Las estrellas me esperarán

Por: Rafael Azgra

Santiago de Compostela fue el final de una aventura, pero también fue el principio de otra. No niego que el Camino de Santiago fuese apasionante, pero lo que vino después sí que fue una experiencia única.

Apenas me quedaba dinero, aunque eso nunca había sido un impedimento para mí. Nadie me esperaba en casa y decidí continuar con el plan original desde Astorga. Allí fue donde comencé mi travesía hacia Santiago. En el albergue para peregrinos de la ciudad se ofrecieron para guardarme la mayoría de mis pertenencias, las pocas que me quedaban. La dificultad residía en cómo iba a volver allí.

Fue asombroso cómo, en un par de viajes como autostopista y otros tantos trechos a pie, llegué a mi destino. Tardé tres días, pues di un buen rodeo. Hice noche en un pueblo que es lo más parecido a un pueblo fantasma que había visto, llamado Mondoñedo. No vi más habitantes que los dueños del albergue. Llegué al caer la noche y me marché al alba. Durante todo ese tiempo, el pueblo estuvo cubierto de una espesa neblina que le daba un aspecto fantasmagórico.

Una vez recuperadas mis cosas del albergue de Astorga, emprendí el camino que me separaba de Matavenero. Cargar con la mochila de viaje, el petate y una maleta llena de libros era una tarea agotadora, así que envolví el petate en un poncho impermeable y lo escondí bajo unos matorrales a un lado de la carretera.

Apenas me quedaban fuerzas cuando llegué al último lugar donde podían acceder los coches. Era una explanada con una plataforma unida a través de cables con la aldea que emergía entre la verde vegetación del valle. La vista era asombrosa. Los colores vivos de las edificaciones reconstruidas contrastaban con el verdor de los árboles. Una enorme cúpula amarilla y negra coronaba un prado. Parecía algo propio de un cuento.

Bajé por los riscos con cierta dificultad. La ausencia de caminos transitables imposibilitaba la entrada a cualquier vehículo a motor. Era mejor así. El movimiento Rainbow había devuelto la vida a lo que fue un pueblo abandonado y en ruinas, sin alterar la belleza del valle. Pensé que aquella era la mejor herencia que nos había dejado el Verano del Amor de Woodstock, pues fue entonces cuando se fundó Rainbow.

Me maravillé al ver que la gente de allí, casi todos alemanes, era completamente distinta a la que había conocido hasta el momento. Las casas estaban construidas en madera y piedra. Sus colores eran deliberadamente desiguales y llamativos.

Una mujer me saludó. Afortunadamente para mí era española. Para entonces yo temía que nadie hablase mi idioma. Se presentó como Mar. Le pregunté a quién tenía que pedir permiso para quedarme. Me habló con un deje de aversión de Bea, la más veterana del lugar y que, seguramente, estaría ocupándose del edificio de la cafetería. Me señaló donde estaba, tan sólo a unos metros. Sin perder un segundo más, me despedí de ella y fui en busca de Bea.

Me reconfortó ver el cartel de Escuela y Biblioteca en dos edificios de piedra. La apariencia primitiva, a la vez que alegre, de Matavenero no era incompatible con la cultura. Encontré la puerta del edificio de la Cafetería. Tenía unas escaleras y un porche de madera, pero el edificio en sí era de piedra. En el interior, el café que se servía era soluble y el agua y la leche se calentaban en el fuego. Al fondo, el fuego de una chimenea crepitaba con un par de aldeanos hipnotizados por las llamas. Había un espacio con cojines en el suelo y las paredes estaban cubiertas de coloridos tapices artesanales. Del techo colgaba una bombilla cuyo cable transportaba la electricidad generada en el panel solar del tejado. Era uno de los pocos edificios que contaban con instalación eléctrica.

Bea era una mujer de pasados los cuarenta años, muy delgada y activa. Tenía el pelo corto, con una finísima trenza y canoso. Hablaba muy deprisa y parecía severa, pero al mismo tiempo se mostraba amigable. Me comentó que en Matavenero siempre había algo que hacer. No se toleraba la vagancia.

Me condujo hasta la cocina común, debajo de la cafetería. Había un horno de leña y varias literas de madera, donde extendí mi saco de dormir y dejé mis pertenencias. A cambio, me comprometí a ayudar a despejar caminos, reparar edificios, descargar las mercancías de la plataforma que colgaba de los cables que iban hasta la explanada, último lugar de acceso para automóviles. Me pareció alucinante que hubiesen sido capaces de construir algo así con sus propias manos. No obstante, las numerosas familias alemanas que residían allí, percibían prestaciones del gobierno de su país por tener hijos, con lo que contribuían a la reconstrucción del pueblo aportando dinero con el que comprar materiales y cosas necesarias.

