Mouros – Parte I

Por: JJ Conti

I

Ahí estaba de nuevo aquel camino, sinuoso y retorcido, que abrazaba la montaña. Pablo sudaba y mantenía su mirada fija en  el vacío que se extendía a su derecha. Apretaba los puños, aferrando los instintos a su débil cordura.

Aparcaron en la pequeña explanada, la única zona en  que la calzada se ensanchaba lo suficiente para dar cabida a otro vehículo y continuaron a pie.

Esta vez no le embargaba la emoción o el misterio… esta vez no… esta vez era un manojo de nervios que luchaba contra sí mismo, asiendo lo poco que conservaba de juicio.

Apenas distaba cien metros de la pequeña abertura en las murallas. A cada paso que daba le pesaban más las piernas. Miraba a Marta y sentía como sus mandíbulas se incrustaban una con la otra al tiempo que resoplaba por la nariz.

Marta echaba rápidos vistazos atrás. Se mantenía a una distancia prudencial, aumentando o disminuyendo su velocidad según el ritmo que Pablo llevara. Miró de reojo la inscripción de la entrada, como hiciera aquel primer día, aunque ahora el mensaje había adquirido todo su significado.  La sensación era diferente, también le faltaba el aire pero la determinación a entrar esta vez no presentaba fisuras. Apretó los dientes y traspasó la hendidura. A su derecha, en el primer nivel de aquella barbacana, se percató de la existencia de un cadalso, en la primera ocasión no lo vio. Aunque la verdad es que la otra vez apenas avancé unos metros más. Pablo, en ese momento, rebasaba la muralla. Resollaba apoyado en el muro, sus pupilas deambulaban nerviosamente de un lugar a otro. Sintió miedo y atracción.

— Vamos— le espetó Marta con decisión y siguió ascendiendo. La noche empezaba a caer, el tiempo había pasado a una velocidad vertiginosa.

Pablo apretó los puños con furia. Esta vez no le cuesta subir, zorra estúpida, ¡foder! Cogió aire y siguió adelante.

La pequeña construcción era una iglesia de cajón de una sola nave. De ladrillo y cubierta por un tejado de madera a dos aguas. Anexada a ella,  una pequeña torre campanario al nivel de la edificación en su ángulo derecho. Su exterior era sobrio,  a excepción de una cruz frente a la entrada y una pequeña  capilla excavada en la fachada con un arco que guarecía el acceso carecía de ornamentación. Tenía dos puertas: una principal, de madera y otra, pequeña, en uno de sus costados, oculta tras la torre, con cuatro peldaños que describían la forma de una ele en su subida. Marta se acercó a la principal y sopesó con resignación el oxidado candado.  Se dirigió a la segunda, que era de metal, la superficie presentaba un tono pardo de herrumbre.  Apoyó el hombro en la puerta  y consiguió hacerla ceder un poco tras varias arremetidas violentas.

 Al abrirse la hendidura, un aire frió y con olor a moho salió del interior. Siguió empujando, pero la puerta no cedía más. Pablo llegó en ese momento, se dirigió al lugar mirando a Marta con furia en los ojos y la boca encogida como reteniendo los instintos, que le atosigaban desde que hubieran salido. La empujó y aprovechando ese calor interior que lo abrasaba y poseía por momentos, arremetió contra la puerta y la abrió lo suficiente para entrar sin mirar atrás.

En su interior había bancos rotos y restos de velas esparcidas por toda la estancia. Pablo comenzó a colocar las velas a escasos centímetros de la pared sin dirigir la mirada más allá del objeto que manipulaba, incluso agradeció la escasa luz, que lo centraba en su labor. Debía mantener su mente ocupada. Eran medidas de protección se repetía.

Marta, entró tras él sin pensarlo, era la única forma que tenía de entrar, cada uno a su forma luchaba en su interior. Encendió la linterna. La falta de ornamentación también era la nota imperante en el interior. Las paredes totalmente desnudas y húmedas por la condensación. Es más una fortaleza que una iglesia, pensó Marta. Alumbrando cada recoveco, evitando la figura encorvada de aquel ser que hasta hacía poco había llamado pareja.

Los únicos detalles que conferían carácter religioso a aquella construcción en su interior eran una pequeña virgen en uno de los laterales, en un pequeño sagrario, con una mesa circular de piedra delante a modo de altar, donde también había velas y un pequeño cuenco.

