El gato de cristal

Por: Alicia Ordiz

Mateo vivía con su abuela Lola en una pequeña casa de piedra situada a las afueras del pueblo. Su padre había perdido su empleo hacía unos meses, y junto con su madre se habían ido a otro país a trabajar, con la promesa de volver a reunir a toda la familia en cuanto la situación lo permitiese.

Desde su marcha, el niño, que solo tenía 6 años, se había vuelto travieso y desobediente. En el colegio no hacía sus tareas, y en casa, hacía todo lo contrario de lo que le pedía su abuela.

Con la única persona con la que se sentía cómodo era con su amiga Elsa, que vivía en una casa cercana con su madre y su hermana mayor, y cuyo padre también había tenido que emigrar para buscar un empleo con el que sustentar a su familia.

Tras las clases y la merienda, los dos niños salían a jugar por los verdes prados rodeados de montañas, intentaban trepar a los árboles y lanzaban pequeñas piedras en el riachuelo.

Cuando llegó el buen tiempo decidieron construir una cabaña de cartón, en la que descansarían después de sus juegos, y donde podrían además llevarse la merienda y tomarla juntos, así saldrían antes de casa.

Fueron por las tiendas del pueblo pidiendo cartones, y en unas horas ya estaban construyendo la cabaña al lado de la huerta de Lola. Trabajaron duro hasta que el resultado les pareció aceptable, después usaron unas cajas de fruta vacías que les habían dado en el supermercado y las colocaron como mesa y asientos. Elsa pidió a su madre un paño de cocina, que sirvió como mantel, y Mateo consiguió de su abuela unos vasos y una jarra para agua. Cuando terminaron, miraron satisfechos el resultado y se fueron a sus casas a cenar, al día siguiente estrenarían su nuevo refugio.

Al llegar a casa, Mateo vio un paquete envuelto en papel de regalo sobre la mesa.

-Abuela ¿Es para mi?

-Sí, ábrelo, a ver si te gusta.

El niño arrancó rápidamente el papel y se encontró con una bonita hucha de barro en forma de cerdito, sonrió y la agitó al lado de su oreja para comprobar si tenía algo dentro.

-No hay nada –le dijo Lola- te la he comprado hoy en el mercado para que vayas guardando en ella el dinero que te mandan papá y mamá, así cuando reúnas lo suficiente podrás comprar algo que te guste.

-¡El patinete! –dijo Mateo emocionado.

-Lo que tú quieras, solo tienes que ir ahorrando y cuando esté llena podrás romperla y nos iremos a comprar lo que desees.

-Es guay –contestó él mientras observaba su nueva hucha.

Su abuela acercó la mejilla a la cara del niño.

-¿No me das un beso? –pero Mateo cogió la hucha y salió con ella hacia su habitación sin tan siquiera dar las gracias por el regalo.

Durante las semanas siguientes fue guardando todas las monedas y pequeños billetes que Lola le iba dando dentro del cerdito de barro, con un poco de suerte antes del verano la habría llenado y podría tener el patinete que tanto le gustaba. Había decidido que sería azul, y le pondría una pegatina de un rayo para que todo el mundo viera lo rápido que podía llegar a ser.

Por las tardes, en la cabaña de cartón, le contaba a Elsa a todos los sitios a los que pensaba ir con el patinete.

-Creo que podré ir a ver a papá y mamá después del colegio y llegar a casa de la abuela para la cena.

Elsa se reía de sus ocurrencias y le dejaba soñar, al fin y al cabo era su mejor amigo, y le gustaba verle feliz.

Llegó el final del curso, y quitando unas horas que Mateo tenía que dedicar a mejorar todas las cosas a las que no había prestado atención durante las clases, el resto del día era para jugar. Elsa solía ir a buscarle después de desayunar.

-¿Ya puedes salir a la calle? –preguntó la niña desde la puerta con una gran sonrisa.

-Tiene que acabar las tareas, después podréis jugar todo lo que queráis –dijo la abuela Lola.