Los habitantes de la aldea no eran menos alucinantes que el lugar en sí. Había un catalán que había sido Cabo Primero de infantería de marina ¡Cuántas charlas recordando viejos tiempos habremos mantenido, bajo la atónita mirada de nuestros vecinos hippies! Aunque no había nada que recriminar en aquellas conversaciones cargadas de nostalgia. Ambos habíamos pertenecido al ejército, pero no tenía nada que ver con guerra ni patria, sino con camaradería. Era un vínculo poderoso.

También había un gallego muy místico. En mi opinión, excesivamente místico. Una mañana estaba él sentado, con los ojos cerrados, junto a la hoguera apagada en el centro de la aldea. Le ofrecí una taza de café con leche.

-Deja, que estoy meditando –me dijo con tono tranquilo.

Yo, que soy muy cabezón, le demostré que se podía meditar igual de bien con una taza de café caliente, viendo salir el sol. Aquella era una de las cosas que me enamoraron de aquel lugar y el estilo de vida que conllevaba. Cada noche me dormía viendo las estrellas a través de la ventana de la cocina común  y me despertaba a tiempo para poder asistir al momento mágico en el que sale el sol. Jamás había visto tantas estrellas. La polución y las luces de la ciudad me las ocultaban.

Tim era uno de los alemanes. Llevaba un sombrero vaquero, parecido al que llevaba yo cuando llegué a la aldea, pero de mejor calidad. Su barba rubia presentaba algunas canas, igual que su melena. Solía estar en el porche de la cafetería tocando la harmónica. Era una delicia escucharle. Ulrich era otro alemán. Tenía un caballo llamado Pasha, era marrón y con una mancha blanca en el pecho. Era el caballo más bonito que había visto jamás. Ulrich también tenía una larga melena rubia, pero era más joven que Tim, de unos treinta y tantos, y siempre iba con su caballo a todos lados.

Anna era también teutona. Perdí la cuenta de todos sus hijos. Su hija mayor, Hannah era la sensación entre los adolescentes del lugar, los cuales se reunían en una casa habilitada para su esparcimiento.

Además de los trabajos comunes, también hacía trabajos para los vecinos de la aldea. Les ayudaba con reparaciones, recogía leña y la colocaba para el invierno, etc. Hacía todo a cambio de comida u objetos que me fuesen de utilidad. El dinero había perdido su valor para mí y adopté el trueque como forma habitual de comercio. Tampoco eché de menos los lujos como la televisión, el ordenador o un interruptor que, al pulsarlo, me proporcionase luz artificial. Quizá notase la ausencia de agua caliente, pero todavía no había terminado el verano y el sol lucía con fuerza, obligándonos a agradecer el agua fresca de los aljibes o del río.

Un día Mar me pidió ayuda con algunos trabajos que prefería terminar cuanto antes. Fui a su casa al día siguiente. Estaba pasada la encina que marcaba el final del camino hasta los riscos, algo alejada del resto de la aldea. Estaba hecha de madera blanca. Era completamente distinta al resto de las casas, aunque estaba sin terminar. En la parte baja de la edificación había un porche con un caos de trastos de diversa índole. Sobre él se alzaba el resto de la edificación, a la que se accedía a través de unas escaleras esculpidas en la tierra. En aquella casa había mucho trabajo que hacer.

Mar me preguntó si comía carne, a lo que respondí que sí. Oculté con escaso éxito mi ansia por volver a comer partes de animales, pues llevaba varios días limitándome a verduras, legumbres y huevos. Se metió en el interior de la casa para preparar la comida mientras yo me quedé fuera con todo lo necesario. Había algo de leña amontonada frente a la entrada de la casa, pero necesitaba ser cortada para colocarla bien. Me puse manos a la obra y casi había terminado cuando Mar me avisó de que la comida estaba lista.

El cocido que había preparado olía riquísimo. En aquel momento pocos placeres de la vida podían compararse al cocido maragato que reposaba sobre la mesa de madera. Me limpié las manos en un barreño que había en la cocina para tal fin y me senté a la mesa. Mar sirvió dos platos generosos de cocido y yo di buena cuenta del mío. Casi lloré de lo bueno que estaba y fui agradecido. En lugar de echarme la siesta que hubiese sido menester tras semejante manjar, volví al exterior y terminé de colocar, gustoso e ignorando las protestas de Mar, el resto de la leña. La tapé con una lona y entonces fue cuando decidí que había terminado de ganarme aquel cocido, que debía saber igual que la ambrosía.

