusto.

—La verdad, no sé dónde tienes la cabeza últimamente.

Antonio volvió a gruñir y su mujer se tomó la licencia de hacerle también el nudo de la corbata.

—Ya está. Venga, coge la chaqueta y vámonos, que quiero ver llegar a la novia.

Antonio obedeció. No quería arriesgarse a una semana como mínimo de reproches por su tardanza.

Cuando estaban a punto de tomar un taxi, Mari Carmen tomó a Antonio del brazo, provocándole un sobresalto.

—¿Has cogido el sobre con el dinero?

Antonio se palpó los bolsillos y su expresión fue suficiente para que su mujer estallase en aspavientos.

—Lo sabía —dijo airada—. Ya voy yo a por ello, espérame aquí.

Antonio asintió y se quedó mirando las baldosas cuadradas que conformaban el pavimento. Estaba enfadado consigo mismo. ¿Qué diablos le pasaba? Nunca había sido tan desastroso. ¿Acaso sería cierta la creencia de que con la edad las personas se vuelven más inútiles? Eso le enfurecía todavía más. No estaba para bodas ni fiestas. Ni siquiera recordaba quién se casaba. Pero debía ir por su bien. Mari Carmen estaba ya al límite y no era aconsejable echar más leña al fuego.

—Ya estoy aquí —Mari Carmen llegó sofocada— Corre, coge ese taxi.

Antonio sabía que no era necesario correr. El conductor del taxi estaba apoyado sobre el capó conversando con unos compañeros y no parecía tener intención de moverse sin pasajeros. Antonio le hizo una seña y el chófer corrió a ocupar su puesto.

La pareja montó en la parte trasera. El interior del taxi tenía el olor característico del limpiador de salpicaderos. A Antonio nunca le había gustado.

—Ya verás: llegaremos y la boda habrá empezado —reprendió Mari Carmen—. ¡Qué vergüenza!

Antonio no la escuchaba. Sólo observaba los autobuses de aquella gran ciudad desconocida. Eran máquinas modernas, de esas que indicaban cuál iba a ser la siguiente parada mediante una misteriosa voz de mujer.

Al mirar los edificios que flanqueaban le pareció extraño que hubiera construcciones tan grandes y a la vez tan antiguas. En su pequeña ciudad de origen las casas de más de cincuenta años no solían sobrepasar las tres alturas. ¡Qué lugar tan peculiar!

Cuando llegaron a la iglesia, la gente todavía esperaba la llegada de la radiante protagonista del día.

—Menos mal —dijo Mari Carmen sacando un billete de diez de un bolso ridículamente pequeño.

Nada más salir del taxi, Mari Carmen inició un sucesión de besos y abrazos a numerosos familiares, mientras Antonio la seguía en silencio. Todo el mundo le saludaba, pero sólo conseguía recordar el nombre de unos pocos.

Una cuadrilla de hombres le hizo sitio en su corro. Antonio escuchaba una aburrida conversación sobre fútbol y el de su izquierda le dio un toque en el brazo.

—Hermano, estás muy raro. ¿Te pasa algo?

Antonio se encogió de hombros y, antes de que pudiera responder, se armó un enorme revuelo. Un coche adornado con lazos blancos y flores se detuvo casi enfrente de ellos.

Al abrirse la puerta salió un hombre al que Antonio reconoció como su primo Mateo y por fin recordó que aquella boda era la de su sobrina segunda. Antonio se sintió algo más aliviado.

Mateo ayudó a su hija a salir del coche. Estaba fabulosa. Antonio vio en aquel momento a Mari Carmen. Siempre se emocionaba en las bodas y él sonrió con diversión.

Los invitados fueron ocupando su lugar dentro de la iglesia, donde esperaba un novio atacado de los nervios según había podido escuchar. Antonio se acercó a su esposa y la tomó de la mano, como cuando eran jóvenes.

Las ceremonias religiosas siempre el aburrían y hubiera dado lo que fuera por poder salir de aquel lugar frío y oscuro. Cuando llegó el momento de rezar un Padrenuestro, Antonio permaneció en silencio, incapaz de recordar la letra de este.

