Alicia cumple 150 años

Por: Tery Logan

Se nos hace mayor. De género surrealista y escrito en 1.865 por Lewis Carroll (seudónimo del escritor y matemático Charles Lutwidge Dodgson) “Alicia en el país de las maravillas” es un cuento aparentemente escrito para niños por su fantasía y sencillez que guarda un trasfondo filosófico, psicológico e incluso metafísico.

En la época victoriana imperaban las clases sociales, el orden y las reglas, y Carroll se propuso satirizarla de forma indirecta y divertida a la vez, con burlas y paradojas a través de geniales diálogos que invitan al lector a la reflexión sobre la absurda moral de una sociedad previsible y autoritaria. “Comienza por el principio y luego continúa hasta que llegues al final. Entonces para”. “Si no sabes a dónde vas, cualquier camino te llevará allí”. “¿Quién decide qué es lo apropiado? ¿Y si decidiesen que ponerse un salmón en la cabeza lo usarías?”

Excepto Alicia, el resto de personajes son dispares y caricaturescos. Mientras que nuestra protagonista representa la excepción a los niños de su época (obligados a guardar las formas y estudiar muchas horas y leer textos aburridos) porque aún con la misma inercia, se rebela y cuestiona porque es curiosa e inconformista, el resto toma el té a la misma hora cada día porque sí, la juzgan por sus opiniones, deliberan sobre su vida en un juicio sin orden ni concierto y hasta ordenan cortarle la cabeza por oponerse a la Reina de Corazones (personaje egocéntrico y autoritario que parodia el carácter de la reina Victoria I).

En el país de lo absurdo, los sueños se cumplen. Pero este viaje que emprende hacia sí misma al caer por el agujero cuando persigue al conejo blanco, no es fácil. Abandonar el círculo de confort hace que perdamos la identidad, que hagamos introspección y dudemos de nuestra propia “realidad”. Lo extraño siempre es lo desconocido, aquello que vulnera y altera nuestra identidad. Y lo que nos rodea, aún siendo aburrido, previsible y sin interés, nos hace entrar en conflicto con el entorno, con los demás y, peor aún, con nosotros mismos.

Alicia no se reconoce a sí misma en lo que ocurre, porque el punto de partida es el desconocimiento, el desconcierto y el rechazo a lo ajeno. Su mundo se pone patas arriba y ella debe adaptarse, olvidando lo aprendido para interpretar cada hecho o situación por primera vez. Cuando Alicia regresa, tiene las ideas claras. Ahora más consciente y libre, encuentra la persona que quiere ser y no la que se espera que sea.

Durante el proceso, se pone de manifiesto la soledad, la dificultad de dialogar con otros personajes y la falta de empatía. Cuando la comunicación se rompe, fruto de tensiones, los grupos sociales y los individuos se separan y ven a los otros como extraños en vez de cómo semejantes y se convierten en amenaza. También se hace evidente la ansiedad, la conducta paranoica y la exigencia exagerada que a la que se nos somete desde niños y que se prolonga hasta la etapa adulta. La inmediatez, la impaciencia de querer obtener el fin sin recurrir a los medios y el vacío existencial nos alejan del presente y del verdadero yo. Es el malestar por lo que se ha perdido y angustia por lo que se puede perder: la patología psíquica de nuestro tiempo. “Llego tarde. Llego tarde. Una cita muy importante. No hay tiempo. No puedo decir hola ni adiós. Llego tarde. Llego tarde”.

“Alicia en el país de las maravillas” nos deslumbra y alumbra con la conexión entre dos mundos paralelos. El real, que parece lógico y coherente y que al ser cuestionado, se desmorona; y el absurdo e ilógico, que se rige por las formas matemáticas y la verdadera lógica, que es donde los deseos se cumplen.

Duda de toda certeza e interrogante, cuestiona toda norma y la ausencia de ella. ¿Dónde te quedas? ¿Qué realidad vivimos y quiénes somos realmente? ¿Por qué, por qué, por qué? Quizá, 150 años después, sigamos buscando las mismas respuestas que Alicia y que aún nadie ha encontrado…

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Imagen de John Tenniel

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