Pasa en la vida, pasa en las películas

Por: Katy Chocrón

Era sábado en la noche y Javier había invitado a su grupo de teatro por motivo del cumpleaños de Mary. Eran sus compañeros de trabajo desde hacía diecisiete años, y con el tiempo también sus mejores amigos.

Dirigía una compañía que había ganado fama y reconocimiento y aquel equipo conformado por nueve damas y diez caballeros había estado muy comprometido desde hacía tiempo, salvo una de ellas que se había ido del país en busca de un mejor porvenir. A Mary sin embargo, no le encantaba que Javier estuviese dedicado a un negocio no muy fructífero según ella. Se cansaba de pedirle que aceptara la sociedad que desde hacía tiempo su hermano quería compartir con él, de guantes desechables para las cadenas de comida rápida. Sin embargo él, se resistía a convertirse en un comerciante más. Aún creyendo que aquel negocio, probablemente sería el doble de lucrativo que el suyo, vivía enamorado de su trabajo. La dramatización era su pasión y lo disfrutaba plenamente. Le refutaba constantemente a su mujer, que su compañía tenía un sitial y un nombre en la urbe caraqueña, lo que a pulso fue logrando con mucha disciplina.

Después que llegaron todos, y se entonaron con algunos tragos y una opípara parrillada, además de ensaladas y carpaccios, había llegado el momento de pasarla fenomenal. Comenzaron a movilizar el equipo de karaoke con música de los 60, 70 y 80, por lo que los invitados se fueron acercando a la espaciosa sala para dar comienzo a la fiesta. Entre varios arrimaron los muebles y jarrones decorativos; la idea era darle espacio a quienes desearan tomar el micrófono y demostrar sus habilidades histriónicas.

Él y Mary recibían a los invitados poniendo de manifiesto lo excelente anfitriones que eran. Muchos comenzaron a tararear aparentando seguridad, pero cuando alguien más los instaba a cantar enfrente de un público que poco a poco se iba conformado, salían huyendo alegando que debían estar más “alegres” para empezar el show. La mayoría se veía feliz de celebrar la vida.
El hecho de estar todos reunidos para pasar un buen rato, no era una realidad que se veía todos los días. Últimamente los fines de semana eran trabajo y más trabajo, por lo que cada vez se hacían más esporádicas las salidas en pareja o con amigos.

Además no ayudaba que las calles desoladas y la inseguridad desatada, afectara el ánimo de los que eran asiduos al teatro, al cine o a los muchos restaurantes de moda. El karaoke venía con un pantalla plana imponente y un par de micrófonos que estaban a la orden para quien tuviese el atrevimiento de presentarse y cantar a capella la canción que estuviese sonando. Después de algunos minutos, una de las invitadas irrumpió en el medio de la sala, en donde sin previo aviso haría su debut como solista. Comenzó a cantar Kiss de Tom Jones. Parecía buscar a Javier con la mirada y para ello se contorneaba intentando atraer también la mirada del público en general. Pero había un detallazo, y era que quienes estaban ahí, parecían no estar muy cómodos con su presencia.

Javier mientras tanto había desaparecido. No se le vio más, por lo que no habría forma de indagar sobre la enigmática dama. Mary no estaba pendiente; entraba y salía de la sala para ir a la cocina, mientras daba instrucciones a los camareros, a la vez que le preguntaba a los comensales, lo que deseaban tomar.

La música sonaba a un volumen obsceno pero en vez de irritarles, parecía gustarles. La mujer de cabello muy escaso y con una marcada alopecia, se levantó a tomar el micrófono. Después de presentarse y comentar que era cantante profesional (y no aficionada) agradecía que la recibieran tan efusivos. La verdad que era innegable que cantaba muy melodiosa. Se sabía la letra a la perfección, sin necesidad de leer en pantalla y por si fuera poco con un estilo desenfadado que la catapultaba como una maestra en aquellas lides.
Cantaba canciones de Frank Sinatra como si estuviese “de-Siquiatra”; hacía unos movimientos muy peculiares que la hacían ver eufórica y tal vez un poco pasada de tragos.

Por fin apareció Javier. Esta vez tenía intenciones de sentarse para quedarse. Le cayeron encima tres de los que estaban ahí para preguntarle por ella.

—Javier, ¿qué hace aquí “la cantante calva”? ¿Ella no se había ido de la compañía?

—Pana, ni idea. Pensé que había venido con alguno de ustedes, que era la nueva novia de Raúl.

Se le notaba nervioso y agitado. Sería el trajín que implicaba organizar un evento, que por más pequeño que fuera, no dejaba de ser trabajoso; siempre hay miles de detalles que cuidar para que la velada resulte un éxito. Pero estaba desencajado. Mary se dio cuenta, así que se le acercó para preguntarle por qué sudaba a mares; es que si era de noche y el viento soplaba, (y la zona en donde vivían, gozaba de un agradable clima de montaña), ¿por qué transpiraba exageradamente?

El no respondió. Se limpió el sudor con la servilleta que enrollaba su vaso de whisky y se encaminó hacia la mujer. Esperó que ella terminara de cantar para acercársele. La saludó escueto y se la llevó a la sala de estar para saber con quién había venido. Una vez ahí, entrecerró la puerta.

—¿Qué haces aquí? ¿Estás como loca? ¿Cómo te vas a presentar en mi casa?

—No me dejaste más opción. Te llamé miles de veces y nunca me atendiste. Me esquivabas apagándome el celular. Por eso estoy aquí. Agradece que aún no te he hecho ningún escándalo.