Bajé al pueblo después de despedirme de Mar y me tumbé en el prado junto a la cúpula. Me fumé un cigarro y me di cuenta de que toda aquella sencillez estaba cerrando las heridas de mi vida pasada. Había abandonado la mayor parte de lo que tenía en mi ciudad. El proceso no fue tan duro como esperaba. Durante el Camino de Santiago había puesto mi cabeza en orden. Comprendí que había pasado todos aquellos años centrándome en los problemas, esperando siempre que alguien me dijese qué hacer. Lo que debía hacer era apartar los ojos del problema y su origen y buscar la solución por mí mismo. La estancia en Matavenero completaba mi rehabilitación mental.

Llevaba varios días trabajando en casa de Mar cuando vi el primer amanecer lluvioso desde que había llegado a la ecoaldea.  La mujer me propuso bajar a la cafetería. Acepté a regañadientes, pues la única otra vez me produjo vergüenza ajena cuando se puso a insultar y lanzar cosas a Ulrich. Anna me explicó que en el pasado habían sido pareja, pero que Ulrich la había dejado porque era demasiado inestable.

Cuando llegamos al pueblo, todo el mundo estaba en la cafetería. El ambiente estaba cargado. Tim estaba sentado en su sitio de siempre del porche, pero no tocaba la harmónica. Me quedé con él y Mar se metió dentro. Llegó Ángel, el catalán y se sentó con nosotros.

-Oye ¿ha pasado algo? –pregunté con indiferencia de cuál de los dos me fuese a responder.

El silencio era agrio e insoportable. Olía a lágrimas y lluvia. Ángel me sirvió una taza de café que había dejado Juanjo, el gallego, en el quicio de la ventana.

-Pasha ha tenido un accidente –me dijo

Al parecer, el caballo de Ulrich pasó la noche atado al porche de la casa, como solía hacer, junto a un barranco. Nunca había tenido problemas el animal con la pendiente, pero aquella noche la tormenta lo asustó y se precipitó, quedando enredadas las riendas a su cuello. Según me siguió contando Ángel, Ulrich estaba asimilándolo todavía y por la tarde le preguntarían que prefería hacer con el cadáver del animal. Decidí no darle el pésame hasta que se hubiese hecho a la idea. Al fin y al cabo, yo no era más que un desconocido.

Al final Ulrich decidió celebrar una fiesta en honor a Pasha, en la que se serviría su carne. Puede parecer algo bestial, pero en aquel contexto era lo más hermoso que podríamos hacer por el caballo, dado que no dejaríamos que se pudriese.

La fiesta parecía cualquier cosa menos eso. Nadie comió ninguno de los platos elaborados con la carne de Pasha hasta que Ulrich dio su permiso. No hubo risas. Algunos vecinos dedicaron unas palabras de despedida a Pasha, otros escuchaban con los ojos llorosos. No cupo duda de que era un caballo muy querido por todos.

A principios de Octubre telefoneé a mi madre desde el único teléfono disponible en la aldea. No lo hacía muy a menudo. Una vez cada diez días aproximadamente. Me contó lo que sucedía fuera de mi paraíso particular. Por enésima vez la había engañado un hombre, dejándola en la ruina. Parecía tener un imán infalible para ese tipo de compañeros.

El sueño se había terminado. Mi madre necesitaba mi ayuda para salir adelante. Debía regresar al infierno para intentar salvarla. El problema residía en que carecía de medios para hacerlo. Mar fue mi aliada. Me ayudó a recoger mis pertenencias y dejé la mayor parte de mis libros como donativo a la Biblioteca. Por la tarde fuimos con su coche hasta el lugar donde había dejado el petate. Seguía allí con todo su contenido intacto. Después me llevó hasta Ponferrada, donde buscamos la forma de llegar a mi ciudad. Había un autobús, pero no salía hasta la noche.

Mar y yo tomamos la última cerveza en un pub cercano a la estación, donde la escasa clientela y el camarero nos miraban con extrañeza. Fue cuando fui al baño cuando comprendí por qué. Durante los meses que estuve en Matavenero no me había afeitado ni cortado el pelo. Mi cara estaba asilvestrada y comprendí que los sujetos del pub estaban alucinando tanto como lo hice yo al llegar a la aldea.

El autobús llegó pocos minutos antes de las once de la noche. Abracé a Mar y le di mi más sincera y eterna gratitud. Dadas las circunstancias, no podía sino esperar que nuestros caminos volviesen a cruzarse.

Me despedí del Bierzo, de Matavenero y sus excelentes vecinos, todo en silencio. No me avergüenza decir que lloré al decir adiós a las estrellas. Mi consuelo fue pensar que ellas siempre estarían allí esperando que yo decidiese volver a vivir en el paraíso, en libertad.

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