Las razones del lobo

Por: JJ Conti

Expediente: 13-6113

Autor: Fernando Alonso

Obra: Las razones del lobo

Fecha de presentación: 11.09.1970

Solicitud de: edición

Resolución: Denegado 12.09.1970

Nombre de la editorial o del importador: Tierra

Tirada: 2000

Nombre del censor: Uriel Martínez

Informe: 

El presente manuscrito narra el popular cuento de Caperucita Roja desde el punto de vista del lobo. Explicando las razones por las que actuó como actuó. Inaceptable, y potencialmente peligrosa,  no por su contenido o forma, sino por su fondo.

El Teniente Montes leyó el informe dos veces más antes de volver a dejarlo sobre la mesa, miró a su amigo y subalterno, Macías. Abrió el cajón de la mesa de su despacho y se encendió un cigarrillo americano, en aquellos días aquel gesto se había convertido en un signo de status. Las cajetillas de tabaco americano no eran fácil de conseguir; aunque el mercado negro había empezado a hacer mella lo que fastidiaba al Teniente que tan bien merecido tenía su status. La vida tiene la persistente idea de querer hacernos a todos igual cuando no lo somos. Tras dar una calada, reteniendo el aire, le hizo un gesto a su amigo para que tomara asiento.

He hecho varias llamadas, no he conseguido que directamente lo acepten, pero se les ha mandado una copia a dos censores más: en unos días vamos a reunirnos con este tal Uriel y tomaremos la decisión. Dijo el teniente entre volutas de humo.

Te lo agradezco, mi mujer se pondrá muy contenta. El libro lo ha escrito mi cuñado y te aseguro que no hay nada insidioso en él; solo es un cuento infantil contado de una manera original. El Teniente cogió un cenicero y recostándose en su silla se dispuso a demostrarle a su amigo el poder de información que tenía.

El tal Uriel Martínez es un joven y prometedor censor según he escuchado, muy metódico. Pero también puede equivocarse. No te preocupes, iré personalmente a la reunión. Dicho esto se levantó indicándole la puerta de salida.

Uriel se despertó sonriente en su pequeño apartamento, que celebraba como si de una mansión se tratase. Aquel pequeño tesoro era solo el principio y lo agradecía en esa medida, pero lo agradecía. Tenía dos cuartos: uno para dormir y otro para trabajar, no necesitaba más. Hizo la cama y comprobó cuidadosamente la tirantez de la sabana. Una vez se sintió satisfecho del resultado, se sentó en la mesa dispuesto a trabajar un rato antes de ir a la Dirección. Aunque ya no fuera la Dirección General de propaganda sus habitantes silenciosos, entre ellos él, seguían llamándola así. Eran los guardianes de la cordura y la decencia. Grises ángeles que velaban por el buen pensar de la población. A Uriel le gustaba esa idea. El mundo estaba cambiando a un ritmo vertiginoso, y ellos, desde su oscuro rincón, cuidaban que esa basura no llegara a la calle. El timbre sonó sacándolo de sus elucubraciones.

¿Uriel Martínez?. Le preguntó el pequeño muchacho nada más abrir la puerta. Éste respondió con un leve asentimiento alargando la mano para coger el sobre que le ofrecía, le dio una propina al mensajero y musito un débil y corto agradecimiento. El chico cogió el billete, inusualmente valioso, con un humor exultante y marchó escaleras abajo; dar para recibir pensó Uriel.

Se sentó en su mesa y tras leer el documento se vistió y se encaminó a su oficina. De camino compró el periódico, desde hacía unos años el régimen había permitido cierta libertad de prensa, así que se permitió el lujo de ojear varios hasta dar con el adecuado, hasta el 66 daba igual el que compraras, su contenido iba fijado por la Dirección y por lo tanto eran idénticos. Compró la vanguardia y pasó las páginas ávidamente en busca de lo que le interesaba, lo encontró en la página 7:

Ayer comenzó en Burgos el consejo de guerra sumarísimo contra dieciséis miembros de la ETA.

Realizó un mohín, mostrando su agrado y pagó al kiosquero, cerró el periódico y lo colocó bajo su brazo. Le gustaba llevarlo ahí, le daba en su opinión, porte de erudito. Sonrió satisfecho, tal vez aquello era la ocasión que había esperado. El trabajo siempre recompensa, le decía su padre; ese padre que a ritmo de golpe de nudillo le había aleccionado en lo dura que era la vida. Y Uriel agradecía aquello, como agradecía todo, como un escalón más es su fin o una cicatriz más que mostrar. Desde que entró a trabajar, unos años atrás, había esperado la oportunidad de demostrar ante sus superiores su valía y aquello, sin ningún atisbo de duda, era la oportunidad esperada. Desde el momento en que rechazó la publicación de aquel pequeño manuscrito supo que nadie, excepto él, se daría cuenta de la sutil peligrosidad que entrañaba y que ese detalle que a todos se les escapaba le posibilitaría posicionarse; sin embargo debía hacerlo con tiento, para no hacer demasiado patente la estupidez de sus superiores. La rapidez con la que había recibido aquella carta le decía dos cosas: primero que tenía razón en que era una oportunidad; y segundo, que aquel insidioso e inteligente adversario contaba con amigos. Por eso no paraba en su mente de agradecer tamaña oportunidad.

