La luz de mis ojos

Por: Inma Tante

Tuve la osadía de pedir que pusieran en su epitafio: <Eres la luz de mis ojos>. A mis hijos no sólo les pareció bien, sino que lo vieron como la dedicatoria sentida de un marido enamorado y derrumbado por la muerte de su esposa. Toda una declaración de amor para una persona ciega.

El funeral acabó antes de lo esperado y sentí la necesidad de pasar algo de tiempo solo. Al fin y al cabo, nadie de los que estaban alrededor, ni siquiera mis hijos, podría imaginar mis sentimientos en aquel momento. Abatido y solo, sí, pero también inmerso en una encrucijada que iba a tratar de resolver cuanto antes.

Decidí alejarme de allí en cuanto acabaron los ayes y pésames de familia y amigos y puse rumbo a ninguna parte. Mientras conducía, mis recuerdos más recientes y lejanos se entremezclaban con muchísima rapidez y confusión. Comencé a sentirme mal. Paré el coche y vomité en repetidas ocasiones, la visión borrosa y la flojedad hicieron el resto para decidir descansar un rato y acercarme al pueblo más cercano dando un paseo. ¿Sería ésa la sensación y ése el sabor de la culpabilidad?

El pueblo me resultaba familiar pero no recordaba haber estado allí. Conseguí reponerme tomando un café con un par de azucarillos. Era un bar tranquilo, agradable, lleno de lugareños con poco que hacer y con mucho que contarse alrededor de la mesa mientras jugaban unas partidas de cartas. Entre ellos un cura, joven y, sin duda, recién llegado a la vista de su afán de agradar sin obtener en contraprestación más que un par de monosílabos y sonrisas adecuadas de los que él debía considerar sus feligreses. Pidió un vaso de leche caliente y se giró en la barra para observar a la clientela. De algún modo, llamé su atención e hizo un gesto con la mano auto invitándose con permiso.

¿Puedo?

Yo no moví un músculo, pero le debió resultar suficiente para decidir tomar asiento a mi lado. Casi ni me di cuenta de que le tenía delante de mí cuando sin saber cómo tomé la decisión de que él iba a ser mi redentor, con quien iba a comenzar el camino de mi salida de la encrucijada. El hecho de ser un desconocido y cura era la situación ideal para hacer partícipe al mundo de alguna manera mis secretos inconfesables.

¿Cómo le ocurrió? Si puedo preguntarlo, claro.

¿Perdón?

El accidente. Bueno, imagino que sería un accidente. Su cara… Vamos que si no quiere no…

¡Ah, mi cara! Hace tanto tiempo que no salgo de mi barrio que he perdido la costumbre de llamar la atención. Fue una explosión de una bombona de gas cuando era un niño.

Entiendo. Por aquel entonces se utilizaban mucho las bombonas para calentar la casa y los accidentes estaban a la orden del díase hizo un pequeño silencio y me tendió la mano—. Me llamo David y soy el párroco del pueblo. Encantado.

Igualmente. Antonio, bueno, Toni para los amigos. El resto de los motes por los que me conocen me los ahorro, ya podrá imaginar.

Sí. Ya imagino.

Escuche, acabo de venir del funeral de mi mujer, aquí cerca y me preguntaba…

Vaya, lo siento. Mi más sentido pésame. Ya me hago cargo de cómo se sentirá. Si puedo hacer algo por usted.

Me quedé pensativo por unos minutos mientras él hacía lo posible por no parecer inquieto por la situación, mirando a todas partes menos a mí.

Estaba pensando, en fin, no sé si ahora sería buen momento, el caso es que ¿podría usted confesarme?. Llevo toda la vida sin hacerlo. No me refiero sólo ante un cura, sino a que nunca he compartido con nadie cosas que ahora necesito… Digamos…

Claro que sí. Podemos ir cuando usted quiera. La iglesia está abierta para aquel que lo necesite. Permítame que le invite al café y vamos hacia la parroquia. No está lejos.

Supongo que seguirá existiendo el secreto de confesióndije en un tono amigable con una media sonrisa.

¡Claro, hombre! La Iglesia ha cambiado cosas, pero la confesión sigue siendo secreta, faltaría más.

Se lo agradezco. Pero al café invito yo, es lo menos.