Las paredes estaban llenas de inscripciones en gallego: mouros, meigas, inferno… Notaba como a cada segundo que pasaba en aquel sitio el frío iba adueñándose de ella, notaba como la energía se le escapaba, como si existiera un vórtice en el centro de aquella estancia que se lo tragara todo. Marta tembló, y aquella sensación gélida que calaba hasta los huesos le recorrió el espinazo, como si descubriera con asombro al asomarse a la ventana que el mundo había acabado.

Pablo además de las velas que comprobó que se podían aprovechar, sacó de su mochila más que llevaba. Poco a poco la sala iba alumbrándose tenuemente, se aferraba a su labor, como si esta representara su cordura,  ajeno al dolor que le producía aquello al apretarlo en su mano.

Marta pronunció en voz alta la palabra que más se repetía en aquellos muros.  Aquella palabra que el gallego tanto temió:

Mouros mouros mouros.

Pablo cerró los ojos con amargura.

II

El viaje surgió como surgen las cosas que importan, por impulso, sin previo aviso.

Pablo metió en el google la búsqueda: lugares próximos misterio, y acto seguido el iPhone escupió aquella retahíla:

“En la parte más interior de la ría de Vigo, en el límite entre los municipios de Redondela y Soutomaior, se alza A Peneda, un promontorio que, la mires desde donde la mires, parece tener una forma cónica perfecta. Así se divisa desde la parroquia redondelana de O Viso hasta Paredes, en Vilaboa. Su forma recuerda mucho esa tradición popular vinculada a los míticos ‘mouros’, seres del imaginario popular que eran gigantes, magos y distintos de los mortales, que eran capaces de construir incluso los ‘outeiros’ “

Suficiente para despertar su interés y enardecer su instinto arriano.

La iglesia coronaba el monte de 327 metros de altura. Las vistas serían la excusa perfecta para maquillar aquel lugar a Marta. Prefirió callar los demás detalles.  Metió la situación en el GPS y le sonrió.

A Marta si algo le enamoraba de aquel hombre era su espontaneidad, y su incansable deseo de sorprenderla.  Después siempre discutían, no era para menos: que locura, pero que hacemos aquí…. Su férrea lógica y carácter ordenado le impedía asumir en voz alta que aquellas locuras las disfrutaba más de lo que admitía. Pero también sabía que Pablo, tenazmente y fiel a él mismo, no desistiría de encontrar la sorpresa que abiertamente le gustara. Así que prefería seguir fingiendo su hastío. Como cuando de pequeño te negabas a probar algo y al hacerlo obligada te encantaba y adoptabas un gesto de asco.

—Vamos a un sitio que te va a encantar. Según la página tiene unas vistas preciosas. Marta le miró suspicaz y asintió sin mucho convencimiento.

Tras media hora de camino por carreteras estrechas de doble sentido que hacía mucho que no asfaltaban. Pablo vio a lo lejos el outerio que coronaba aquella edificación. El lugar era agreste y alejado del mundo. Porque esa obstinada costumbre en el pasado de construir en los lugares más insospechados, se preguntó Pablo, en donde la sola labor, por muy simple que fuera la misma, requería de una voluntad de la que las generaciones actuales carecían. Tenía un aspecto nebuloso, con jirones de nubes a su alrededor. Pero había algo en aquel retablo que no cuadraba, algo rechinaba al mirarlo. Demasiado simétrico, pensó Pablo. Con un camino que ascendía a modo de guirnalda de navidad, hasta su cúspide, donde se encontraba aquella construcción pequeña que hacía las veces de cima.

—Ahí vamos—, señaló Pablo. Marta miró la colina y después a él, tal vez no siempre fingiera desagrado y esa sería una de ellas. Pablo le sonrió sin dejar de mirar la carretera. —Arriba.

El camino de subida que iba rodeando la colina brindaba unas vistas espectaculares, en eso no le había mentido. Pablo a cada curva pitaba y Marta alzaba la mirada suplicante.

—  Si casi no cabe nuestro coche por dios. Un estremecimiento, leve aún, se iba adueñando de Marta, algo en aquella montaña no encajaba.