Uriel no fue el primero en llegar, pero sí el más puntual. El cuello de su camisa, de un blanco inmaculado y metódicamente planchado, contrastaba con su traje negro a la perfección. Se sentó en la antesala y fingió leer un libro; había elegido, para esa ocasión, el extranjero de Albert Camus. Siempre seleccionaba con cuidado el libro que portaría, tus lecturas dicen mucho de ti, igual que lo que se escribe. Escribir es un acto íntimo, es contarte lo que quieres y anhelas sin tapujos ni cortapisas, es un acto de comunicación consigo mismo al que se le permite entrar al lector. Igualmente importante era la semántica, la magia con la que vestías una idea. Uriel lo sabía muy bien, y precisamente de eso trataba aquella pantomima, de un juego de mímica semántica, de ver quién había acertado lo que el escritor quiere decirnos.

Buenos días, el Teniente Montes me ha pedido que le diga que espere usted aquí a que le llamen. Uriel asintió a modo de respuesta, como él suponía, la hora de su cita difería de la del resto del consejo. Sonrió y agradeció para sí.

Buenos Días, soy Marcial Proust, creo que me esperan. Dijo una voz a su espalda. La secretaria sonrió y le señaló la puerta de la sala. Uriel solo pudo vislumbrar una figura enlutada con un abrigo calado hasta las orejas y un sombrero tipo fedora; justo en la puerta llamó y mientras esperaba a que le abrieran se giró y ofreció una sincera sonrisa a Uriel que tuvo la cortesía de contestar. La puerta la abrió un militar entrado en años, supuso que el Teniente Montes que firmaba la misiva.

Uriel volvió a fingir leer mientras en su mente preparaba cuidadosamente las palabras que pronunciaría; visualizaba la victoria. Porque ya que te pones a visualizar algo que no ha ocurrido aún, que menos, que le des el cariz deseado.

Media hora después aproximadamente el teléfono de la sala de espera sonó.

¿Sí?. Dígame Señor.

— …

De acuerdo, enseguida le digo que pase. Uriel la miró y ésta le respondió con una agradabe sonrisa y un gesto contundente de cabeza de que se dirigiera a la puerta, mientras se despedía de su interlocutor, como si se tratara de una entrevista personal para conseguir un trabajo y le estuviera animando; pero Uriel sabía, porque la vida así se lo había mostrado, que todo es cuestión de tiempo y que el momento había llegado, su decisión era inquebrantable.

Gracias. Respondió, levantándose hacia la puerta y golpeando suavemente con sus nudillos en ella. La misma figura marcial de antes, le abrió la puerta.

La sala no era muy grande pero sí muy luminosa. Frente a la puerta de entrada había varias cristaleras que daban a la calle, por las que entraba el sol inútil de aquellos fríos días. La silueta enlutada se recortaba en la luminosidad, solo se había quitado el sombrero, dejando ver una buena mata de pelo blanco.

Siéntese por favor, le indicó el Teniente Montes. Dos hombres más, que supuso censores como él, lo miraban con aires de suficiencia, sobre todo el de más avanzada edad. La confianza que da los años la quita la muerte, le decía a Uriel su padre. Todos somos iguales en la batalla, se dijo contestando al recuerdo, y se sentó, situando cuidadosamente doblado el periódico y encima el libro.

Estos son José Macías y Juan Sáez, compañeros suyos; y yo soy el Teniente Montes. Tome asiento por favor. Le dijo haciendo un gesto hacia la silla que se encontraba más alejada. Uriel ya había previsto aquello, le estaban minando su voluntad, aislándolo; fingió cierta timidez en su gesto para complacer la hombría de aquellos que le observaban.

Sus colegas recibieron un manuscrito hace unos días —prosiguió con semblante adusto el teniente— para contar con una segunda opinión. Miraba fijamente a Uriel intentando amilanarlo, aunque no conseguía saber si lo estaba consiguiendo o no. Su efecto en los demás era algo de lo que se sentía muy orgulloso, ese miedo natural que infundía y que, en más de una ocasión, le había servido para conseguir valiosas victorias en la vida. Pero en aquel enjuto muchacho no se adivinaba emoción alguna. Su rostro era sereno, ataráxico. Aquello descolocó al teniente, aunque al indicarle que tomara asiento advirtió cierta debilidad ahora no era capaz de volver a vislumbrarla. La figura enlutada se mantenía orientada al exterior, con los brazos cruzados a su espalda, ajena a lo que se iba desarrollando en aquella sala.