El camino fue corto y no tuve tiempo para ir ordenando cómo contar todo lo que tenía, necesitaba, sacar fuera. No es que me estuviera arrepintiendo de mi decisión, es sólo que no era fácil.

Cuando llegamos a la parroquia, comenzó a contarme cómo se construyó, algunos datos artísticos de un par de cuadros que sin duda eran la joya del pueblo y cómo su reciente llegada había hecho que algunos feligreses llevaran semanas sin aparecer por misa por la ley que le guardaban al párroco anterior. Creo que podríamos decir que era una buena persona. Pero al ser un maestro en falsas apariencias, no le otorgué todavía tal título.

Pues muy bien, Toni, si puedo llamarle así.

Sí, por favor, hágalo.

¿Prefiere usted hacer la confesión en el confesionario o mejor en uno de los bancos? Donde usted quiera. Cada uno tiene sus preferencias. Yo prefiero no tener celosías por medio, pero lo dejo en usted.

No lo había pensado, la verdad. Creo que mejor en el confesionario.

Como quiera

Una vez nos dispusimos cada uno en su sitio, comenzó la confesión.

Bien Toni, escucho. No le pregunto cuándo fue la última vez que se confesó, porque ya me dijo que no lo había hecho en su vida.

Bueno, cuando era niño nos obligaban a hacerlo en la misa de los domingos y antes de hacer la comunión, claro, pero a mí no se me ocurría nada que decir porque no estaba muy seguro de lo que podía ser un pecado, y al final contaba cosas que no tenían nada que ver con lo que se esperaba de una confesión, y dejé de hacerlo en cuanto tuve algo de uso de razón.

Entiendo. Si está preparado puede empezar cuando quiera.

Quiero… Quisiera antes de nada decir que… Bueno, le ruego que escuche hasta el final mi confesión. ¿Lo promete?

Escucharé todo lo que tenga que decirme Toni, será usted el que decida cuándo parar.

Se lo agradezco. Le pido esto porque además de necesitar contarle lo que va a escuchar, también necesito que intente comprender, aunque no es mi principal pretensión. No sé si alguien sería capaz de entenderlo, de hecho—de manera que respiré hondo y comencé mi confesión—. Bien, como es más que evidente mi vida ha estado marcada por las graves quemaduras en mi cara. Ya lo ve. Tuve que vivir con una deformación desde los 6 años y no fue nada fácil. Mi familia me sobre protegió durante muchos años. Cuando te pasan estas cosas eres alguien anónimo pero conocido por todos. Algo raro y cuando eres un crío difícil de llevar. En fin, que lo pasé muy mal. Los espejos eran el enemigo número uno. Las operaciones se sucedían una detrás de otra. Aun así, tuve amigos y podríamos decir que una infancia más o menos normal. Claro que en los lugares públicos las miradas iban todas hacia mí, unas más compasivas que otras, pero el horror se veía en sus caras.

Nada es fácil Toni, como usted dice. Pero veo que era usted una persona fuerte por cómo habla del asunto.

A la fuerza. En fin, pasaron los años y bueno, pues digamos que me acostumbré a mi físico. Una buena peluca de pelo natural, una dentadura nueva y alguna que otra cirugía hecha con acierto, hicieron más fácil mi aceptación social, y la mía propia claro. En lo académico me iba bien, tampoco era un lumbreras no vaya usted a creer, pero aplicado y con buenos resultados. Me gustaban las ciencias, la física, la química, ya sabe. El deporte mal, no por nada, porque yo quería hacerlo y me gustaba, pero el cuerpo no suda igual cuando la mayoría de él está quemado y no tiene por dónde transpirar, además de la falta de elasticidad por los injertos, ya entiende. Porque no tengo sólo quemada la cara. ¿Sabe? El resto del cuerpo también. Quizá tenga que hablar ahora de la parte más sensible del asunto, bueno, con un cura me refiero.

Le escucho Toni, no hay problema. ¿A qué se refiere?

Al sexual, digo. Pues milagrosamente mis… bueno… Mis genitales no sufrieron quemaduras y, claro, yo ya siendo un adolescente pues, con perdón, pero la naturaleza, ya sabe… En fin, que en ese sentido yo me sentía más normal que nadie, incluso un campeón.

