Las Fuentes Eternas – Parte I

Por: Merlin Chambi

Los primeros rayos del sol matutino se colaban por las ventanas de las casas del pueblo bañando en oro muchos rostros que, de mala gana, abrían los ojos luego de un largo reposo nocturno. La mañana de aquel día caía como un regalo de los dioses; el cielo celeste y la brisa fresca invitaban a pasar el día al aire libre, disfrutando de las bondades que la naturaleza, tantos años atrás, les había brindado bajo la forma de árboles, montañas, arroyos, aves y frutas.

Mientras el sol se iba posicionando en el este, múltiples familias salían de sus hogares rumbo a las fuentes de agua situadas en las plazas de cada comunidad. El camino empedrado que salía desde cada recinto, formaba una gigantesca telaraña pétrea que tenía como punto de encuentro la plaza de la zona, donde se podía disfrutar de esculturas, efigies, bancos de piedra y una fuente de agua para el uso común. Era cotidiano que cada mañana, los estanques de los múltiples pueblos estén colmados de familias que desean agua para hacerse el aseo matutino y a la vez, recolectarla para el uso del día. Las fuentes eran el primer espacio donde los rumores corrían, las conversaciones se generaban y los desconocidos socializaban; ya que desde hace mucho aquellas fuentes dejaron de brindar solamente agua.

Se podían oír toda clase de temas en aquellas fuentes, desde chismes sobre el hijo de tal hasta rumores de posibles guerras. Era común ver a niños jugando con las ranas, mujeres conversando sobre sus quehaceres cotidianos, labradores discutiendo sobre la época de lluvias, soldados alardeando de sus triunfos y ancianos exhibiendo sus conocimientos; había temas para todos los gustos en cualquier época del año. Pero no aquel día.

Cuando los primeros rayos del sol iluminaron el rostro de Kapa, él ya tenía los ojos abiertos. No hubo ni sorpresa ni desgano, solo un poco de incomodidad por el resplandor por lo que decidió cerrar la ventana. El insomnio era un mal muy poco frecuente en aquellas tierras ya que la vida de un pueblerino era muy agotadora durante el día por lo que el descanso era un regalo satisfactorio que garantizaba una recuperación total de energías para el día siguiente. Esa noche Kapa solo había dormido un par de horas, un sueño perturbador lo tuvo despierto hasta la llegada del sol. Un sueño pesado, de difícil memoria, se apoderó de él. Kapa se incorporó en el borde de la cama intentando recordar, pero el recuerdo se perdía durante cada intento, lo único que quedaba, cada vez más claro, era aquel sentimiento de angustia que lo embargaba al saber que su olvido tenía un cierto sabor a preocupación.

En el pueblo solían decir que los sueños eran manifestaciones divinas donde los dioses fundadores del mundo comunicaban, a unos pocos elegidos, el futuro que acontecería en poco tiempo, lo suficiente como para ver en vida los resultados. Aquel razonamiento a Kapa no lo convencía del todo, ya que si alguna divinidad hubiese querido revelarle algo, lo hubiese hecho con mayor claridad o, en el peor de los casos, por algún medio que facilite su comprensión, pero el sueño era tan esquivo como incomprensible, solo la angustia llenaba los vacíos de aquel acontecimiento.

Atribuyendo el sueño a alguna mala reacción de su cuerpo, decidió incorporarse e intentar cambiar el semblante, de todas maneras, de nada valía preocupar a su esposa por algo que parecía casi insignificante y, por último, casi inexistente en su memoria. Se puso el chaleco tejido a mano y unas sandalias de cuero mientras buscó su cayado para mantener estabilidad. Este simbólico objeto, de un color dorado resplandeciente, fue un regalo de su padre cuando él cumplió la mayoría de edad, a partir de allí Kapa nunca se desprendía de él ya que representaba un vínculo muy fuerte en su familia, había pasado de generación en generación por línea masculina y le daba un estatus dentro del pueblo ya que la familia de Kapa era una de las más antiguas de la zona.

