El destello

Por: Merlin Chambi

Para Arlet, quien dejó caer dos ágatas por ahí, en alguna parte de este cuento…

I

Nunca sintió la rutina como una parte obligatoria en la vida del hombre. Solo como algo circunstancial y, en última instancia, obligatorio. ¿Qué era un artista? Un ser creativo, versátil, sensible e innovador, un alma en movimiento buscando plasmar en la corteza de la materia aquellas ideas locas que venían a borbotones en aquellos momentos de éxtasis que, el común de los mortales, llaman inspiración. Sus ideas nunca estuvieron sujetas a condicionamientos ni a presiones por parte de viles contratos, solo se rendía cuentas a sí mismo, a su estética y a su criterio. El arte era su lenguaje y sus obras la poesía. Le daba forma a todo. Las hojas de los árboles que vagaban errantes entre apresurados pies en el otoño, el hielo que encontraba en lo más profundo de su bebida esperando a desvanecerse, los trozos de madera que se desprendían de apolillados muebles de oficina, etc. Ser Dios estaba dentro de su agenda día a día. Pero ¿Qué era un artista en tiempos de ciencia? Un vago, un loco, un enfermo, un idiota… Era simplemente alguien que no tenía la decencia de morir rápido ante un mundo que se movía por cifras y cálculos, alguien que soñaba, ilusamente, volver a un Renacimiento en medio de tanta tecnología. Un artista en tiempos de ciencia es un ser que demanda más esculturas en la bolsa de valores y más óleos en los laboratorios, ante la mirada despectiva de hombres de corbata y saco o mandil y probeta.

La industria lo sorprendió rápidamente en su pequeña ciudad. Aloys se ganaba la vida creando cuadros para iglesias y esculturas por pedidos de exigentes clientes quienes habían oído de su magistral habilidad para transformar la materia, bajo cualquier forma que estuviese, en miniaturas perfectas y sumamente codiciables.

Confucio decía que aquel hombre que escogiese un trabajo el cual disfrutase, este jamás volvería a trabajar, y en efecto fue así, Aloys jamás se sintió cansado. Recibía numerosos pedidos día a día y se concentraba durante las tardes en su taller para comenzar manos a la obra. Podía tallar desde la roca hasta el hielo, no había límites para su habilidad ni imaginación, solo necesitaba algo de tiempo y amor por el arte. Por suerte, lo primero escaseaba mucho más seguido.

Primero pusieron una pequeña planta de extracción de plata al oeste de la ciudad. Las personas salían a mirar por sus ventanas los inmensos camiones que remolcaban la maquinaria necesaria para llegar a las entrañas de la montaña con el objetivo de extraer el mineral. Aloys mismo fue algunas veces para poder observar qué sucedía en aquel extraño lugar. Pronto fueron ingresando más máquinas y más hombres de cascos blancos que se hacían llamar “ingenieros”.

Pronto la ciudad pasó de ser un apacible conjunto de casas de gente pacífica a un hervidero de ruidos extraños entre pequeñas explosiones de motor, gritos de trabajadores, reclamos de ingenieros iracundos y llamadas telefónicas. Aloys, veía con una extraña indignación aquel cambio gradual que se iba dando en su pequeña localidad. La serenidad y el orden pronto fueron sustituidos por el caos y la prisa. Muchos de los clientes de Aloys se fueron retirando de la ciudad por aquellos bruscos cambios, pronto a la gente le interesaba el arte tanto en sus casas como una mosca en su sopa. Lo funcional y rápido primaba como regla única.

Pronto Aloys tuvo que dejar a un lado su formón y su cincel para poder sobrevivir. Ya iban semanas sin que alguien solicite sus servicios por lo que ahorrar era una labor casi milagrosa. El poco dinero guardado por Aloys en sus años de trabajo pronto se agotaría por lo que sería obligatorio buscar algún oficio.

Tocó las puertas de aquellas grandes empresas ofreciendo los servicios de un artista pero solo encontró risas, burlas y una que otra ofensa.

—Y dime, ¿on el arte puedo evitar que este socavón colapse antes de que se encuentre algún mineral?

—Con el arte podrías decorar los muros y hacer de ese lugar algo menos cercano a una prisión.