—Ja, ja, ja. Bueno claro, es normal que a esas edades se den rienda suelta a ciertas necesidades físicas. La idea del pecado de eso Toni digamos que se ha adaptado a nuevos pensamientos en la Iglesia también. Siempre hay quien es más conservador en todo, claro, pero eso no es un pecado.

—Con todos mis respetos, no lo he contado como si fuera uno de los pecados que quiero confesar. Sólo que ya que le estaba contando que tenía todo el cuerpo quemado, pues era para que no diera cosas por sentadas y explicarle…

—Claro, claro y me alegro que así fuera.

—En fin, que a mí me empezaron a gustar las chicas como a cualquier otro, pero evidentemente nunca salí con nadie, ni me di besos inocentes con chavalas en el cole o en las fiestas y así. Esto me frustraba y entristecía mucho claro, pero como también tenía amigos que aunque no tenían ningún problema físico tampoco salían con nadie, me ayudaba a sentirme todavía normal.

—¿A qué se refiere con todavía?

—Pues a que a medida que pasaba el tiempo eso cambió y el que más y el que menos había tenido ya sus experiencias, unos con más éxito que otros, claro, pero yo ya no tenía el consuelo de pertenecer al club de quienes no habían dado un beso, o habían tonteado con chicas, ya me entiende. El caso es que acabé mis estudios. Al final me decidí por algo de ciencias. ¿Sabe? Me gustaba mucho la investigación, pero era consciente de que tenía que ganarme la vida, y que seguramente sólo podría contar con un sueldo ya que tener una pareja estaba totalmente descartado, así es que estudié oftalmología. Yo tenía ya cierta ventaja, porque como ve, uno de los ojos sufrió muchos daños y en tantas consultas vas cogiendo conceptos como sin querer cuando eres niño y luego con más intención cuando eres más mayor. Pues mi vida iba pasando, no feliz, pero me las apañaba. Aprendí a dejar de lado cosas que nunca podría hacer. Lo malo era cuando tenía que dejar de lado cosas que nunca podría sentir.

—¿Pero, por qué no podría sentirlas?

—Bueno, podría sentirlas, sí, pero no podría conseguir realizarlas plenamente. Estoy hablando de enamorarme, claro, como ya se imaginará.

El cura se recolocó en su asiento y me miró con interés, lo que me hizo sentir más cómodo para continuar mi historia hasta el final.

“Entonces decidí cambiar de ciudad. Aquello se me había quedado pequeño y quería también dar un paso adelante y conocer gente nueva, salir del entorno ya sabe, conocer algo de mundo y… Vamos, independizarme. Huir también un poco de mi propio personaje al que todos querían y protegían. ¿Sabe? Cuando a uno le pasan estas cosas parece que no tiene derecho ante los demás a tener un carácter propio. Me refiero a no ser agradable o amable necesariamente. Si a cómo eres por fuera le añades antipatía, entonces si no te aceptan es culpa tuya, no de tu apariencia, porque encima de que no es muy agradable mirarte, pues eres intratable y tú te lo has buscado”.

“Me fui con unos cuantos ahorros que mis padres habían guardado con bastante esfuerzo y comencé mi vida propia. Una nueva vida. La cosa se empezó a ir bien desde el principio. Localicé un local en una buena calle comercial y abrí una clínica y también una óptica, para hacer más negocio, ¿entiende? La gente siempre necesita ver bien. Son negocios que marchan, mejor o peor, pero en un buen sitio y con poca competencia alrededor, bueno, cuesta arrancar, pero sabiéndolo llevar y con algo de don de gentes te haces con clientela, de la de toda la vida y la ocasional también te compra. En fin, con el negocio en marcha y un buen nivel de vida comencé a buscar pareja, por internet ya sabe. Bueno, me refiero a que se lo imaginará claro, una persona como usted no utilizará este tipo de servicios, pero sí sabrá que existen. Conocí a varias mujeres con las que establecí una buena relación virtual, a veces con varias a la vez. Estas cosas cunden créame y uno se crece un poco cuando es fácil entablar amistad con este tipo de comunicación. Además no hay que olvidar que mi físico en estos casos no era ningún impedimento en absoluto para poder tener algo parecido a un noviazgo sin necesidad de contacto físico”.

