Coplilla del desaliento

Por: Wanda Butterfly

Tomasa reía, cantaba, soñaba

Se contaba en la corrala que había conocío a un galán, un señorito bien refinao, de esos de guante blanco, capa y chistera.

Amanecía tarde, cuando los hombres ya habían salío a faenar, se sabía por el rico olor a café que inundaba el patio, cuando sólo humeaba el olor de la achicoria.

¡Debía ser regalo del señorito!

¡Qué buena compañía llevaba Tomasa!

Dicen, porque yo nunca le vi, que venía en carruaje a buscarla.

¡Qué elegante vestía!, la imaginaba sentá en el tocador cuando caía la tarde, perfilando sus ojos de gata, acariciando con rojo carmín sus labios, todo ello sin quitar el previo paso de los polvos con olor a rosas recién cortá.

Verla salir era un deliete pa’ los sentio’, con su pelo bien recogío, con su onda bien marcá y la mantilla abrigando sus hombros desnúo. No había hombre en la corrala que no faltara de echar un piropo, ni mujer que muriera de celos sólo con verla ondear a ritmo de Machín.

Tomasa, reía, cantaba, soñaba.

Que dulzura de mujer, un torbellino de alegría; siempre bien dispuesta, si salía al mercao no dejaba vecino sin preguntar, si alguien lloraba acudía con un plato de migas bien acompañá.

¡Ese señorito, que enamorá la traía!

Pensaba yo, si fuera ella, ¿Quién no querría bañarse en rubis’?, ¿salir de una vida desprovista de alegrías? , y no vivir con poco más que con un fardo de harina, tres gallinas y sin suerte donde echar las semillas. ¿Qué mujer no anhelaba verse engalaná de satén y no con falda de algodón remendá hasta la sasiedad?

Decían las comadres que no era de fiá, calla´ a la sombra de Tomasa cuando la oían caminá.

Tendía los refajos, no sin avivar la especualación, con la mirada penetrante de todas aquellas que debatían si eran de seda o de algodón.

¡Ay!, ¡Tomasa!, poco atenta a los rumores soñaba con una vida fuera de la casa donde la habían visto nacer. Soñaba con salir cogiá del brazo de su galán. Soñaba con vivir de día.

Pasaban los años. Tomasa ya no soñaba.

Amanecía tarde, se sabía por el eco de su llanto desgarraó.

¡Debía ser regalo del señorito!

Un señorito bien refinaó, de esos con promesa de deshonra.

Dicen, porque yo nunca lo vi, que venía en carruaje a buscarla.

La imaginaba sentá en el tocador, maquillando sin prestancia la arruga cándida, utilizando sin pavor los polvos con olor a rosa marchita, pintando con atrevimiento los labios del desamor, subrayando la línea del ojo debilitado por la soledad de los sueños.

Salía en la oscuridad, con su pelo bien recogío, con su onda bien marcá y la mantilla abrigando sus hombros desnúo. No había hombre en la corrala que no faltara echar un insulto, ni mujer que no regocijara de su juventud muerta.

Tomasa ya no reía.

Ella lloraba, nadie acudía, se hablaba en la vecindad que era el pago de una vida de pecaó bien consentió.

¡Ese señorito que mala vida le traía!

Pensaba yo, si fuera ella. Que poco mal hace vivir con un fardo de harina, tres gallinas y sin suerte donde echar las semillas, más falda de algodón remendá hasta la sasiedad.

Tomasa ya no cantaba.

Tendía sus refajos a la sombra de la vergüenza que otorga una vida de amor sin corresponder. No era satén o seda lo que ella quería, ni bisutería fina sino salir cogía del brazo de su galán. Vivir de día.

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