Pero era inútil, los hombres de cascos blancos no tenían tiempo para apreciar la belleza de una silueta o lo sublime en la combinación de los colores. Solo era imprescindible aquello que esté sujeto a su realidad inmediata.

El orgullo en un inicio lo cegó, no se desprendería del arte, no podía renunciar a ser él mismo pero lamentablemente el cuerpo es cruel. El hambre y la sed lo obligaron a tomar una drástica decisión.

Volvió a tocar esas puertas que tanto odiaba solicitando desesperadamente el veneno que tantas veces rechazó. Aquellos hombres de cifras lo miraron y rieron al ver tan patético espectáculo. Lo enviaron al lugar más oscuro del edificio, allí donde la creatividad no pueda nacer y, en caso raro que haya aparecido, sea inmediatamente reprimida por los cientos de estantes por ordenar.

Aloys pasaba sus días así, despertando al rayar el alba para alistarse e ir a un lugar que odiaba y hacer cosas que detestaba solo pausando para comer un parco almuerzo y retornar al polvo de los papeles guardados y el óxido de estantes a punto de colapsar. Algunas veces bajaban hasta su piso los hombres de cifras, solo para comprobar si todo iba en orden, pero él sabía que todo era falso. Antes, como escultor, recibía grandes elogios por el mérito logrado, ahora solo escuchaba quejas sobre su ineficiencia y amenazas de despido si continuaba perdiendo el tiempo. Podía ver al inspector paseando por los pasillos de los estantes, arrugando la nariz en señal de molestia, de cuando en cuando, al encontrar piezas de papel convertidas en caballos, sirenas, delfines y jirafas por la magia del origami que solo unas manos diestras en el arte del papel doblado, podrían hacer. Aquel inmundo lugar buscaba a toda costa reprimir su creatividad pues lo veían como un peligroso germen que incite a la vagancia en aquella ciudad que se había vuelto tan atareada, lo que nunca pudieron calcular sus ordenadores más potentes fue que justamente esa situación provocaría la obra más sublime de Aloys en su pasado como artista. Algo tan valioso que un precio podría mancharlo, una joya volverlo impuro y una venta hacerlo indigno.

Cierto día Aloys estuvo decidido a no volver. Tras casi cinco años formando parte de un inmenso mecanismo de explotación, decidió no volver nunca más. Había vivido mucho tiempo de rodillas por lo que sintió que era hora de morir de pié. Salió de su habitación y se dirigió rumbo al tocador para poder hacerse el aseo matutino. Al observar su reflejo en el espejo, pudo ver que lo miraba un rostro demacrado, muy demacrado para su corta edad, unos ojos pequeños, una nariz respingada y un cabello negro como la noche. Aquel mechón negro había sido herencia de su padre, y este lo había heredado del suyo mucho tiempo atrás. Su padre solía decirle que ese cabello tan negro era un pedacito de noche que habitaba en su cabeza, que era durante la noche donde los sueños se encargaban de hacernos vivir cuando nuestro cuerpo estaba inmóvil. Tras casi diez años de su partida, aquel característico cabello negro era lo único que le quedaba como recordatorio del hombre que le enseñó a amar a darle forma a las cosas que para otros pasaría desapercibido.

Luego del aseo, miró el reloj. Faltaban cinco minutos para que comience la faena que lo había mantenido esclavizado muchos años, por un momento se sintió tentado a regresar ya que el temor a quedarse inútil era más grande que su orgullo, pero optó por no ir. ¿Qué haría un hombre sin trabajo ni dinero solo en aquel lugar? Simplemente dormir y esperar a que la inanición lo derrote. Volvió a su cama y se cubrió con las mantas, esperando que el sueño lo sorprenda y que no se acabe nunca más.

Se encontraba caminando por una gran superficie. No supo si era una habitación o el exterior de algo, la ausencia de paredes o muros lo hizo suponer que era infinito. Observó el suelo, era completamente liso como el vidrio y de color gris, miró a los costados y vio que era de una tonalidad similar al suelo, un gris con algunos tonos pálidos y otros oscuros. Finalmente observó el techo, un gran manto de puntos luminosos decoraba aquella magnífica bóveda, era algo similar a las estrellas. Paseó por horas por aquel extraño lugar sin saber a dónde exactamente se dirigía ni qué buscaba exactamente. ¿Acaso uno tiene un propósito fijo a la hora de soñar? Pues no, la sorpresa es parte vital de ese proceso, el sueño transcurre solo, los hechos llegan, se desenvuelven y auto concluyen,  o al menos eso era lo que suponía.