Encontró el cayado apoyado en el borde del velador, lo cogió, observó su reflejo en el espejo y abrió la puerta, la luz cegadora del sol irrumpió en la habitación con la fuerza de un relámpago que convierte la noche en día por unos segundos, luego del deslumbramiento, las cosas comenzaron a tomar su forma y color poco a poco. Montañas de un color azul oscuro, techos planos y a dos aguas, aves migrando hacia el oeste, bosques de pinos y abetos, viajeros en caravana, niños jugando y hombres retornando a sus labores se desplegaron ante su vista; el paisaje era hermoso pero algo llamó su atención: la fuente de la plaza.

Aquella fuente era uno de los objetos más antiguos que Kapa podía recordar. Su padre le había dicho que cada pueblo del país poseía una y que estas habían estado allí desde el inicio de los tiempos. Algunos historiadores la situaban dentro de la época legendaria cuando dioses y hombres lucharon codo a codo contra sus enemigos, y luego de la victoria, los dioses decidieron sellar el pacto de unión con estructuras con aquello indispensable para la vida: el agua.

Otros historiadores decían que la fuente había sido construida por el primer rey de aquel país ya que, según él, no había nada más neutral en el mundo que una fuente de agua ya que si algún enemigo los invadiese en algún momento, estaba seguro que destruirían todo menos las fuentes por lo que estas son consideradas como eternas. Kapa sonrió al recordar aquella historia y no podía dejar de darle la razón, su pueblo, hace muchos años, había pasado tiempos difíciles cuando enemigos aparecieron desde los bosques y las montañas con la intención de invadir y saquear, lo hicieron pero jamás destruyeron las fuentes.

Esa mañana llamó la atención de Kapa, la gran afluencia de personas, eran muchas más que de costumbre. Y entonces lo recordó. Corrió rumbo a la parte trasera de su casa y vio a su esposa terminando de prender el fogón para preparar el desayuno, iba a preguntarle si acontecería algo cercano, sin embargo, también había algo en la expresión de su esposa que le perturbaba, una extraña melancolía titilaba en sus ojos y movía las manos de manera nerviosa, al parecer Kapa no era el único que no había pasado una noche tan buena.

-¿Has ido a la fuente hoy? – preguntó Kapa.

-Claro, fui con la esposa de Neylam hace una hora, te llamé desde la ventana pero parecías profundamente dormido por lo que pensé que era mejor no despertarte.

-¿Por qué pensaste eso?

-Porque hoy nos espera un largo viaje y tenemos muy poco tiempo para alistar nuestras cosas.

Aquella palabra le había tomado completamente por sorpresa. Definitivamente, Kapa no esperaba ningún viaje hoy, hace mucho que no viajaban y eso era porque su trabajo era completamente sedentario; el pastoreo y la agricultura dependían de un hombre que sabía asentarse bien en un solo lugar. De todas maneras, le inquietó saber el motivo del viaje por lo que continuó.

-Bueno, es seguro que hoy no esperaba un viaje, para ser sincero hoy pensaba en tomarnos el día libre, pensé que sería buena idea ir de cacería al monte con la familia de Apolus, no me vendría mal aprender un poco de cacería del mejor arquero del pueblo. ¿No crees?

Al mencionar ello, su esposa dejó el fuego del fogón para incorporarse y mirarlo con una expresión divertida, por un momento, Kapa sintió que había algo que no encajaba en la situación.

-No me digas que lo olvidaste – dijo la esposa de Kapa sacudiéndose el polvo de la falda mientras ponía una sonrisa socarrona.

-¿Olvidarme de qué? Apolus y yo ya habíamos hecho planes para hoy, no creo que decida cancelarlos ya que justo hoy su mejor arco llegará reparado de la herrer…

– ¡El Sol Imperium!- gritó su esposa.

Al escuchar aquel nombre, el cayado rebotó sobre el piso haciendo un pesado ruido metálico. Kapa corrió hacia la puerta principal nuevamente, ingresó a su habitación y comprobó en la esfera de piedra que se encontraba sobre el velador la fecha que marcaba, el objeto de piedra apuntaba a un día que, exactamente veinte años atrás, un Kapa muchos años más joven, había anotado esperanzado en que los años pasarían rápido para volver a verlo y vivirlo.

