Las Fuentes Eternas – Parte III

Por: Merlin Chambi

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Habían pasado cerca de seis horas desde las palabras que profirió al comienzo el rey. Kapa y su esposa, que en un inicio estuvieron un tanto sorprendidos y ligeramente enojados por el discurso, ahora se encontraban sonrientes, sentados en sus lugares disfrutando del espectáculo y comentándolo alegremente con otras familias alrededor. “Quizás no sea tan malo, quizás no sea una mala idea”, pensó Kapa, “al fin y al cabo, un Dios tenía como característica principal su capacidad creadora, y el hombre había logrado quitarle el monopolio de ello a la divinidad” Estos pensamientos iban tomando forma en la mente de Kapa quien a su vez, se sorprendía de la osadía de los mismos. Miró a su esposa y vio que ella se encontraba charlando jovialmente con sus compañeros del lado mientras se ponía un poco de algodón en un pinchazo de aguja que se hizo al  hilar algodón e intentar apreciar el espectáculo al mismo tiempo.

Entonces Kapa sintió un repentino escalofrío, el peso de sus pensamientos llegó casi tan rápido como la culpa, ¿Cómo había podido ser tan negligente y osado? ¿Cómo se le ocurrió pensar en que habían logrado emular a los dioses? Y sobre todo ¿Era la habilidad creadora aquello que hacía la diferencia entre Dios y un mortal? La segunda palabra cayó como el plomo para Kapa e instintivamente miró a su esposa y vio que el algodón que estaba sobre la mano herida tenía un pequeño punto rojo, “sangre” murmuró Kapa para sí mismo, “la sangre sale de nuestros cuerpos recordándonos un error porque somos imperfectos, vulnerables, débiles y… mortales”.

Un relámpago iluminó el cielo más que cualquier fuego de artificio lanzado por los magos en conjunto, deslumbrando a cientos de miles de personas en el coliseo, en pocos segundos le siguió el trueno que calló las bocas de aquellas personas que aun estaban poseídas por el furor de la festividad y habían ignorado el destello.

Las luces y los sonidos, ahora ofrecidos por la naturaleza, siguieron reinando en los cielos de La Metrópoli, poco a poco el rey, su comitiva y el público salieron del estupor momentáneo y la bulla volvió a poseer el coliseo. Lo que acontecía ahora era el sacrificio. Toda ceremonia del Sol Imperium culminaba con el sacrificio de la res más sana, perfecta y consagrada al Sol. Aquel año, un ganadero de nombre Zet había sido el campeón. Se abrieron las gigantescas puertas que estaban al costado del trono real y salió Zet, vestido con pieles de animales como era costumbre en su pueblo, jalando una pesada cadena de oro que tenía al otro extremo un magnífico ejemplar taurino, tan grande como se lo permitía la especie y tan bello como lo toleraba la naturaleza. Zet jaló al toro hasta el altar que se armó momentos antes en medio del coliseo, donde lo esperaba Toth con un cuchillo ceremonial. Luego de atar el animal con el vientre hacia el nublado cielo, Zet besó la túnica de Toth y se despidió del público en medio de hurras y música proveniente de las tribunas.

Kapa vio al pesado animal tumbarse de espaldas ante el altar, pero no era el animal aquello que llenaba sus pensamientos. Su condición de mortal, y la de todos aquellos que estaban en el coliseo y el mundo, los separaba de la divinidad. Kapa se resistía a creer una apoteosis colectiva, todos sangraban, todos morían, nadie era divino, eran creadores pero no divinos, La herida de su esposa ya había dejado de sangrar pero Kapa estaba seguro que si se volvía a picar el dedo con otra aguja, ella sangraría de nuevo, quizás la siguiente vez sería una espada y ella caería al piso muerta con todo el conocimiento que su mente pueda almacenar muriendo con ella.

Tan abstraído estaba Kapa en sus pensamientos y tan concentrada estaba la multitud en la ceremonia que habían ignorado las gruesas gotas de lluvia que caían por todos lados y perlaban las cabezas cuando los relámpagos volvían a caer. Kapa intentó cubrirse con una manta, pero esta se encontraba totalmente empapada ¿Cuánto tiempo había estado lloviendo? Quizás minutos o quizás horas, eso fue lo que Kapa nunca supo.

Dos aprendices de brujo trajeron las tablas de piedra donde se encontraban escritas los antiguos secretos y estas fueron leídas fuertemente por Toth, nadie  comprendía el significado de esas palabras pero todos sabían el fuerte respeto que estas imponían, el coliseo enmudeció y solo se escuchaba la voz de Toth con su discurso ininteligible, interrumpido de rato en rato por los truenos que se hacían cada vez más insistentes.