Tras haber paseado por mucho tiempo (en sueños lo sintió así) pronto sintió deseos de poder descansar en algún rincón de su extraño escenario. Se tiró al suelo, mirando las estrellas. Armó constelaciones y le puso nombre a cada estrella que su memoria de soñador le permitía, pero pronto observó algo extraño. Dos estrellas de un destello café comenzaron a brillar en aquella bóveda de luz moteada, temió por un momento a que aquellas estrellas pudiesen emitir algún tipo de explosión pero a los pocos segundos se apagaron y, finalmente, cayeron.

Aloys, o el Aloys que conocemos en sueños, se irguió de un salto a observar aquellas dos estrellas que acababan de caer de aquel extraño cielo. No eran estrellas, eran dos magníficas ágatas redondas, brillantes como el acero templado y hermosas como las margaritas en flor. Poseían un color de café intenso y emitían pequeños destellos de luz, como si reclamasen cobrar vida urgentemente.

—¡Pero si son dos hermosos ojos! —gritó Aloys sorprendido de haber encontrado material tan perfecto para representarlos.

Cogió ambas ágatas y las guardó en el bolsillo. El espíritu de artista no había muerto pese a sus años de encierro. Rápidamente miró a su alrededor y vio que el ambiente había cambiado, ya no se encontraba en aquel espacio vacío, sino ahora tenía ante él una gran planicie repleta de pequeñas montañas de objetos. Estos objetos estaban apilados por montones uno cerca del otro, formando una red de pequeños pasajes por donde se podía desplazar libremente. Aloys encontró en el suelo una pequeña navaja y se dispuso a guardarla también en su bolsillo. Tras pasear por algunas horas por aquel extraño laberinto, Aloys pudo encontrar por fin algo que buscó desde que vio a aquellas ágatas caer del cielo. Un gran trozo de madera. Tras observarlo y calcular las dimensiones, sacó la navaja para comenzar a dar forma, otra vez como hacía tantos años no lo hacía…

El ruido de una puerta siendo aporreada lo despertó. Aloys se levantó de golpe, sintiendo que un universo en formación acababa de ser pausado. Aún aturdido por el repentino despertar, se dirigió a la ventana para observar quién llamaba a la puerta. Tras correr las cortinas vio a dos hombres de la empresa, para la cual aún trabajaba, furiosos. Seguro a la espera de alguna explicación del porqué de su ausencia.

Aloys, antes de dormir, había decidido no volver nunca más. Ahora no estaba seguro. Necesitaba continuar viviendo, por alguna extraña razón sabía que aquel sueño no había terminado. Paseó por toda la sala mientras los golpes a la puerta se hicieron cada vez más insistentes. ¿Qué era aquello que había soñado? Se había sentido tan libre en aquel lugar, tan inspirado por aquella insondable belleza y, sobre todo, tan ansioso de poder dar rienda suelta a su creatividad con tal cantidad de objetos listos para convertirse en sus pequeñas obras maestras. Aloys, en la situación que se encontraba ahora, ya no podía crear nada más. No tenía el dinero suficiente como para comprar materiales ni insumos, pero en aquel mundo todo se abría camino. Tenía que volver sí o sí.

Abrió la puerta a aquellos hombres cuadriculados e iracundos y les inventó una excusa para su ausencia del día prometiendo reincorporarse al día siguiente. Y así lo hizo… por cinco años más.

II

Cada noche iba avanzando un poco. Las primeras veces tuvo el mismo sueño pero de modo muy distorsionado, otras ocasiones simplemente no soñaba, pero al cabo de un tiempo, aquel sueño fue como una gran película que se iba grabando secuencia a secuencia, siempre añadiendo algún nuevo detalle, borrando y añadiendo, reinventando y reconstruyendo.