-Es que tengo una cosa muy importante que enseñarle –dijo Elsa mostrando una bolsita pequeña que llevaba entre las manos.

-¿Qué es? –preguntó Mateo con curiosidad mientras se acercaba a ella.

-Un regalo que papá me ha mandado por mi cumpleaños.

-Abuela, por favor… -suplicó el niño que se moría de ganas por ver que contenía la bolsa.

-Está bien, puedes salir, pero hoy tendrás que regresar antes para acabar las tareas.

-¡Bien! –gritaron los dos niños y se fueron corriendo a su pequeña cabaña.

Se sentaron sobre las cajas de fruta, y Elsa abrió la bolsa. De ella sacó una figurita de cristal completamente transparente con forma de gato.

-Que pasada, es preciosa –dijo Mateo.

-Sí que lo es, no me canso de mirarla –Elsa sostenía orgullosa su regalo.

-Me encantaría tener una igual.

La niña le miró sonriendo, después colocó la figurita sobre la caja que hacía de mesa y le dijo: -Entonces la dejaré aquí, para que los dos podamos disfrutarla.

-¿De verdad harías eso? –preguntó su amigo mientras pensaba si él sería capaz de compartir algo tan hermoso.

-Aquí se quedará, entre los dos cuidaremos de ella y evitaremos que se rompa.

-Será como nuestro tesoro –dijo Mateo.

Elsa le dedicó una gran sonrisa.

Mateo regresó a casa más tarde que la hora fijada por su abuela, por lo que se llevó una buena regañina.

-Te dije que llegaras antes para acabar las tareas. Este curso has ido muy mal en el colegio y tienes que ponerte al día antes de volver a las clases. Tus padres se van a disgustar mucho si no lo haces –le dijo Lola.

-Mis padres no están aquí para saber lo que hago –contestó Mateo de mala manera.

-No están porque no quieran, sino porque no pueden, si se han ido ha sido para buscar lo mejor para ti.

-Ni siquiera se preocupan por mi, a Elsa su padre le ha mandado un gato de cristal alucinante para su cumpleaños, a mi no me han mandado nada –gritó el niño.

-No digas eso –intentó tranquilizarle su abuela- no siempre se puede tener todo, ellos hacen lo que pueden, y ya ves que poco a poco vas llenando tu hucha con lo que te mandan.

No llegó a oír las últimas palabras de Lola porque las lágrimas habían empezado a asomar a sus ojos, así que salió corriendo de la casa en dirección a la cabaña. Cuando entró vio el gato de cristal que relucía, y lleno de rabia y dolor lo cogió y lo tiró contra el suelo haciéndolo añicos.

En cuanto vio los trocitos de cristal se dio cuenta de lo que había hecho, y lloró aún más. Cuando se calmó, recogió todos los pedacitos, los metió en el paño que tenían por mantel y se fue a casa.

A la mañana siguiente Elsa llegó gritando angustiada.

-¡Mateo! ¡Mateo! Nos han robado el gato.

Mateo hizo como que no la oía y siguió en su habitación. Oyó como su abuela abría la puerta y hacía pasar a su amiga.

-Elsa cariño ¿Qué es lo que pasa? –preguntó Lola a la niña.

-Pasé por la cabaña de la que venía y no estaba el gato que me regaló mi padre, un gato de cristal precioso, Mateo y yo lo íbamos a compartir, pero alguien se lo ha llevado –contestó Elsa entre sollozos.

-Tranquila, lo buscaremos y seguro que aparece, voy a llamar a Mateo para que venga a ayudarnos.

La abuela fue a la habitación del niño a llamarle, se lo encontró tirado en la cama ojeando una libreta.

-Elsa te espera, está muy disgustada. Por lo visto alguien se ha llevado el regalo que le hizo su padre.

-¿Quién iba a querer llevarse un estúpido gato de cristal? –contestó él sin dejar de mirar las páginas de la libreta.

-No lo sé, pero es tu amiga y debes ayudarla –insistió Lola.

-Iré más tarde, ahora estoy ocupado.

