A los desaparecidos

Por: Héctor Cediel

¡Presente! ¡Presente! ¡Presente!. Escribo con la sangre, de los nombres de los desaparecidos, la historia que escribieron las bestias; las que hundieron en el murte estercolero, a la sima de los sueños de los corazones; amedrentados, por el fuego de la tierra y los aullidos de la muerte. Hipotecamos nuestra pobreza, para comprar pájaros de acero, para bombardear socavones. Nunca sabremos, a partir de que momento, estaremos gozando de la paz; así como nunca supimos, en que momento nos involucramos, en una guerra ciega. El miedo aún esconde a la tristeza, entre los laberintos de nuestras médulas. Nuestras gargantas, callan todas las palabras, con sabor a azufre. Las almas de los críos, nacen muertas e hipotecadas sus manos. Sé que nunca hablaremos, el mismo idioma; Wall Street siempre será, una babel de intereses turbios. Las balas, borraron los versos más hermosos, que escribió la imaginación de la tinta. Los vientos que soplaban desde la esperanza, se esfumaron como las arenas, de unas playas lejanas. Nadie se inmuta, por calentar a los pubis, que se petrifican; a los clítoris, que añoran una lección amorosa; a los corazones, que desesperados encienden sirenas y luces rojas. Solo el amor, silba estribillos románticos y nostálgicos; como las cartas, que escribíamos en las trincheras. Mis manos se enfriaron, con el fuego de la artillería. El tío Sam, solo nos envió cajas con balas y nos vendió chatarra, con nombre de helicópteros…como los tercer mundistas somos tan inteligentes, compramos a muy buen precio, 25 millones de dólares en repuestos, que no servían; y pusieron en tierra, la flota para el apoyo aéreo; la guerrilla se tomó pueblos y carreteras…y se protegió la bonanza cocalera…aquí todo se sabe, pero nadie investiga…

Nos envenenaron la tierra con glifosfato y nadie habla, ni menciona: las hectáreas que desnudamos de bosque; las selvas que desfloramos, al violar sin la más mínima piedad, la piel de la naturaleza. No entiendo como pretendemos parar una guerra, a base de tiros; ahora que todo lo hemos reducido a cenizas, le abrimos las puertas a la inversión extranjera, para que ellos reconstruyan.

El sonido de un saxo se hunde, como polvo en mi garganta. La historia de los apatridas, se declara inexpugnable por ley o por un pacto de honor entre rufianes, para que no se perturbe su sosiego. Mis pulmones se hunden como esponjas, entre un mar de desencantos, ¡en un océano de tristezas!. Aquí la industria produce: riqueza y muerte. Hasta la guerra tiene que reclutar a la fuerza, a sus soldados; para enfrentarlos como gallos de pelea, a sus hermanos; si te rehúsas, a pelear por la bandera (no por la tuya, ¡imbécil! ¡Por la de ellos!), te tildan de maricón, de desertor y de cobarde; a las madres les ofrecen una bandera, una condecoración y una insignificante remuneración, a cambio de las vidas de sus hijos, cuando caen como héroes; siempre será un pésimo negocio para ellas, pero ellos tenían que morir, por su patria (no por la patria de ellos ¡imbécil! ¡Por los intereses de los titiriteros!

Ya no muge el ganado, ni balan las ovejas, ni relinchan los caballos en los potreros o caballerizas…escasamente ladran unos famélicos canes, que deambulan indagando por sus dueños o mendigan un mendrugo, para saciar la hambruna…a las casas se las devora la tristeza y los caminos que se abrieron hacia el progreso, son un solo barrizal…

Ya no llueve, sino llora el cielo sobre nosotros; hasta a los cuervos de tanto comer carroña murte, se les olvidó volar; muchos confundimos a algunos curas, con los carroñeros más gordos; otros se camuflaron de civil, para desmanchar su vergüenza. Se están muriendo nuestros sueños y muere de hambre, la tierra fértil. Nuestros hijos, los encomendamos, a la virgencita el Agarradero; ya que las otras, no nos hicieron, ni un milagrito. Ya no decimos somos, sino éramos. La ciudad nos devora. El destino nos mastica o nos engulle. Las fábricas nos tragan; solo algunas vaginas misericordiosas, nos permiten zamparnos entro de ellas, para escondernos del miedo. Cada vez que decimos: éramos, me parece escuchar que ha desaparecido uno más y siento un escalofrío, que me recorre todo el espinazo. Mañana pronunciarán mi nombre y se escuchará un silencio profundo…luego se recitaran algunos de mis versos válidos y beberán vino en mi memoria… ¡Presente! ¡Presente! ¡Presente!

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