Manías y extravagancias de escritores famosos

Por: Tery Logan

Todos nos hemos preguntado alguna vez cómo escriben los que escriben. ¿Con lápiz, pluma, ordenador o máquina de escribir? Cuántas horas le dedican al día y si lo hacen en casa o en una cafetería, con vino o café, escuchando música o en silencio. ¿Se trata de superstición, genialidad o de simple extravagancia lo que envuelve a esta profesión?

El miedo a la página en blanco, el bloqueo creativo, junto con la propia soledad que encierra el oficio, hacen que el escritor se aferre a una serie de creencias, rituales y autodisciplinas para encontrar el Leitmotiv de su obra: la inspiración. ¿Cuáles son los trucos, secretos y manías de los escritores famosos para estimular la creatividad?

Los hay fanáticos de la anarquía, el desorden y la improvisación, como Henry Miller (gran influyente en la Generación Beat), que encontraba en la incomodidad la mejor forma de escribir, Raymond Carver (padre del Realismo sucio) durante una época de su vida se decidió por hacerlo en el coche y Philip Roth (Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2012) cuando es víctima del insomnio. A Sartre (Premio Nobel Literario en 1964) le relajaban el ruido, el tabaco y alcohol, y en cambio, Stendhal  (de los primeros autores del Realismo) encontraba sosiego leyendo el Código penal napoleónico. Dostoievsky (considerado uno de los más grandes escritores de la literatura universal) sufría de manía persecutoria y tenía miedo a la oscuridad, por lo que escribía de noche paseando de un lado a otro de la habitación de forma compulsiva.

Los hay sumamente supersticiosos y maniáticos, como Isabel Allende (Premio Nacional de Literatura de Chile en 2010), que al empezar a escribir enciende una vela y cuando ésta se apaga, interrumpe su proceso, esté donde esté. El ocho de enero es la fecha elegida para el comienzo de sus novelas. Neruda (Premio Nobel Literario en 1971) usaba tinta verde mientras que Steinbeck (Premio Nobel Literario en 1962) era fanático de lápices redondos para que no clavarse sus aristas. Gabriel García Márquez (Premio Nobel de Literatura en 1982) necesitaba escribir con una flor amarilla en su escritorio, descalzo, y a una determinada temperatura en la habitación. Hemingway (Premio Nobel de Literatura en 1954) guardaba sus amuletos de la suerte en el bolsillo derecho: una castaña de Indias y una pata de conejo raída, y bebía absenta.

Parece que las bebidas alcohólicas (vodka, whisky, ginebra) ayudaban a los escritores aumentando su potencial creativo. Tal era el caso de Truman Capote (periodista, guionista y novelista), apodado como “el autor horizontal” por escribir tumbado en la cama o en el sofá, siempre con cigarro y café en mano. A medida que la tarde avanzaba, pasaba del café al té de menta, y después al martini. Marcel Proust (autor de “En busca del tiempo perdido”) también prefería la horizontalidad para escribir, en su caso por hipocondría. Pasó la mitad de su vida en cama, y por miedo a sufrir un ataque de asma y morir de asfixia tumbado, escribía sin cesar para mantenerse ocupado.

Adicto al café era Balzac (autor de más de cien novelas y narraciones cortas), durante las largas jornadas de trabajo (entre doce y dieciocho horas seguidas). Se acostaba a las seis de la tarde para ser despertado por una criada a medianoche, hora en la que se cubría de ropas de monje blancas y comenzaba a escribir. Alejandro Dumas (autor de “El conde de Montecristo”) también cuidaba mucho su indumentaria. Vestía una sotana roja y unas sandalias como único modo de conseguir una prosa excelente, mientras que Víctor Hugo (autor de “Los miserables”) prefería la desnudez para obligarse a escribir. Sus criados custodiaban su ropa bajo órdenes estrictas de no devolvérsela hasta que pasara el tiempo estipulado, aunque él se las pidiera encarecidamente.

Algunos autores han sabido aprovecharse de la inspiración para explotar su genio y su ingenio, pero gracias a la imagen del escritor actual (más sencillo y metódico), el mito de rellenar sin esfuerzo folios y folios con historias fantásticas va perdiendo valor. En la actualidad, hay autores que afirman que la mejor inspiración es la transpiración: ocho horas sentado cada día frente al escritorio durante días, meses o años.

Sumamente disciplinado resulta Stephen King (recibió el National Book Award en 2003), quien se levanta a las ocho y media y sigue un ritual compuesto por vitaminas, música y mucho orden con sus papeles. Haruki Murakami (figura importante en la literatura posmoderna) se levanta a las cuatro de la mañana, trabaja seis horas, y por la tarde corre diez kilómetros o nada mil quinientos metros, lee, escucha música y se acuesta a las nueve de la noche. Puede conservar esta disciplina física y mental entre seis meses y un año. Isaac Asimov (uno de los “tres grandes” de la ciencia ficción) no tenía nada que envidiarles. Trabajaba ocho horas al día siete días a la semana, sin descansar festivos ni fines de semana, consiguiendo así una media de unas treinta y cinco páginas diarias. Michael Crichton (pionero del estilo narrativo tecno-thriller) era un auténtico adicto al trabajo, lo que le costó cinco matrimonios y cuatro divorcios. Mario Vargas Llosa (ganador de un Premio Planeta, un Premio Cervantes, un Premio Nobel Literario y un Premio Príncipe de Asturias a las Letras) escribe de lunes a sábado (los domingos los dedica a sus artículos periodísticos). Comienza en su casa a las siete de la mañana y continúa por la tarde en la biblioteca.

Estos autores, bien por su personalidad anecdótica, por su riguroso sistema de trabajo o por la ausencia de tal, son célebres por la grandeza de sus obras. No es azar, sino constancia y hábitos eficaces. Enfrentarse al proceso creativo de manera exitosa exige habilidad, esfuerzo y una batalla a muerte con cada página. ¿Y la inspiración? Influye, pero de alcanzar al escritor, le encontrará siempre trabajando.

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