Al finalizar la lectura de las tablas de piedra, la lluvia era casi insoportable. Las gradas del coliseo eran largas cataratas de agua y muchas familias habían optado por estar de pie a fin de no mojarse por completo. De este detalle se dio cuenta el rey y Toth, por lo que decidió acelerar el proceso de la ceremonia. Sacó el gran cuchillo de su funda de cuero y se dispuso a trazar símbolos geométricos y letras incomprensibles en el vientre del animal, mientras este se retorcía de dolor sujetado por las cadenas de oro en las extremidades. Toth se abrió violentamente la túnica mostrando el pecho desnudo, al mismo tiempo que otro relámpago volvía a iluminar el coliseo, y repitió los mismos dibujos y escritos en su pecho. El coro ubicado atrás del trono real comenzó a cantar mientras que grandes tambores hacían retumbar las paredes compitiendo contra los truenos que la naturaleza enviaba, quizás por ego o quizás por frenesí.

Cada vez más el pesar de Kapa se hacía sentir. Cogió la mano a su esposa y le dijo rápidamente “Nos vamos, la lluvia es demasiado fuerte y tendremos problemas para volver”, su esposa lo miró y solo atinó a asentir levemente, también con una visible preocupación en los ojos, obviamente, la lluvia era la menor de sus preocupaciones. Cuando Kapa y su esposa ya tenían un pié en el escalón inferior, el coliseo volvió a estallar en sonido. El pesado cuchillo había caído en el vientre del animal y la sangre manchaba el suelo señalando que el compromiso entre el hombre y el Sol, había sido saldado por veinte años más, o quizás por toda la eternidad. La lluvia limpiaba la herida del animal como intentando detener aquel sangrado inútil que no evitaría que el hombre sufriera el destino al que había sido condenado por sus actos aquel día.

Toth se volvió a la multitud, el rey se puso de pié con lágrimas en los ojos y el coro cantó más frenéticamente. Los tambores, sincronizados con el palpitar de los miles de corazones en aquel lugar, retumbaron con más vehemencia y el júbilo total había llegado al extremo, entonces la expresión de Toth cambió por completo.

Levantando un largo dedo y con la boca abierta por el horror y la sorpresa, Toth señalaba por encima del escalón más alto del coliseo. Una gran torre de mármol, que albergaba a numerosos espectadores en las afueras del coliseo, en una de las calles de La Metrópoli,  caía de manera dramática como si estuviese hecho de yeso. Un relámpago iluminó la escena y los miles de rostros voltearon a ver. El pánico y el caos reinaron en cuestión de segundos.

Kapa y su esposa, que por alguna extraña razón no se sorprendieron, fueron uno de los primeros en lograr salir del coliseo. Cientos de miles de personas que abarrotaban las salidas, murieron ante el desplome de las paredes del recinto. Otros miles que salieron por otras zonas de escape, entre ellos Kapa y su esposa, lograron llegar al exterior pero  solo para apreciar el horroroso espectáculo que se daba ante sus ojos.

Obeliscos cayendo como cañaverales azotados por el viento, templos en ruinas por los movimientos que la tierra, enfurecida, continuaba desatando sobre aquellos que tentaron su ira, pirámides en escombros y torres azotadas por los rayos era poco de lo que se podía ver en esa tarde. Kapa y su esposa corrieron entre la multitud y se abrieron paso rumbo a la salida que conectaba con los anillos periféricos de la metrópoli. Las bestias de transporte seguro ya estaban muertas a estas alturas y solo quedaba la salida a pié. Cuando llegaron al borde de La Metrópoli, Kapa y su esposa ahogaron un grito. Los anillos no estaban, ante ellos solo se abría un enfurecido mar que, poco a poco, iba avanzando y cercando la ciudad.

En medio de truenos, relámpagos, lluvia inclemente y temblores, Kapa y su esposa sabían que no tenían más salida que tentar su suerte en las aguas o perecer en medio del cataclismo.

Corrieron hacia uno de los muelles más cercanos y buscaron embarcaciones para poder zarpar rumbo a lo desconocido, pero solo había trozos de madera flotando con los cuerpos de desafortunados pescadores. No había tiempo para sutilezas, Kapa y su esposa saltaron al mar desde el muelle y se subieron en uno de los pocos botes que estaban en condiciones de flotar, con un movimiento del cayado que brillaba ante cada relámpago, Kapa cortó la cuerda que los ataba a la ciudad perdida y se fueron alejando del muelle.

En medio de los sollozos de su esposa, Kapa miró hacia atrás para ver lo último que quedaba de aquella nación que los dioses quisieron que no dé un paso más adelante. Para su asombro, vio que la ciudad no estaba completamente destruida, había muchas estructuras que aún permanecían intactas, lo realmente terrible fue ver que esta se hundía, como si el amo y señor de los mares haya decidido dejar de poner la palma de su mano como cimiento para que la ciudad aún se mantenga a flote. Al cabo de unos minutos, la Atlántida desapareció.

Kapa no salía de su asombro, la ciudad que hasta hace unas horas era la dueña y señora del mundo había desaparecido en un arrebato de furia instantánea, los sollozos de su esposa ya se estaban calmando. Kapa la abrazó fuertemente con la mirada perdida en el mar, que aún conservaba algo de furia, y vio que no eran los únicos. Muchas embarcaciones, algunas completas y otras precarias, salían en distintas direcciones desde el continente hundido, “quizás el sol también los sorprendió a ellos con los ojos abiertos”, murmuró Kapa, “quizás ellos también tuvieron un mal sueño”. Lentamente, las embarcaciones se alejaban y el mar se fue calmando, como si ya hubiese asegurado el bienestar de sus “elegidos”.