Primero le dio forma al rostro. Pasó suavemente la navaja sobre aquel pedazo de nogal hasta que le dio una forma perfecta. La cubrió de savia encontrada en un frasco para darle una textura agradable al tacto. Luego siguió con el cabello. Encontró finos hilos de seda en aquel laberinto, los fue colocando cuidadosamente, uno por uno en el nogal creando una cabellera casi completamente natural y la coronó con una trenza de olivo. Tras añadir más detalles continuó con el cuerpo. Para ello recurrió nuevamente a una búsqueda implacable en aquellos montículos. Descartó el mármol por tratarse de una piedra muy fría, la sal por su palidez, el hueso por su volumen y la madera por su simplicidad. Frustrado se sentó a los pies de un gran montículo pensando que no encontraría el material adecuado. Miró y miró hacia el eterno horizonte sin encontrar respuesta. Había trabajado con muchos materiales, pero todos le parecían inapropiados para representar a su obra más perfecta. Casi sin esperanzas, encontró a sus pies un poco de arcilla. Recordó años pasados, cuando aún era niño. Veía a su padre trabajar con la arcilla para hacer adornos y recipientes encargados por la gente de la ciudad. El, como todo niño, gustaba de observar a su padre trabajar y luego tentar por él mismo a hacer sus propias creaciones. A rastras, llegaba hasta el regazo de su padre quien no notaba su presencia al estar concentrado en su trabajo y robaba un poco de la arcilla que caía de su mesa de trabajo para formar rústicas figuras. Con el tiempo aquellas figuras adquirieron la perfección que siempre lo había caracterizado.

Emocionado por ese recuerdo, tomó aquella arcilla. ¿Qué mejor manera de culminar su etapa de creador con el primer material que conoció? Corrió en busca de más trozos de arcilla que estuviesen listos para moldear y así lo hizo, solo interrumpido algunas veces por la hora de despertar y volver a ese lado de la vida que tanto odiaba.

Durante los días hacía silenciosamente su trabajo en aquel infierno de estantes oxidados. Ya no gruñía ni se quejaba, solo esperaba que, cada día, la hora pase rápidamente para que llegue la hora de dormir y continuar con lo que hacía. Los hombres de cascos blancos se preguntaban si estaba enfermo o si simplemente ya se había resignado. Sea cual fuese la razón, poco les importaba. Al sonar el timbre de salida, Aloys cogía rápidamente sus cosas y se marchaba apresuradamente a casa, con nuevas ideas para añadir a la cabeza de nogal o al cuerpo de arcilla.

¿Cuántas veces ya había alterado la forma de ese nuevo ser? No lo sabía. Solo quería que llegue a un nivel donde deje de parecer artificial y lo sienta como un ser humano.

Con el paso de los años pudo completar todos sus detalles, aunque solo faltaba el toque final. De pié, mirando su creación más perfecta, se encontraba una mujer de apariencia casi humana fabricada en arcilla y madera de nogal. El trabajo estaba casi hecho pero faltaba un último retoque: sus ojos.

Aloys recordó el día en que las ágatas cayeron del cielo. Las sacó de su bolsillo y las acomodó en el rostro con gran cuidado, asegurando una simetría perfecta para poder apreciar su obra magnífica. Le cerró los párpados y se alejó unos pasos.

La mujer abrió los ojos y miró a su alrededor. No tenía noción de quién era ni donde estaba. Solo se encontraba de pie en medio del gran caos. Aloys se acercó a ella e intentó llamar su atención. Ella no lo veía, solo miraba los grandes montículos de objetos que habían cedido su lugar a la creación que ahora los observaba. Aloys saltó, gritó e intentó cogerla de la muñeca pero nada servía. Era como un fantasma para el mundo de ella.

La llamó Circe en honor a la maestra de la magia griega, pues eso era ella: Magia pura salida de la inspiración de un artista. Pronto supo que Circe no podía estar sola en ese universo tan infinito del sueño. Le fue construyendo una ciudad. Una gran ciudad a partir de las infinitas cosas en aquel lugar.

Hizo parques, edificios, escuelas, hospitales, caminos, montañas y todo lo que un mundo real pudiese ofrecer. Hizo circular autos y tranvías. Pronto comenzó a crear nuevas personas por lo que la ciudad se pobló en cuestión de algunos meses.