—Estás desquiciada. Por favor vete. Están mi esposa y mis hijos. Tengo gente que me respeta y que me tiene en una alta estima. No voy a dañar mi reputación por una loca como tú. Si tuvimos algo, eso ya pasó.
No sé por qué te traje a mi casa la vez que Mary se fue de viaje. Soy un imbécil. Me dejé engatusar por ti. Me sentí sólo ese fin de semana que mi mujer no estaba y te pedí que me acompañaras. No sabes cuánto me arrepiento.

—Te dije muchas veces que no me maltrataras. Mira como estoy. Devastada. Ahora tengo alopecia y es por lo vulnerable que quedé con esto. No puedo controlarme. Estoy mal. Todos los días necesito tomarme 3 dedos de alcohol para pasar esta mala racha que no se me pasa. Me estoy alcoholizando. No soporto que me hayas botado como a un zapato viejo.

—¿Y creíste acaso que si te presentabas aquí, nuestra situación iba a cambiar? Quiero que sepas que si ya estábamos mal, ahora vamos a estar peor. Ya lo nuestro pasó. Tengo familia. Nunca te prometí separarme de mi esposa.
Tú fuiste quien me buscó y me convenció de querer entrar a la compañía.
Maldita la hora en que te contraté y peor aún, me lié contigo.
Mejor te hubieses quedado en ese bar como la cantantucha de mala monta que eras. Por favor vete. No me amargues el momento. ¿Necesitas dinero? ¿Es eso? ¿Si te doy un cheque, me dejas en paz?

—Eres un infeliz. ¿Crees que con dinero lo arreglas todo? ¿Y la niña? Recuerda que tenemos una hija de tres años. ¿Tampoco te importa ella?

—Deja de decir estupideces. No me consta que sea mía. Nunca me demostraste que yo fuera el padre.

—¿Sabes qué? Voy a salir para decirle a todos lo que pasó entre los dos. Lo siento por tu esposa. La verdad no me importa.

—Cállate. Es Mary. Está tocando la puerta.

—Javier, ¿qué pasa? ¿Por qué estás encerrado? Te desapareciste. Todos preguntan por ti.

—Ya salgo mi amor. Estoy hablando con Santiago. Quiere felicitarte, pero como te vi complicada, le dije que estabas recibiendo a los invitados y que mejor te llamara más tarde. Ya voy.

—Por favor, Fedora, no me hagas un espectáculo de esto. Te acompaño hasta la calle y te llamo un taxi. Mañana con calma hablamos.

—No Javier. Esta vez voy a contar lo nuestro. Si no es conmigo, tampoco será con ella. Ya vas a ver lo que es sentirse mal y rechazado.

—¿Qué pasa Javier? ¿Quién es ella? ¿Qué es lo que me tiene que decir?
—Mary. Nada. Ya te explico.

Poco a poco se iba acumulando la gente que estaba en la sala y que oía de refilón lo que se decía este par. Todos se fueron confinando para indagar, para enterarse del embrollo que estaba por explotar. El gran Javier Del Monte, expuesto ante su familia, ante sus colegas y amigos. Se oyó una voz a lo lejos que venía amenizada de aplausos.

—¡Bravo! ¡Qué maravilla! ¡Increíble! ¡Qué talento, hermanazo! Excelente interpretación Javier.

Risas.

—Mary, mi vida. Fue una actuación. Perdóname. Queríamos darte un espectáculo en vivo de lo que más amo después de ti obviamente.
Murmullos y exclamaciones de la gente que comentaba lo que acababan de presenciar.

—Perdóname, mi amor. Feliz cumpleaños. Esta era la sorpresa quizás no muy grata de cumpleaños que te tenía. Quería que supieras lo que siente el público con lo que hacemos mi grupo de teatro y yo. ¿Te das cuenta? Transmitimos emociones. No me puedes desligar de lo que más disfruto. Tú y los niños son lo más importante, pero esto también es parte de mi vida. Ella es Fedora, y no recuerdo si te la he nombrado. Es mi mano derecha y con esto queda demostrado que soy un tremendo actor y que cuando te diga algo, puedo estar ocultándote la verdad. Ya sabes que no soy de fiar. Ja, ja.
Sin embargo, la verdad más grande es que te adoro y eres lo mejor que me ha pasado. Esto sí fue absolutamente espontáneo.

—¡Qué loco estás! ¡Quiero matarte! Me asustaste. Llevo un rato escuchando tras la puerta y cada vez me petrificaba más.

—¿Qué tal Fedora? ¿Cómo estás? Encantada… Qué mal rato me hicieron pasar. Sigo temblando.

—Perdón, mi vida. Pero sabes que me da mucha tristeza que nunca quieras acompañarme a los ensayos. Sólo pocas veces me has visto actuar. Esta vez quise sorprenderte.

—Bueno, voy a seguir atendiendo a los invitados. Estás en tu casa, Fedora…

—Eh, gracias, Mary. Encantada igual.

—Javier, esto no se va a quedar así. Ahora me voy, pero mañana vuelvo y le cuento la verdad. No va haber actuación que te haga quedar bien, y menos retractarte. A ella podrás engañarla pero no a mí. Ella se va a enterar de la verdad te guste o no.

—Estás obsesionada, Fedora. Enferma.

—Es cierto, Javier. No puedo desligarme de ti. Estoy enferma y es por ti.
Hubieses pensado en las consecuencias antes de seducirme.

Imagen de Pixabay

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