Lo primero que llamaba la atención nada más llegar era la existencia de aquellas murallas.

—La iglesia está más arriba— Porque fortificar una iglesia, no es suficiente la situación que tiene. Pensó Marta. Una separación de  un metro y medio era el único punto de acceso, en el lado izquierdo de la abertura se podía leer: benvido ao inferno.

Pablo se adelantó y al llegar a la inscripción miró a Marta sonriendo con cierta malicia, satisfecho por lo que estaba encontrando en aquel lugar. Y esperó unos instantes a que llegara la pregunta o reproche de Marta, pero esta permaneció en silencio, con la mirada fija en la leyenda. A Marta no le hacía falta decir nada, el estremecimiento era cada vez mayor, aquella sensación le oprimía el pecho y le hacía cada vez más difícil respirar.

Pablo la adelantó sumido en un estado de excitación creciente. Llegó a la iglesia. Miró con detalle la fortificación que la protegía. La rodeó y miró la cruz de piedra que había a la entrada. Algo relucía a sus pies. Se acercó y sopesó aquel objeto. Giró para enseñárselo a Marta y entonces se dio cuenta de que aún no había llegado a su altura. Volvió tras sus pasos y la encontró resollando en la entrada de la muralla, con la tez pálida y la mirada en el suelo.

— ¿Qué te pasa? Preguntó Pablo

—No lo sé. pero todo este sitio me da muy mal rollo, y estoy muy mareada. Prefiero irme Pablo, no me gusta.

Pablo asintió y la agarró con dulzura por la cintura. Cinco minutos después estaban ya en su monovolumen ajustándose los cinturones de seguridad.

—Que mal rollo, estoy fatal. Dijo Marta, mientras miraba desde abajo la inscripción.

—Bienvenido al infierno. Tradujo. Pablo, en silencio, sacó la mano del bolsillo y arrancó el vehículo.

III

Se despertó espontáneamente. Abrió los ojos, aun era de noche. Podía escuchar la respiración de Marta a su lado. Se mantuvo totalmente rígido, quería analizar el sueño que había tenido y sabía que en el momento que moviera la cabeza  el tenue y borroso rastro que queda de ellos se borra. Recordaba vagamente una sucesión de imágenes, fogonazos extraños. Palabras en gallego. No era el primer sueño que tenía esa semana pero esta vez su estela se había mantenido lo suficiente en su mente como para identificar una palabra: maŭraj.

Llevaba varios días con micro desmayos en los que no recordaba nada. Despertaba, como en el día anterior, con las manos en el volante y totalmente desorientado, pero lo extraño, es que durante ese periodo de ausencia había recorrido cuatro kilómetros, y eso era imposible, ¿había conducido inconscientemente? Al principio le venían flashes, retazos de esos periodos, como fotogramas.

En los últimos había percibido más imágenes cada vez, aunque no dominaba su cuerpo, observaba como un espectador a unos metros de distancia. Pablo sabia que algo en su interior tenía información privilegiada sobre todo aquello que no compartía. Sabia, intuía con fuerza, que era solo el comienzo. No eran desmayos eran más como ausencias, perdida de dominio sobre su cuerpo, que actuaba en piloto automático,  ¿o no era así? , tras los lapsus, esa desazón que se hacía dueño de él y le oprimía el pecho se mantenía un rato.

Había observado atentamente en que situaciones ocurrían, y consiguió identificar algo en común, iban seguidos de algún impulso que refrenaba. La vida de un Homo oeconomicus normal está llena de impulsos, arrebatos positivos o negativos, a lo largo de cada día, que debe templar, e incluso impulsos animales y suicidas que cruzan nuestra mente unos instantes tan solo, y que nuestros lóbulos frontales se encargan de frenar, dejando a la amígdala actuar solo en casos de extrema urgencia. Pablo había sentido en varias ocasiones el impulso de saltar al vacío desde las ventanas de su oficina. Evitó en la medida de lo posible lugares así, por miedo a que en una de sus ausencias no despertara más.

Mouros… mouros… mouros… esa palabra taladraba sus sueños cada noche. Necesito más, busca, guarda, entierra… Pablo se estremecía ante aquellas ideas. No imaginaba que pronunciaba aquella palabra en voz alta o tal vez si y lo hiciera como grito de ayuda a Marta, describiendo aquello que le atenazaba. Con una palabra que pronunciaba entre gemidos.