¿Qué vínculos unían a aquellas personas que habían salvados sus vidas? ¿Qué destinos compartían? ¿Quizás sean los que no festejaron el discurso del rey o quizás simplemente fue el azahar? Kapa nunca lo supo. Su esposa lo miró con los ojos aún perlados por la lluvia y las lágrimas.

–     ¿Qué será de nosotros ahora? –dijo con algunos espasmos de llanto.

–   No lo sé, dudo que lleguemos muy lejos, en unas horas el hambre y la sed nos atormentarán, no estamos destinados a sobrevivir. – dijo Kapa.

–     No hay nada que nos espere fuera de nuestra patria, el mundo a partir de ahora solo es un gran manto azul. Quizás debimos de perecer junto con nuestros amigos y familiares allí.

Estas palabras reactivaron los pensamientos de Kapa. ¿Había algo más allá de la Atlántida? Pensó por un momento en los relatos de su abuelo y de su padre, que lejos de la Atlántida habían algunos pueblos primitivos, enfrascados en guerras y rudimentarios en tecnología, que aún no conocían los beneficios del dominio de la naturaleza ni de la convivencia en sociedad. ¿Y si llegasen allí algún día? Quizás era lo más lógico creer eso, pensó Kapa, la divinidad no pudo salvarlos por puro capricho, ni a él, ni a su esposa, ni a los demás sobrevivientes, todos compartían un destino en distintas partes del mundo. ¿Pero qué pasaría cuando ellos, los seres primitivos, de pronto los viesen llegar desde las aguas? ¿Pensarían que son enemigos o dioses?

Quizás los matarían instantáneamente o quizás los venerarían, Kapa no lo sabía, lo único que supo era que estaban en la obligación de ser amables e intentar reconstruir toda una civilización. Kapa estaba seguro que en unos días, ambos llegarían medio muertos a las orillas de algún lugar. Él empuñando su inseparable cayado y ella a su lado como la fiel acompañante que siempre fue, y lo mismo sucedería con los demás sobrevivientes, todos víctimas mortales de hombres furiosos y asustados o aprendices y practicantes de dioses en potencia. Esto reanimó un poco su ánimo y abrazó con más fuerza a su esposa mientras se acercaba a su rostro para limpiar sus lágrimas y decirle con una voz segura:

–  Nos salvaremos, ya lo verás. En unos días llegaremos a tierras extrañas, moribundos y desdichados, pero con vida. Quizás nos maten o nos veneren, sea cual fuese el caso, yo les enseñaré el arte de la cacería, la agricultura y el gobierno y tú les enseñarás la crianza de los hijos, la textilería y la alfarería. Yo creo que se lo tomarán bien – dijo sonriendo Kapa- ¡Hasta puede que fundemos una ciudad! Pero, eso sí, lo primero que tendríamos que hacer, es una fuente.

Al escuchar las palabras de su esposo, Kollo sonrió acomodando su rostro en el pecho de Kapa mientras decía “como para no perder la costumbre”. A los pocos minutos ambos cayeron dormidos mientras el mar los llevaba meciéndolos suavemente.

Epílogo

–       … y eso es todo lo que sé, taita.

–      ¿Estás seguro? Hasta ahora he tenido dos versiones distintas de la misma historia.

–   Estoy muy seguro taita, lo que le digo es la verdad, todos en la panaca conocemos esa historia, puede llamarlos uno por uno y todos se la contarán igualita.

–      Bien, puedes retirarte.

El ágil indio salió corriendo de la tienda de campaña con algunas monedas en la mano, sonriente por el premio y dando unas gracias rápidas al Inti. El escritor se recostó completamente en el respaldar de su silla mientras el brillo solar iluminaba su largo rostro con finos bigotes y afilado mentón. La labor de cronista era complicada, especialmente cuando se trataban de tantos relatos orales juntos. Pero allí estaba, casi concluida.

El relato sobre la fundación del imperio le había tomado su tiempo y, se preguntó, ¿Cuántos como él se habrían devanado los sesos intentando conocer los orígenes de toda una civilización?, sonrió imaginando los rostros de otros cronistas como él, en otras partes del mundo, teniendo ante sí el reto de saber el origen de su sociedad. Tomó un largo sorbo de vino mientras escribía el título: El origen de los incas reyes del Perú y culminaba las páginas sobre la leyenda de Manco Cápac y Mama Ocllo llegados desde las aguas para fundar un imperio.

Volvió a dar un sorbo más a su copa de vino y cerró el libro con un suspiro “por fin, ahora a España”, musitó, el título rezaba: Comentarios Reales de los Incas por Inca Garcilaso de la Vega.

fuentes_eternas

Imagen modificada. Imagen original de jacinta lluch valero

 

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