Kapa salió a toda velocidad de su hogar rumbo a la fuente y comprendió por qué había tanta gente. El festival del Sol Imperium era tan antiguo como el país mismo. Creado en los albores de la humanidad como un recordatorio entre el pacto sellando entre hombres y dioses, el Sol Imperium se festejaba cada veinte años y tenía como objetivo, agrupar a los habitantes de todos los pueblos del país en La Metrópoli donde se realizaba una ceremonia con lujos divinos para rendirle culto a la divinidad más importante del país: El sol.

Kapa había tenido solo diez años cuando vio su primer Sol Imperium, aquella vez lo había acompañado su padre y jamás olvidaría aquel momento. Todo era maravilloso, desde el momento en que las caravanas salían de los hogares, el gran viaje realizado, los números presentados en el coliseo de La Metrópoli hasta el ritual final que señalaba el ocaso de la ceremonia y la preparación para el próximo Sol Imperium dentro de veinte años. Aquel día, Kapa marcó en su esfera de piedra el día en que se realizaría el siguiente Sol Imperium y estuvo impaciente por que pasaran los años con rapidez, y ya había llegado, con veinte años encima, una esposa y una vida, el festival había quedado relegado en su mente por culpa de un mal sueño, al fin y al cabo, ¿Qué es un mal sueño en comparación con la llegada del Sol Imperium?

La fuente, donde comúnmente se escuchaban conversaciones de todo tipo, aquella mañana solo tenía una temática: El Sol Imperium. Las mujeres sosteniendo cántaros en las cabezas o pegadas a la cintura, cuchicheaban sobre el vestido que llevarían aquel día y las joyas que habían logrado obtener gracias a los favores del sol; los agricultores y ganaderos como él comentaban sobre lo abundantes que habían sido sus cosechas estos últimos veinte años y de lo grande que sería sus donaciones durante la ceremonia; los guerreros presumían de su fuerza y de quienes eran sus favoritos para las luchas cuerpo a cuerpo que se darían en las arenas del coliseo de La Metrópoli. En fin, el lugar era un hervidero de emociones producto de la festividad.

Kapa recordó en su observación matutina de la ciudad, la cantidad de gente en el estanque y era porque no solo había gente del pueblo, si no, había personas de otros pueblos que realizaron una parada en la fuente para continuar el viaje hacia La Metrópoli. Kapa volvió a sentirse como un niño rodeado de tantas personas que compartían su entusiasmo por la festividad; el recuerdo del mal sueño pareció disolverse instantáneamente al darse cuenta de que el día de la festividad había llegado. Cogió un par de cántaros que estaban al borde de la plaza y sacó el agua suficiente como para poder consumir durante el viaje, llegó de muy buen talante junto a su esposa y empezaron los preparativos necesarios para la travesía.

A las doce del mediodía Kapa y su mujer tenían las cosas necesarias para el viaje, llegaron hasta las afueras de la ciudad donde un sinnúmero de personas ya estaban concentradas para emprender el recorrido. Ellos solicitaron el uso de uno de los enormes cuadrúpedos que el pueblo disponía para los viajes largos, acomodaron las cosas en el lomo y emprendieron la travesía.

Al teñirse el cielo de escarlata y dorado, Kapa y su mujer vieron a su pueblo desaparecer detrás de la última montaña antes de que diesen la vuelta junto con otros muchos grupos de personas que emprendían el viaje. Al anochecer, las familias se agrupaban en torno a grandes fogatas hechas para disminuir el frío y cocer los alimentos, el baile y la bebida no eran ajenos por lo que la fiesta ya se vivía desde el viaje. Kapa y su esposa pasaron una noche muy alegre en compañía de sus compañeros de viaje y juntos compartieron las provisiones que traían mientras entonaban algunos cantos propios del pueblo. Kapa se sentía lleno de vida nuevamente.

CONTINUARÁ…

Si quieres leer la segunda parte de este relato, haz clic aquí.

fuentes_eternas

Imagen modificada. Imagen original de jacinta lluch valero

 

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Un comentario en “Las Fuentes Eternas – Parte I

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