Al despertar y recordar aquella palabra, su mente le llevó a su pequeño cofre donde ya había guardado dos relojes y una esclava de oro. No logró recordar más del sueño. Se levantó pensativo, se vistió y se marchó.

Marta aquel día limpio la casa a profundidad, como hacía cada día, pero en esta ocasión lo hizo por una razón. En pocos días había perdido dos pares de pendientes. Y recordaba con milimétrica exactitud el sitio donde los dejó la noche anterior. Pero no estaban. Miro en el suelo y bajo la cama. Nada. El destello de la moneda le cegó al abrir el cajón de la mesita de Pablo.  Sopesó  la moneda, estaba totalmente mate. Contenía tres círculos concéntricos, aunque el tercero era solo un punto en el centro. Pesaba más de lo que en un principio, por su grosor, Marta intuyó.

Acarició su superficie. Estaba helada y a cada momento se volvía más fría, todo se volvía más frío… sentía como si la moneda absorbiera su energía por instantes… la soltó rápidamente y cerró el cajón.

Marta no lograba dormir de un tirón más de una hora desde hacía varios días. Mouros, mouros, mouros… esa palabra taladraba su oído cada noche. Y tal vez aquella moneda tenía la respuesta del cambio de Pablo.

IV

Marta  se sentó y encendió su ordenador.

“se cree que podrían ser los habitantes de los castros, celtas o incluso habitantes anteriores a ellos…

La gran mayoría de leyendas se les asocia con la construcción de dólmenes, túmulos, castros, minas romanas o cualquier tipo de ruina anterior a los celtas y de los que se desconoce su origen…

…tienen poderes mágicos…. Se dice, por ejemplo, que dando una patada al suelo pueden abrir una brecha y entrar por ella al subsuelo donde se esconderán. En muchas de ellas se cuenta que aún viven actualmente escondidos bajo los túmulos y castros en grandes palacios. Estos palacios se dice que estaban llenos de tesoros…

…Los mouros son personajes de las mitologías gallega…”

Marta se quedó pensativa, mientras se mesaba el cabello con la mano. Se levantó decidida, casi de manera inconsciente y abrió el cajón con un solo movimiento. Como cuando de pequeña abría la puerta del armario para sorprender al monstruo que habitaba en él.

Esta vez ningún destello le dio la bienvenida, se cubrió la mano con un pañuelo para evitar el contacto con la moneda al cogerla y  la guardó en su bolsillo. Y se encaminó al único sitio que conocía en el que tal vez encontrara respuestas a sus preguntas.

Pablo se sentía muy fatigado. Ya después de levantarse volvió a tener sea sensación, ese sobresalto, como de quien despierta de un sueño con la sensación de estar cayendo. Miró el reloj y había pasado media hora. Decidió ir a su trabajo en taxi.

Pasó la mañana sumido en su trabajo, sin apenas distracción. En un momento dado, Pablo miró hacía la pantalla en lo que le pareció un instante, un parpadeo. Cuando volvió a la realidad se miró las manos como si fueran ajenas a él, las de un extraño. En una de ellas agarraba con fuerza un anillo de oro con una piedra engarzada.

Pero qué coño…

Se iba a volver loco…. Miró hacia los lados y lo guardó en su bolsillo.

Marta esperó tomando un café a que abrieran el restaurante. El Gallego que era como se llamaba aquel lugar no abría hasta las diez. Habían comido allí en varias ocasiones y sabía que el dueño, además de un gran cocinero, era un escritor aficionado de leyendas de Galicia, un apasionado de su tierra.

Nunca dejaba pasar la oportunidad de al menos una vez cada noche contar un cuento a los comensales rezagados.  A Pablo y a ella le gustaba esperar a que el local estuviera casi vacío y tomar una copa, ese es el momento elegido por el Gallego para deleitarlos con aquellas historias como al abrigo de una hoguera. Aunque cada vez más los rezagados eran mayoría.

Y allí estaba Bertram. Marta miró el reloj, eran las diez exactas, sonrió.  Era un hombre corpulento, entrado en años. Tenía el pelo blanco peinado hacia atrás recogido con una pequeña coleta, ocultaba su calvicie con una boina al más puro estilo Oliver twist. A pesar de su edad abrió la persiana de un tirón y entró en el Bar de forma despreocupada, como quien tiene todo pagado, pensó Marta y volvió a sonreír.

