La cabeza de Allan Poe

Por: Jonathan Muñoz Ovalle

Es de noche cuando el auto se descompone en aquella solitaria carretera. Estás solo. Intentas pedir ayuda con el teléfono móvil pero te percatas que no hay señal. “Carajo —dices golpeando el volante—, casi nunca hay señal aquí en Tepoztlán”. Quieres salir y levantar el cofre pero no sabes nada de mecánica.
La impotencia aumenta cuando tus constantes intentos por encender el coche son en vano.
Respiras profundo.
No transcurre mucho tiempo cuando ves que un tipo con playera de cuello alto y un par de guantes negros se acerca a ti. En cuanto llega te dice algo pero, al tener la ventanilla cerrada, no lo escuchas con claridad. Piensas más de dos veces en abrirla. Finalmente lo haces.
—¿Se le ofrece algo? —te pregunta.
—Sí, mi auto no enciende.
—Si gusta le presto mi teléfono. Vivo en aquella casa —señala hacia la mitad del campo, donde una luz es lo único visible en la penumbra.
¿Ir o no ir? ¿Aceptar la ayuda o rechazarla?
—Sí, le agradeceré mucho que me ayude —respondes mientras bajas del auto.
—No tiene nada que agradecer —te da una palmadita en la espalda—, uno nunca sabe cuándo se le puede ofrecer algo.
Se encaminan a través del campo, por el cual avanzas con dificultad y casi a ciegas, trastabillando en varias ocasiones. Cuando entras a la casa, lo primero que observas es un montón de papeles sobre la mesa, las sillas y los sillones.
—Es inevitable, soy escritor —te dice—. Seguro ha leído mis libros, o al menos sabe de mi existencia —cierra la puerta.
—Ah… no creo —respondes—. No estoy familiarizado con los escritores jóvenes.
—¿Jóvenes? —suelta una risotada—. No, no, yo soy más viejo de lo que se imagina, soy un escritor legendario. Soy Edgar Allan Poe.
—¿…?
—Sé que le parece imposible pero resulta que esta cabeza no es mía. Permítame explicarle. Cuando estuve muy enfermo, un doctor me sugirió cambiármela, pero eso sí, por una cabeza joven para que los pensamientos y la vitalidad fortalecieran el cuerpo enfermo.
(—Señor Poe, le recomiendo cambiársela cada temporada, ya que una vez puesta, esta envejece con el cuerpo. ¡Recuerde, siempre una cabeza joven! —insistía el doctor—. Sin embargo, señor Poe, como ya no estaré vivo cuando eso sea necesario, lo recomendaré con mi sucesor. Es un jovencito que resultó ser más hábil que yo para desprender y colocar cabezas gracias a la práctica que ha adquirido desde niño en la carnicería de su padre.)
—Cuando escuché ese comentario —el tipo sigue narrando con efusividad sin dejar de mirarte —pensé más de dos veces en someterme a dicha locura, pero era tal mi enfermedad que sólo me quedaba arriesgar o morir. Así empecé una nueva vida.
—¿Y dónde se consiguen cabezas con tanta facilidad? —preguntas en tono burlón.
—En el bazar de las cabezas, por supuesto.
—En el bazar de las… “Qué tipo tan loco”, piensas.
—En mi país —te sigue diciendo— estaba uno de los más grandes y concurridos bazares del mundo. Ahí me hicieron mis tres primeros cambios, pero cuando llegué a México tras enamorarme de una mexicana, María Dolores, quien nunca repudió mi cuerpo anciano con cabeza de joven, descubrí que aquí en Tepoztlán hay un gran bazar. No olvido el impacto que sentí cuando miré decenas de cabezas colgando, arremolinadas, en las cuatro paredes. No estoy seguro si en mi país era igual, en aquel siglo llegué en condiciones que en lo último que podía confiar era en mi memoria. Claro, eso era cuando tenía mi cabeza, porque cuando salí con la cabeza nueva la memoria ya no me fallaba. Recuerdo muy bien que al levantarme vi mi cabeza sobre una charola quirúrgica. De inmediato quité la vista, pagué y me apresuré a salir de ahí. Pero bueno, volviendo al bazar de aquí, la primera vez que fui estaba a puerta cerrada, sin ningún letrero. Toqué.
—«¿Quién?», preguntaron.
—«Cabeza cero ochenta y uno», contesté.
—Esa era la clave. Los pasos sobre la madera se escuchaban mas cerca hasta que un hombre abrió la puerta y me miró con escrutinio.
—«Vengo a comprar una cabeza, me recomendó…»
—«Sí, sí, ya nos llamó para avisar que usted venía. Pase».
—Una vez que elegí una cabeza, el hombre me dijo:
—«Sígame, acá atrás es donde operamos».
—Llegué a un cuartucho que parecía más un taller que un consultorio, en cuyo centro se encontraba un sillón muy similar al de un dentista. En cuanto me recosté, me anestesiaron.