José Macías carraspeó con fuerza, interrumpiendo aquella calma tensa que reinaba tras las palabras del Teniente, y añadió:

Bueno, tras una lectura exhaustiva, he de decir que no he apreciado ningún pasaje mal sonante o que atente contra la Unidad o la integridad de nuestra patria. No observo partes oscuras o alusiones pornográficas. Es solo un cuento sin más. Sentenció con cierto toque de desprecio en la contractura de sus labios.

No pretendió que sonara, pero la sonrisa de Uriel sonó. Y eso le sorprendió incluso a él. Dio un respingo recomponiendo la compostura, José le miró sin realizar esfuerzo alguno en contener la ira en su gesto.

¿Bueno y usted? Preguntó el Teniente Montes dirigiéndose a Juan Sáez, siendo en este caso quien rompiera la tensión.

Coincido con mi veterano colega, incluso puse especial cuidado en atención al dictamen de nuestro compañero Uriel. Dijo con una seña elegante hacia éste, que sonrió levemente y en silencio, para agradecerle el comentario.

Quiere añadir algo. Preguntó Montes mirando a Uriel que se erguió en su asiento y sacó el periódico que llevaba. Tras una pausa, para remarcar su presencia, habló:

Estamos en un momento delicado, como pueden ver en los periódicos, ayer comenzó el proceso sumarísimo de burgos. Nuestro país va a estar más en boca de todos que nunca y es cuando más importante es la unidad; y lo que quieren hacer, les aseguro que puede ayudar a quebrantar dicha unidad.

José Se levantó furioso, sin poder callar más y a voz en grito continuó:

Juré ante Dios, por España y su Caudillo, servir a la unidad, grandeza y a la libertad de mi Patria, sin permitir jamás que la falsedad, la insidia o la ambición tuerzan mi pluma. No voy a permitir que un mequetrefe recién salido de la carrera venga a darme lecciones. La figura enlutada se giró por primera vez mirando a los censores. Uriel pudo ver el alzacuello claramente.

Señor José, estoy seguro que el colega Uriel no pretendía insinuar eso, y la verdad, me gustaría escuchar las razones que tiene para no coincidir con ustedes. Dijo con voz calmada, casi con efectos narcóticos sobre los presentes. El teniente Montes dio un paso atrás, dejando la posición central a aquel hombre que miró a Uriel indicándole con un suave gesto de cabeza que prosiguiera:

Gracias —Dijo éste con un titubeo — como he dicho, estamos en un momento delicado en el que amenaza ruptura; pero este libro no es peligroso porque contenga pasajes inadecuados o palabras malsonantes. Se levantó para remarcar sus palabras y dejó el manuscrito del libro que el tenía sobre la mesa, dando a sus palabras la teatralidad de la actuación de un abogado ante un gran jurado.

Su peligro es más sutil y a la vez mayor: los niños y su educación.

Que problema hay para su educación en un cuento que todos conocemos de siempre. Dijo José simulando una carcajada ahogada. Uriel le miró con más seguridad de la que había demostrado tener en si mismo hasta ese momento, siendo él quien lo amilanara en esa ocasión, había llegado el momento de su estocada:

Ya he dicho que es sutil y no todos lo percibirían con facilidad. Pero déjenme que les compare a los personajes con la vida. Uriel estaba disfrutando con aquello y se le notaba en su compostura y porte. El Padre Marcial les miraba con aire divertido. El teniente en cambio, que había tomado asiento daba fuertes caladas a su cigarrillo mientras escuchaba atento.

Caperucita es España; nosotros, los que la protegemos, el leñador, del malvado Lobo. Y el Lobo son los vencidos. —Uriel realizó una pausa volviendo a coger el libro exponiendo su título a los demás— las razones del lobo, son las razones de los vencidos y estaríamos educando a nuestros hijos con la idea de que tal vez la versión del vencedor no es la única a tener en cuenta. Uriel sonrió satisfecho para sí, nuestros hijos…

Señor Uriel, agradecemos que haya expuesto su punto de vista de una forma tan clara. Si nos lo permite, ahora proseguiremos sin usted y le comunicaremos en unos días nuestro parecer. Dijo con una amplia sonrisa el sacerdote señalándole la puerta de salida. Uriel agradeció con un gesto, y sin mirar al resto, se marchó. Al salir a la calle, tiró el periódico y sonriente paseó por aquella ciudad. Decidió tomarse el día libre.

El teléfono sonó varias veces, no por lejanía, ya que estaban todos alrededor del aparato, sino para fingir calma y despreocupación.

—Si…

— Entiendo….

— Le agradecemos de todas formas que haya hecho todo lo posible…

Muchísimas gracias Teniente…

Macías miró a su cuñado y contrayendo los labios negó con la cabeza.

Parece que alguien sí lo entendió. Dijo Fernando encogiéndose de hombros.

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