Cuchufleto y Antón

Por: Inma Tante

Por el desierto de arena caminaba Cuchufleto con sus dos jorobas llenas. Lo hacía muy despacito porque hacía mucho calor, que en el desierto sucede que no hay ni una sola flor que te dé un poco de sombra y un poco de buen olor.

Antón el escorpión, que estaba tomando el sol, asombrado se quedó cuando vio a Cuchufleto que a él se acercó y muy curioso preguntó.

¿Qué traes dentro de esos sacos que llevas en el lomo? ¡Dromedario, dímelo!

Pues en ellas pongo todo lo bonito que encuentro por el camino. Hoy he metido un bastón, una manta, dos mandarinas y un dátil que es marrón Cuchufleto respondió.

¿Hum? —dijo el escorpión—. Pues a mí no me parece bonito nada de eso. ¡Yo tengo una idea mejor! Yo metería un jamón, una cama y un tambor.

¿Eh? ¿Y qué harías con esas cosas escorpión?

Pues mira dromedario Cuchufleto, el jamón me lo comería al sol tumbado en mi cama con un bonito colchón, y el tambor lo tocaría cuando viese una serpiente y así del susto se iría.

Cuchufleto se rió, y acercándose a Antón, lo que sabía contó.

Ay, ay, ay mi amigo Antón, del desierto no sabes mucho, ¡no, señor¡ Pues el jamón está salado y te daría mucha sed y ya sabes que en el desierto mucha agua no vas a ver. Si en la cama te tumbas al sol, te va a dar un patatús y más seco que un higo te vas a quedar tú. Y finalmente amiguito escorpión, todo el mundo sabe que las serpientes sordas son, y no oirán el ruido del tambor.

El escorpión miró a Cuchufleto con preocupación y una lagrimilla en su cara asomó.

Ven, anda, no te preocupes, que yo con mis cosas bonitas que he recogido hoy te voy a ayudar, que de noche se está haciendo y nos tenemos que cuidar.

Cuchufleto sacó el bastón y puso la manta encima y una tienda de campaña en un minutejo montó. Los dos se metieron dentro y las mandarinas comieron, y de postre el dátil marrón, lo de fuera para Cuchufleto y Antón el hueso chupó.

La noche entera pasaron hablando de los desiertos y de planes de los dos; uno con viajar en velero por el mar, y otro con un jamón sin sal.

Y Cuchufleto abrazó al escorpión con muchísimo cuidado, que por todos es sabido que tienen un aguijón, y que cuando te lo clavan tienes que ir al doctor, y contentos se durmieron y soñaron encontrar un oasis con palmeras y con amigos nadar.

Y viendo cómo dormía el pequeño escorpión, Cuchufleto sonrió porque un secreto guardó a su muy querido Antón y susurrando le dijo: “Yo no soy un dromedario. No, señor. Lo que soy es un camello con carnet de explorador”.

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