—Cuando recuperé la noción, un hombre observaba mi cuello y movía mi cabeza con cuidado, diciendo:
—«Muy bien. Quedó perfecta. ¡Perfecta!».
—Luego se alejó y, sin más, me indicó que podía retirarme.
El tipo de los guantes negros hace una pausa en su relato, te mira y dice:
—Esta es mi séptima cabeza. Tengo pocos días de haberla cambiado pero algo no me gusta, me inquieta, como si se tratara de una bomba de tiempo —permanece unos segundos sin decir nada, luego reacciona: —Bueno, permítame, voy por el teléfono.
Cuando lo pierdes de vista te acercas a fisgonear los papeles. Algunos están amarillos, carcomidos por el tiempo, y otros nuevos con la tinta visible. Todos están escritos en inglés y con la misma letra. Empiezas a leer los títulos que están a la vista: The Tell-Tale Heart, The Cask of Amontillano, William Wilson, The adventures of Arthu…
—Estoy trascribiendo todas mis obras —te asustas al escucharlo—. No solo porque los originales están muy deteriorados, sino porque de esa forma estoy cerca de la literatura. Desde que cambié mi cabeza, con la que nací, quiero decir, ya no he podido escribir nada. Eso lo extraño muchísimo. Cómo quisiera…
Alguien interrumpe al tocar la puerta. Vuelves a asustarte.
—¿Quién? —pregunta el tipo de los guantes negros mientras deja el teléfono en una mesa.
—Cabeza cero ochenta y uno —dice el de afuera—. Vengo a revisar su cabeza.
Tragas saliva mientras el supuesto Allan Poe te mira de forma fugaz. Luego abre la puerta.
—Buenas noches, señor Poe. ¿Cómo está su cabeza? ¿Qué tal la herida?
—Creo que muy bien. Mire —observas como lleva su mano a la playera y deja su cuello al descubierto, en el cual hay una cruenta cicatriz a su alrededor. Quedas pasmado.
—Va muy bien, pero no olvide sus cuidados. Aún está frágil. En poco tiempo podrá hacer su vida normal. Bueno, señor Poe, me retiro.
Te levantas aprisa. Te parece buena idea marcharte también.
—¿Ya se va? —te pregunta el tipo de los guantes negros con un tono de reclamo—, pensé que llamaría por teléfono.
—No. Bueno, yo…
Observas como el susodicho cirujano empieza a alejarse, con un andar y una parsimonia que se te figura una sombra maldita.
—Regrese a sentarse —te dice el tipo—, no se vaya —cierra la puerta de un modo que no te gusta—. Le digo que regrese a sentarse.
Segundos eternos,
silencio que hiere.
—Espero que me pueda perdonar —te dice—. Le repito que algo no me gusta de esta cabeza. No puedo controlarlo. Entienda, no es mi cabeza. Desde hace días he tenido el deseo de matar por placer, pero hasta ahora se me ha acentuado el impulso. Qué coincidencia —dice con una risilla—, me siento el personaje de mi cuento El gato negro.
De inmediato buscas con qué defenderte. Adviertes que hay un tronco sobre la pared y recuerdas: “Necesita sus cuidados, aún está frágil. ¡Frágil!” Con un movimiento rápido alcanzas el tronco y le golpeas la cabeza una, dos, tres veces; sin embargo, el tipo sigue en pie. Sujetas con fuerza tu única y rudimentaria arma, listo para el siguiente ataque, cuando te percatas que saca un puñal de su cinturón. Un frío punzante te recorre, pero aun así, sabes que no puedes detenerte. Debes actuar. Te abalanzas sin siquiera darle la oportunidad de atacarte: la cabeza empieza a desprenderse. “Un golpe más —te dices—, un golpe más”. Pero cuando esperas la mejor oportunidad, el tipo suelta el cuchillo, cae en cuclillas y exclama:
—Necesito que me crea —se quita los guantes—. Mire, llevo vivo más de ciento cincuenta años. De verdad, soy Edgar Allan Poe —y, horrorizado, observas unas manos nudosas, huesudas, retorcidas.
Te quitas sobresaltado.
—Por piedad —se te abalanza suplicante—, necesito recuperar mi cabeza, la primera, mi única cabeza. Son demasiados años sin escribir, no puedo seguir viviendo de esta manera. Por favor —agita sus manos sarmentosas en tu cintura—, ayúdeme, se lo voy a agradecer eternamente.
—Pero no le haces caso. Lo golpeas con todas tus fuerzas tres, cuatro veces y la cabeza rueda en el suelo. Sales a toda velocidad atravesando el campo a tropezones, y, cuando al fin llegas a tu auto, un pensamiento te atenaza: ¡Mierda, si esta locura es verdad, entonces he matado al maestro!

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