Cada tarde, luego de llegar de su trabajo, Aloys dormía para crear ese nuevo mundo que Circe iba aprendiendo con facilidad. Al cabo de un tiempo, Circe asimiló ese mundo artificial como el suyo propio y vivió dedicada al arte, como aquella persona que la había creado en secreto.

La salud de Aloys se fue deteriorando con el pasar de los meses. Aquel oscuro sótano que lo apresaba por un pago miserable lo iba consumiendo. El polvo de papeles arrumados y el óxido flotando en el ambiente habían vuelto obsoletos sus pulmones, dándole muchas dificultades para poder respirar.

Ya no soñaba tan seguido pues los dolores de su enfermedad le impedían concentrarse en paz. Veía a Circe muy de vez en cuando, pero solo para ver cómo iba progresando en aquel mundo paralelo. A veces la veía radiante, en otras ocasiones triste y melancólica. Sentía mucha pena por ella pues ya no podía hacer nada más. Con el pasar de los meses ya no pudo retornar a casa ni a su trabajo. Estaba con un descanso médico absoluto y condenado a la muerte por haberse expuesto a un ambiente tan tóxico. La empresa había sido multada pero el pago fue casi nulo, a regañadientes cubrieron su estadía en el hospital porque sabían que no duraría mucho tiempo.

Poco antes de morir, Aloys vio su reflejo en el espejo situado delante de su lecho. Un rostro absolutamente consumido por la enfermedad lo observaba debajo de aquella maraña de cabellos negros como la noche. Su mirada estaba casi apagada y el titilar de las luces de aquellas máquinas que lo mantenían con vida poseía más vitalidad que él mismo. Intentó dormir y ver a Circe por última vez.

Lo que vio no le gustó nada en lo absoluto. Circe se encontraba en su hogar, pero había algo diferente. Estaba muy desordenado y sucio, como si la persona que viviese allí se haya entregado al abandono absoluto. Y así fue. Circe estaba sola sentada al borde de la cama con los ojos hinchados. Aloys no conocía el motivo de su desdicha, solo atinó a ver los radiantes ojos cafés de Circe a la espera de que ella, aunque sea por única vez, pudiese verlo. Pero no lo hizo. Aloys ya había perdido la esperanza de que Circe pueda enterarse de su existencia en algún momento pero decidió intentarlo una última vez.

Se acercó lentamente a ella y susurró: “Circe”. La chica miró al frente intentando buscar el origen de aquel sonido, pero no vio a nadie, solo su entorno polvoroso y abandonado.

Lejos, muy lejos de allí, una máquina de hospital dio el último de sus pitidos anunciando el fin de una existencia.

Epílogo

—Lo oí, estoy segura que lo oí —dijo Circe, con sus grandes ojos abiertos por la sorpresa.

Estaba seguro de haber oído a alguien pronunciando su nombre pero su hogar estaba completamente vacío. Se incorporó de la cama, miró debajo de ella, abrió el armario y las ventanas. No había nadie. Deprimida, volvió a su lugar pensando en lo terrible de su desgracia.

Había sido pintora toda su vida y se mantenía de la belleza de sus obras que la gente colgaba gustosamente en los lugares más visibles del hogar. Se había ganado la fama y el respeto del pueblo y pronto podría, quizás, aspirar a un nivel mayor en su arte, pero no fue así. La llegada de las fábricas había condicionado a aquella apacible ciudad, que vivía del auto consumo artesanal, a vestir uniformes y usar herramientas para poder ganarse la vida. Circe no fue ajena a esa realidad. Cambió la pintura, muy a su pesar, por las herramientas ya que no había otra manera más de sobrevivir. Apesadumbrada por su realidad, había optado por permanecer en su hogar sin rebajarse un día más ante aquellas personas insensibles.

Soñó que permanecía de pié ante una inmensa planicie gris. No la conocía pero la sintió familiar de algún modo. Vio que ante ella había una cartulina extendida en un trípode, como el de los pintores y bajo ella, una gran cantidad de pomos con los colores más variados que puedan existir. Circe se acercó a uno de ellos y hundió un pincel que acababa de encontrar en el pomo negro.

Dio un trazo en la cartulina dibujando una mancha negra. Era el inicio de su dibujo: Una cabellera negra, tan negra como la noche…

Imagen de Gervasio Varela

Imagen de Gervasio Varela

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