“El caso es que fue creciendo en mí la necesidad de tener una compañera. Esto que le diré quizá sí que sea un pecado, o pecadillo según lo veo yo. Comencé a frecuentar ciertos locales de ambiente, donde siempre me adjudicaban a una chica fija y donde tuve mi primera y última relación sexual antes de mi matrimonio. Fue terrible claro, y no me refiero a ella. Bueno, imagino que aun siendo una profesional mi aspecto le produciría no muy buenas sensaciones, me refiero a mí. Le voy a ahorrar los detalles, padre, creo que no hacen falta. Pero lo pasé fatal. Logré consumar el acto, pero mi virginidad junto a la poca pasión que fui capaz de transmitir, me dejó un gran vacío. Decidí no volver a aquellos lugares nunca más. No sacaban nada bueno de mí, sólo añadían más complejos a los que ya tenía y como le digo, me dejaban vacío. Acentuaron más en mí la idea y objetivo de conseguir una pareja para toda mi vida, una compañera, a la que amar desde dentro a afuera, amar del todo no sé si me entiende. Ese pensamiento se empezó a apoderar de mí. No es que hiciera nada en especial para conseguirlo, porque el tema de las relaciones a distancia me dejaron de gustar, y lo de las profesionales, pues ya ve”.

“Y, un día, ese día, aquel inolvidable y maravilloso día la vi. Estaba yo ordenando unos materiales en la tienda y ella pasó por delante. Yo me quedé mirándola mientras andaba por la calle. Debería ser obligatorio tener ese tipo de sensaciones. No sé lo que se sentirá al nacer, pero yo nací aquel día. Fue mi primera vez. La vez en la que sentí algo realmente nuevo para mí. Me enamoré, padre. Sí ya sé que puede parecer un tanto frívolo decir que te has enamorado sólo con ver a una persona, pero ocurrió, de verdad, le digo que el amor nace de las tripas, quizá luego el corazón se encargue de poner cierto orden y lanzar a la cabeza el resto que va quedando de esa emoción. Sí, me enamoré locamente. Todos los días esperaba ansioso a que volviera a pasar por allí. Llegué a abrir los domingos y festivos. No la encontré en ningún otro lugar, y tampoco hice por buscarla. Pasaron semanas en el calendario, en mi cabeza toda una eternidad. Había comenzado yo por entonces a inventarme una vida con ella, a escuchar sus palabras de amor hacia mí, y las mías hacia ella, a reírnos, tocarnos, viajar, tener hijos ¿por qué no?, aunque no necesariamente, bueno, lo que Dios dispusiera claro usted me entiende, a bailar, a nadar juntos, a vivir, a vivir el uno para el otro para siempre una vida generosa, llena de sol y de días siempre mejores. Claro, ningún sueño va a incluir cosas dolorosas, ¿verdad? Aunque luego ocurran, pero era mi sueño, y era así. Y volvió a pasar por delante de la tienda, y así unas cuantas veces más. Y cuanto más la veía más iba creciendo nuestra vida juntos, los planes y el amor, y yo ya no podía vivir sin ella”.

“El caso es que un día se paró en el escaparate de la óptica. No se puede usted imaginar cómo me latía el corazón, comencé a sudar, a temblar. Apenas tuve tiempo para mascullarle a mi socio que me iba para dentro un momento cuando vi que ella se decidía a entrar. Ya se imaginará que todo mi afán era que no me viera, claro. Mientras estaba en la sala de medición, escuché cómo preguntaba a mi socio sobre unas gafas nuevas. Yo estaba nervioso, dentro, pensando que por favor le fuera contando todas nuestras ventajas y demás, para que estuviera más tiempo, ¿entiende?. Entonces quedaron para una graduación el lunes. Era viernes y yo pasé el fin de semana más largo de toda mi vida. Y llegó el lunes. Y vino. Yo me las arreglé para que las luces del techo no funcionasen ese día para que sólo pudiera verme a contraluz como mucho. Mientras ella estaba sentada delante del aparato de medición, yo le iba preguntando sobre cosas generales de su vida, ya sabe, si estaba casada, a qué se dedicaba y demás. No se sintió molesta por mis preguntas, de hecho me contó más cosas de las que esperaba. Se dedicaba a la horticultura y hacía pocos meses que llegó a la ciudad. Reímos sobre algún comentario mío que dejaba claro mi poco conocimiento de su campo y su risa terminó de conquistarme por completo. Y qué decir de sus ojos, color de lluvia, entre azules y verdes como con una pátina por encima, llenos de brillo, vida y honestidad. La vida en sus ojos, el mundo entero. En ningún momento me vio”.