Su abuela le miró con pena, cerró la puerta y bajó junto a Elsa para ayudarla a buscar la figurita. Fueron hacia la cabaña, y mientras la niña miraba por cada esquina Lola no tardó ni unos segundos en fijar su vista en un pequeño cristal que había junto a una de las cajas, lo cogió con cuidado y se lo guardó en el bolsillo de la falda. Al cabo de un rato, viendo que el disgusto de la niña iba en aumento y no paraba de llorar, la acompañó a su casa y le prometió que ella se encargaría de buscar al gato.

Cuando Lola regresó se encontró a su nieto sentado en la mesa haciendo unos ejercicios de caligrafía.

-Vaya, hoy estás aplicado –le dijo, esperando causar en él alguna reacción, pero el niño no se inmutó.

-¿No me preguntas si hemos encontrado la figurita de cristal? ¿Ni como está tu amiga? –preguntó al muchacho, que siguió sin levantar la cabeza de su tarea.

Al ver que no hacía caso fue a la habitación del niño y empezó a buscar, hasta que bajo su cama encontró un paño de cocina hecho una bola, lo abrió y allí encontró un montón de diminutos cristales.

No dijo nada, cogió su monedero y salió hacia el pueblo. Volvió al cabo de un rato, y se sentó en la misma mesa que Mateo. Puso encima un bote de pegamento que acababa de comprar y después abrió el paño que contenía los cristales.

El niño miró de reojo, queriendo ver lo que hacía su abuela pero, por miedo a que le regañara, la mayor parte del tiempo seguía con la mirada clavada en el papel en el que escribía.

Lola fue juntando los trocitos de cristal uno a uno, poniendo entre ellos una gota de pegamento y observando que la forma en la que los había situado era la correcta. Pasó más de dos horas haciéndolo, mientras, Mateo, que sentía curiosidad por lo que su abuela estaba arreglando fue fijando la mirada en la figura que reconstruía, y terminó facilitándole algunas piezas indicándole el sitio donde debían ponerse.

Al acabar los dos se quedaron mirando el amasijo de cristales lleno de pegamento que tenían delante, entonces la abuela miró a su nieto y le dijo:

-Las cosas cuando se rompen pueden arreglarse, pero nunca vuelven a ser lo mismo.

Mateo se quedó mirando a su abuela, después volvió sus ojos a la figurita y no pudo reprimir las ganas de llorar, fue corriendo a su habitación, cerró con un portazo y se tiró en la cama arrepentido por lo que había hecho.

Al cabo de un rato volvió a la cocina con su hucha bajo el brazo, la puso sobre la mesa bajo la atenta mirada de su abuela, que no hizo ninguna pregunta. Salió a la calle, cogió una piedra y empezó a golpear el cerdito de barro hasta que se rompió. Después cogió las monedas y los billetes que habían quedado desparramados y los guardó dentro de una servilleta, mostrándosela a Lola le dijo:

-Abuela ¿me acompañas al pueblo por favor?

Ella asintió y salió tras Mateo que parecía tener prisa. Llegaron al escaparate de la juguetería, donde había un patinete azul brillante que el niño miraba con la boca abierta. Entraron en la juguetería, y tras poner la servilleta con el dinero sobre el mostrador le dijo al dependiente:

-Quiero un patinete.

Lola aguardó tras su nieto, bajando la cabeza, pensando que el niño se estaba volviendo un egoísta, pero cuando vio que el dependiente ponía frente a Mateo el patinete azul brillante éste le dijo:

-No, creo que a Elsa le gustará mucho más si es rosa.

Lola emocionada puso una mano sobre el hombro de su nieto y pidió que se lo envolvieran para regalo.

Después fuero a casa de la niña, y Mateo le explicó lo que había pasado con el gato de cristal, pidió perdón y le regaló el patinete.

-Así podrás llegar a donde vive tu papá y comprar otro gato de cristal –dijo el niño.

-Y seguro que estaré de vuelta para la hora de cenar –contestó Elsa sonriendo a su amigo.

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