Vio por el rabillo del ojo que Mari Carmen le dedicaba una mirada de reproche por su involuntaria herejía. Pero ninguno de los dos mencionó después el asunto.

Fueron trasladados en un autobús privado hasta el lugar donde se celebraría el banquete. Antonio hizo un par de comentarios en voz baja manifestando la torpeza del conductor, el cual no parecía contar con más de cinco años de experiencia.

El menú consistió en crema de faisán, besugo al horno y chuletón a la brasa. Antonio se vio en serias dificultades para usar los cubiertos mientras intentaba comer el pescado. Sus dedos no respondían como era debido.

Mari Carmen le habló al oído.

—¿Estás bien?

—Sí, no te preocupes —la tranquilizó Antonio—. Voy al servicio un momento.

—No se te habrá subido el vino…

—Sí, eso será.

Sabía que no era así. Llevaba un tiempo sintiéndose extraño, pero nunca como en aquel momento.

Salió del salón-comedor y se metió en el baño de caballeros. Estaba solo. Se miró a sí mismo en el espejo y se pidió en silencio una explicación.

Sintió un ligero vahído y se lavó la cara, pero no fue suficiente. Necesitaba algo de aire fresco. Se aflojó el nudo de la corbata y salió del lujoso restaurante.

Entre la ceremonia, el aperitivo y todo lo demás, eran alrededor de las seis de la tarde y la actividad era la propia de un sábado.

De repente se fijó en un autobús cuyo conductor fumaba un pitillo junto a la puerta abierta, antes de volver a iniciar su itinerario. El vehículo parecía más antiguo que el resto. Antonio se emocionó al comprobar que era de la misma marca y modelo que el que solía conducir él.

Deslizó los dedos por la chapa hasta el botón de apertura de la puerta trasera. Lo pulsó y el autobús bufó sonoramente antes de permitir el acceso de Antonio a su interior.

El conductor se sobresaltó y tiró su cigarro.

—¡Eh! ¿Qué hace?

Antonio se dirigía hacia adelante cuando el chófer subió por la puerta delantera cortándole el paso.

—¿Pero qué se cree que está haciendo? Baje inmediatamente.

Antonio se sintió amenazado.

—Este es mi autobús ¡Es mi autobús!

Antonio se abalanzó sobre el hombre veinte años más joven que él y forcejearon.

—¡Suélteme! —dijo el conductor.

Se liberó de la furia de Antonio y este perdió el equilibrio. No acertó a colocar bien el pie sobre el escalón y cayó de espaldas sobre la acera.

Se formó un corro alrededor de él y una chica joven se agachó al lado de Antonio.

—¿Es que se ha vuelto usted loco? —reprendió al conductor— Debería darle vergüenza. ¡Es un anciano!

—Yo…

El chófer estaba pálido y no hacía más que llevarse las manos a la cabeza.

—¡Antonio! —Mari Carmen corrió asustada hasta ellos.

Antonio no entendía qué había sucedido.

—Cariño —su esposa se arrodillo junto a él—, soy yo: Mari Carmen.

Pero él no la reconocía. Estaba muy asustado y el dolor de la espalda le impedía levantarse y huir. Todo estaba borroso, pero sacó la voluntad suficiente para intentar ponerse en pie. Mari Carmen intentó ayudarle y él se apartó desconcertado.

—Antonio, amor mío…

Miró a su alrededor. El corro de gente había crecido. Algunos de los invitados habían acudido a ver qué estaba ocurriendo. Mateo y el hermano de Antonio ayudaron a Mari Carmen a sostener a su marido en pie. Pero para Antonio sólo eran tres desconocidos que intentaban agarrarle.

No entendía nada. Se asustó y volvió a caer. La sirena de la ambulancia sonó lejana mientras perdía la consciencia. Y Antonio se quedó ahí de bruces, confuso, asustado y atrapado en la oscuridad.

Imagen de Pxabay

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