“Mi obsesión por ella comenzó a poseerme de tal manera que mi objetivo en la vida fue sólo vivir con esa mujer el resto de mi vida. No importaba cómo. Habíamos conectado y todo eso, pero yo sé que no sería suficiente para comenzar ninguna relación, nunca cara a cara ni cuerpo a cuerpo. Me impacienté, no daba pie con bola, era un puro manojo de nervios. No me concentraba en nada, sólo tenía ausencias mentales constantes cuyo único pensamiento era cómo, cómo podía yo lograr mi objetivo: tenerla. Mire, a pesar de haber sufrido tanto por mi deformación, nunca me sentí tan frustrado y cabreado con el mundo como hasta entonces. De manera repentina, o al menos de un modo inesperado me convertí en aquella semana en una persona irascible, ya me entiende. Tenía ya casi 40 años y nadie me había besado, no tenía un regazo en el que apoyarme, ni a nadie a quien cuidar ni proteger ni con quien enfadarme por tonterías ni a quien apoyar en sus proyectos o echarlos por tierra. En fin, esas cosas de la convivencia y demás. Era mi momento, era mi gran y única oportunidad. Era ella o la nada. El caso es que en tan sólo unos días pasé de ser una persona generosa y entregada a una idea de vida ordenada y aburrida a un vengador de una nueva causa: yo”.

“La semana siguiente vino a por sus gafas. Yo ya le había dado instrucciones a mi socio para que la hiciera entrar de nuevo en la sala de medición, preparada de nuevo para mantener un nivel de iluminación más que bajo. Ella entró y me saludó alegremente, preguntando qué tal había ido la semana. Yo estaba poco hablador, tenía delante de mí posiblemente la única oportunidad para hacer que ese momento fuera decisivo. No quería ni podía esperar más. No sé muy bien cómo se me pasó aquello por la cabeza, padre, le juro que fue de repente, como cuando te tropiezas y luego miras para atrás para ver qué te ha hecho casi caer porque no te has dado ni cuenta de qué ha ocurrido. Y las palabras comenzaron a salir de mi boca como si alguien ajeno a mí las controlara. El mentiroso, el manipulador, el egoísta, el nuevo yo hablaba ahora. Le dije que era necesario hacer unas pruebas más porque habían salido al mercado unas lentes que podrían ir corrigiendo su defecto en la vista. A ella le pareció bien, no preguntó mucho más. Fui al pequeño laboratorio contiguo y volví con una caja pequeña que contenía ciertos colirios y otros fluidos con los que trabajamos. No lo dudé, ni temblé, era un autómata. No pensaba, sólo hacía. Mezclé tres de ellos y los apliqué en sus ojos. Sus gritos y confusión hicieron entrar a mi socio en el laboratorio. Yo comencé a hacer mi teatro, preguntándole a voces quién había reordenado aquella caja. Ya le digo que no era yo el que hablaba. Mi socio no terminaba de comprender qué estaba ocurriendo. Supongo que intentaba hacer memoria de qué podría haber hecho mal al organizar aquella caja cumpliendo la orden que yo le había dado la semana anterior”.

“El diagnóstico oficial de la que luego se convertiría en mi mujer hasta ayer fue ceguera ocasionada por quemadura de la retina. En cuanto a la cuestión práctica, bien, nunca fui juzgado por nada, y en todo momento declaré a favor de mi socio, no vaya a pensar otra cosa. Supongo que la incompetencia de los peritos hizo el resto. Durante todo aquello de médicos y juicios me fui convirtiendo en su principal ayuda para salir adelante, aprendió conmigo a ver de otra manera, sin mirar ya sabe. Yo le dedicaba todo mi tiempo y supuse para ella una especie de salvación dentro del drama que estaba viviendo. De verdad que nos enamoramos, padre, creo que eso fue lo que me salvó de que los remordimientos no me hicieran quitarme de en medio, aparte del hecho de que ella dependía en gran medida de mí. Y hoy, pues hoy estoy hablando con usted porque supongo que sí tengo un juicio pendiente del que esta vez no me libraré, y no quiero hacerlo. A mi favor no podré alegar casi nada, bueno, quizás ella pudiera decir lo que me repetía casi a diario: <Eres la luz de mis ojos>”.

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