Inmigrante

Por: Timur Galasov

Corría el año 92, había perdido el último autobús, no tenía dinero para pagarse un taxi ni volver de otra manera. Estaba decidido, se quedaría a pasar la noche en la plaza de Gran Vía, no pasaba nada, era verano y hacía buen tiempo. Llegado hace un año de la madre patria, con 52 años cumplidos y chapurreando un español que consistía en palabras sueltas en infinitivo, la única frase completa que se sabía; “nosotros caminamos por las calles de Moscú”, la aprendió en sus tiempos de universitario, y la usaba con sus amigos para ligar con chicas. Ante ese recuerdo se dibujó una sonrisa en su cara, eran tiempos de juventud que siempre le acompañaban y estimulaban en un país totalmente ajeno al suyo.

Se sentó en un banco, y mientras se quitaba los zapatos canturreaba una canción popular, otro recuerdo de cuando sirvió en la flota, y que le volvió a hacer sonreír. Recostándose y acomodándose como pudo, se llevó las manos a la nuca, y despreocupadamente empezó a mirarse los dedos de los pies que sobresalían de sus calcetines agujereados, con unas enormes uñas que parecían sacadas del naufragio de un barco centenario.

Pasaron las horas, y le entró sueño. Dormitando, le sobresaltó una voz: “Hey amigo, amigo, quieres chocolate, chocolate del bueno compadre, lo tengo barato”.
Chocolate barato, conocía las palabras, en casi todas partes “chocolate” se decía parecido, y “barato”, pues era una de las primeras palabras que aprenden los inmigrantes.
“¿A qué viene este buen señor a venderme chocolate a las tres de la mañana?”, pensó, pero bueno, si era barato a lo mejor podría comprar suficiente para regalar a sus hijos, pues tenía cuatro, y las circunstancias impedían que pudiera darles un capricho tantas veces como quería. Se incorporó y se encontró frente a un negro de dos metros, con mirada desconfiada y expresión adusta, con una capucha puesta y bufanda que le tapaba la nariz y la boca, una imagen un tanto extraña para un vendedor de golosinas, pero bueno, sería así en España. Vendrían directos de África con chocolate del bueno y lo venderían a los paseantes nocturnos en las noches de verano madrileñas. ¡Qué exótico! Nunca había visto nada igual en Moscú…

-¿Cuántos gramos quieres? -preguntó el negro.

-¿Gramos? -otra palabra familiar que se usaba en su país… yo no…no saber, dar cuatro o sinco tablas…

-No tengo tanto -dijo asombrado el negro, sacando una pequeña ficha rectangular pulida de color marrón ocre. Es todo lo que hay, y con eso ya tienes para toda la semana.

-Pero yo querer para mis hijos también.

-¿Hijos?

-Sí, cuatro piquiños, seis , ocho… eehm dies y catorse anios.

El negro, mirándole fijamente, incrédulo, comenzó a dar pasos vacilantes retrocediendo, mientras se tocaba con un dedo la sien y negaba con la cabeza, hasta que desapareció en la oscuridad.

Sin saber muy bien qué es lo que había pasado, volvió a recostarse en el banco, le dio un rato vueltas al asunto hasta que recordó un viaje que hizo en sus tiempos de reportero al Sahara, donde había visto tabletas similares, y cayó en la cuenta. Rió para sus adentros y se quedó dormido.

El sol del amanecer dio en su cara, el frescor le vigorizaba, se incorporó, contento, había recuperado su inquietud por la aventura, se sentía rejuvenecido, y se marchó, con una canción en su cabeza, una canción de su juventud, sin chocolate, con sus calcetines rotos, pero con una anécdota que compartir, una más entre otras tantas que siempre habían acompañado su vida.

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