El gallego llevaba tan solo unos pasos cuando miró hacia atrás y la vio. La recordaba de haber venido varias veces, era una buena clienta: buenas propinas y sabia escuchar sus historias sin interrumpir. La saludó con una gran sonrisa y se introdujo en la barra preparando con despreocupación el lugar.

—Pasa por favor, pasa. ¿Quieres un café? No damos desayunos pero tenemos máquina y siempre la enciendo nada más entrar, que yo sí desayuno y raro es el día que no me tomo dos cafés, aunque mi mujer no debe saberlo…—  Bertram sonrió afablemente y se colocó un dedo en los labios a la vez que chistaba. Marta le escuchaba en silencio.

— No me gusta el café de cafetera, de cafetera pequeña quiero decir. ¡Vamos que no me gusta desayunar en casa!, sabes… mi mujer se enfada pero que le voy a hacer antes que fraile he sido cocinero, aunque en mi caso antes que cocinero he sido camarero— Bertram rio ruidosamente. — El que ella hace, no se lo digas…—  y le guiñó a Marta— es horrible.

Se giró y ajustó con fuerza el filtro que contenía aquel líquido amargo.

— Bueno señoriña, dígame, que para algo habrás venido aparte de por mi café.

— Que son los mouros. Bertram enmudeció y entornó los ojos como escudriñándola.

—Porque me lo preguntas nena. De esos es mejor ni hablar de ellos. —  Marta permaneció callada con la mirada fija en Bertram, esperando otra respuesta. El gallego suspiró ante el insistente silencio de espera.

— Son lendas antiguas que nos contaban cuando éramos nenos. Son seres de otro tiempo, de antes que nuestras tierras las ocuparan los celtas. Son altos y delgados y solo quieren una cosa en este mundo: oro. Esa es su misión en la vida, reunir todo el oro que puedan. Viven bajo tierra y se dicen que algún que otro monte en realidad lo construyeron ellos, son como formigas, nena. Laboriosos y recolectores. —  Su rictus se relajó u le sonrió buscando complicidad. — Yo de pequeño vi uno, me quiso dar una piedra de su tesoro pero corrí y corrí lejos muy lejos, mi abuela me contaba que si aceptabas un regalo de ellos tendrías que vivir solo para pagarlo con creces, serías un apéndice de ese mouro, su marioneta en este mundo… así que corrí…—  Marta que estaba sumida en sus propias cavilaciones y suposiciones, percibía el monólogo de Bertram como si se encontrara bajo agua, con el sonido amortiguado, con los oídos acolchados como si la presión de la estancia hubiera cambiado.

Su marioneta en este mundo… Bajó la mirada recordando los sucesos de los últimos días.  Metió la mano en el bolsillo y abriendo la palma le enseñó la moneda. Bertram enmudeció por segunda vez en esa mañana, pero esta vez su reacción fue mucho más palpable. Su rostro se volvió pálido y dio un paso hacia atrás.

—Debes devolverla a donde estaba. Espetó Bertram

— Pablo debió cogerla en nuestro viaje a Galicia. Que puedo hacer Gallego. Es de mi marido, se comporta de una manera extraña, no sé qué le pasa. — Le dijo Marta con el rostro encogido y los ojos llorosos.

Bertram cerró el puño de Marta sin tocar la moneda.

—Que la devuelva o huye lejos de él. Por favor no vuelvas a traerla aquí. Y le indicó la salida.

—Creo que la cogió en un monte que estuvimos cerca de Vigo, que hay una iglesia rodeada de murallas— le dijo Marta mientras salía temblorosa y asustada.

—Espera. Exclamó Bertram y cogió un papel. Lo dobló por la mitad y escribió… Rajó el papel en dos, los dobló por separado y se los dio a Marta.

— Este abrirá la puerta, dáselo a Pablo. — Bertram esperó a que Marta lo guardara. — Y este— Añadió mostrando el otro trozo— Por si no lo consigue y tienes que cerrarla. — Marta se quedó mirando la cuartilla que sujetaba en su mano.

— Suerte señoriña.

Continuará….

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